miércoles, 10 de abril de 2013

2·6= XII

No nos conocimos románticamente, ni nos gustamos al vernos. No fue una historia de amor como las de cine, ni tampoco un amor imposible como el de esos libros que adoro leer.
Cuando yo le conocí era una cría, y supongo que él también todavía era un crío.
Pero hubo algo, algo parecido al destino, algo que lo cruzó años después en mi vida. ¿Vosotros no creéis en eso de que a veces estamos destinados a conocer personas que se cruzan en nuestra vida en el momento equivocado? Aquel no fue nuestro momento. Pero éste, éste sí.
He mirado miles de ojos antes, pero ningunos me han transmitido tanto como los suyos. Hasta tal punto que a veces sobran las palabras al verle. ¿No habéis tenido nunca la sensación de que al coger a alguien de la mano te sientes segura? Como si el mundo cambiara a nivel fácil. Como si todo se convirtiera en algo mejor. A veces solo necesitas que alguien crea en ti para que tú mismo puedas empezar a creer también. Él me da ese punto de cordura, esa razón en mi corazón, esa lógica en mi vida. Que quizá a veces somos demasiado diferentes, pero y qué. A besos estamos de acuerdo siempre. Y qué si estuvimos un tiempo separados, estuviéramos o no, al encontrarse, nuestras miradas jamás perdieron el rumbo. Había magia cuando hablábamos y reíamos por cualquier cosa. Y supe desde el instante en que nos reencontramos que ya no éramos ese par de críos que se conocieron un día, hace muchísimo tiempo, sino que habíamos crecido, y habíamos tomado mil caminos distintos antes de llegar aquí.
Su sonrisa abre cualquier puerta, acorta cualquier distancia, rompe con las normas. Y puede hacer de algo frágil algo irrompible. No sabéis nada del amor si no habéis conocido sus labios susurrándoos a centímetros de los labios, o ha hecho el esfuerzo de escribir algunas palabras aun sabiendo que a él no le entusiasma la idea de plasmar en un papel lo que siente. No sabéis qué es el amor si no habéis visto su cara, ilusionado, en cualquier juguetería removiéndolo todo y disfrutando como un niño. No sabéis nada si él no os ha mirado a los ojos y os ha dado un vuelco el alma cuando ha dicho palabras increíblemente bonitas. Tanto, que no sabríais  qué decir, cómo mirarle, cómo almacenar ese momento para siempre.

Quizá no es la historia más bonita de amor, tal vez no lo sea. Pero es nuestra historia imperfecta, esa que se carga toda norma...esa que rompe todos los esquemas que haya podido llegar a idear.

¿Pero os confieso algo?
Me encanta que seamos la excepción a todo.
Eso lo hace mágico. 




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