martes, 1 de enero de 2013

Y mientras me perdía, él me encontraba.

Acaricié su pelo negro. Me miró travieso atravesándome el alma con sus pupilas. Suspiré. Era un suspiro de amor. Y él me devolvió el suspiro acompañado de una enorme sonrisa. ¿Cuántas veces había cerrado los ojos, en mi cama, por las noches y había recordado esa sonrisa? ¿Cuántas? Infinitas.
- Estás preciosa hoy.
Me sonrojé ligeramente y chasqueé con la boca. Estaba loco si pensaba que me creería algo así de mí.

-¿Nunca aceptas cumplidos? 
- Tendré que pensármelo.
Bufó y miró hacia otro lado. Sabía que le sacaba de quicio que no aceptara sus halagos. Se me hizo un puño el corazón. Le quería tanto.

- Va, tonto. No te enfades- tiré de su brazo y se resistió un poco para hacerse el ofendido.
Sonreí. Enfadado estaba aún más guapo.

- ¿Me perdonas?- le besé la mejilla izquierda, acercándome a la comisura de sus labios. Y sin separarme de él, le susurré- Perdóname. 
Me separé un poco para poder mirarle a los ojos y él me cogió por debajo de las mejillas, acercándome a él.
- Se me hace imposible enfadarme contigo, tonta- me miró los labios y sonreí. Me acercó a él y me rozó suavemente los labios. Hasta mi piel olía a él. Su respiración se mezcló con la mía. Sus labios tenían un punto salado. Me separé ligeramente de él y le sonreí.
Siempre había tenido complejos, pero cuando estaba a su lado, olvidaba mis imperfecciones, incluso olvidaba cómo me vería él. Pensaba sólo en lo a gusto que me sentía cuando su mano sostenía la mía, o cuando me rozaba con sus dedos las mejillas. Él lo hacía todo sencillo, fácil. 

- ¿Te han dicho alguna vez que tienes una capacidad de convencer bastante razonable? 
- ¿Ya te crees mis cumplidos?
- No...pero creo que con tres besos más así..o cuatro, podría pensármelo.
- Eres una chantajista- me tomó por la cintura y me atrajo hacia él. Su cuerpo pegado al mío, eso era magia. Le miré directamente a los ojos. 
- ¿Pero...a que mis tácticas funcionan?
- No te acostumbres.
- Lo intentaré- le sonreí, imitando su sonrisa y me acerqué apresuradamente a él, buscando sus labios. Se hizo de rogar, pero al fin pude besarle. El tacto de su lengua, su respiración acompasada, los latidos calmados de su corazón...eran como aquello que me complementaba. Jamás habría imaginado encontrar a alguien como él, porque ni si quiera era aquello que buscaba. Pero como un huracán, había conseguido arrasar con todo. 
Nos buscamos con la mirada y no hicieron falta palabras. Ese era uno de los momentos que iba a fotografiar en mi cabeza. Por si un día le echaba de menos, por si un día tenía que aferrarme a los recuerdos.
Me sonrió.
Le sonreí.
Me guiñó un ojo.
Me derretí. 

- Te quiero- susurró con voz de niño. 
Y a mí se me quedaban cortas las palabras, y no me salía la voz.
Me reí, y tímida me acerqué a su oído.

- Pero yo te quiero más.
Negó con la cabeza y me tomó por la cintura.
- Me parece que no has entendido nada, nada, nada...

- ¿A no?
- Nana- me contestó sonriendo-  Tendré que explicártelo.
- Pero...bueno, digo yo...que, a lo mejor con palabras no me queda claro...pero igual a besos, no sé...es una idea...
Me miró fulminándome con la mirada. 
- Tú ganas. Pero primero...déjame que te lleve a un sitio. 
- No me fío. 
- ¿No te fías?
- En realidad sí- le miré. 
- Entonces cierra los ojos y déjate llevar. 
Caminamos durante cinco minutos. Podía oír el mar. No sabía en qué punto del mundo me encontraba. No tenía planificada la noche, ni si quiera el mañana. Pero me importaba poco improvisar mis planes. Me sentía más protegida que nunca, y él...él estaba conmigo.

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