Pero voló, y se fue.

Sus labios eran como de porcelana. Piel lisa, rizos. Su sonrisa era enorme, como su corazón. Latía acompasado, siempre. Pum-pum-pum. Tenía alma de niña. Siempre me miraba alzando las cejas, y reía muy fuerte, tan fuerte, que por la calle todo el mundo se giraba a mirarnos. Era una dramática. Pero me hacía gracia la cara que ponía cuando se intentaba enfadar conmigo y no podía. Ella siempre odió las cosquillas. Y odiaba que le tocaran las caderas. Jugaba a ser impuntual sólo para desesperarme un poco. No le gustaban los tacones, ni las faldas. Odiaba todo aquello que tuviera que ver con la orientación. Le hacía falta un gps para no perderse cuando caminaba por la ciudad. Era una cabecita loca...Yo siempre fui su chico balanza. El que le daba equilibrio a su vida. La parte de razón en su corazón, el que pensaba las cosas antes de hacer nada.
Ella...ella siempre fue en contra-dirección. Me tenía loco. Jugaba a olvidarse hasta del día en que vivía...y me propuso mil veces que nos escapáramos juntos. Que locura, ¿no?. Ella y yo juntos. Habría dado un riñón por llevármela a cualquier parte del mundo. ¿Os imagináis? Ella y yo, una habitación para nosotros solos. Una piscina, un paseo por la tarde, una comida en un restaurante...fotos, mil fotos que guardaran nuestros besos, nuestras sonrisas. Sí, habría matado por ello. Pero Elisabeth era un alma libre. Y un día cogió y se marchó de mi vida. De repente. Con sus rizos, su sonrisa y su guitarra. Voló y jamás supe más de ella. Su sueño era...su sueño era ir a París. Ya ves tú. Le dije mil veces que yo estuve allí muchas veces y jamás me gustó, pero ¿sabéis qué me decía? Con su voz dulce siempre me contestaba: '' David, no te engañes. París no te gustó porque no estuviste conmigo. ¿Sabes la de locuras que podríamos hacer tú y yo en París? Además, quiero tocar el agua del río Sena''. Estaba chiflada, completamente. Pero tenía razón, París y cualquier lugar habría sido increíble sólo porque ella lo pisara. Pero no le hice caso. Vivía tranquilo, no apuraba momentos ni aprovechaba ocasiones. Porque creía que sería para siempre, porque creía que cualquier día, con un poco de suerte podría secuestrarla y llevármela a París. Pero las cosas no fueron así. Ni París, ni Elisabeth ni nada. Yo, solo, ahora, en una colina de algún lugar del mundo, escribiendo, bajo la luna. Recordando el tacto de la piel de Elisabeth, de la tonalidad de sus ojos. Del olor de su pelo. Elisabeth, que probablemente esté en brazos de otro, Elisabeth, que probablemente...probablemente ame a otra persona. Elisabeth, que probablemente no recuerde ni mi nombre, ni mi pelo enredado, negro, ni mis manías. Elisabeth...la chica que no creía en lo eterno, en las promesas. La chica de la aventura, que se aventuró con su sonrisa y terminó por llevarse mi corazón con ella. 

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