Cuando todo cambió.

Apoyé mi pecho desnudo sobre el colchón, tumbándome boca abajo y cerrando los ojos. De fondo sonaba alguna canción de Bruno Mars, a un volumen tan bajo que a penas se hacía notar. Jonathan se sentó a mi lado y acariciándome las mejillas susurraba la letra de esa canción. Sonreí sin más, y abrí los ojos para mirarle. Él también estaba sonriendo. Posó su mano fría en mi espalda desnuda. Primero sentí un escalofrío, sus manos estaban frías, pero después mi cuerpo se relajó y volví a cerrar los ojos. Sus dedos bailaban en mi espalda, hacía formas, letras, dibujos. Cada movimiento para él era un escalofrío para mí. De repente paró, y justo cuando iba a abrir los ojos para ver qué sucedía el tacto de sus labios impactando en mi piel me hizo cerrarlos de golpe. Sus labios se separaron lentamente de mi espalda, dejándome una sensación inevitable de dulzura. Y volvió a besarla otra vez. Eran besos lentos, pero a la vez cortos, cálidos. Cada vez que sus labios besaban una parte distinta de mi espalda, parecía que la marca de ellos quedaba impregnada en mi piel. Un escalofrío subió por por mi estómago y me sonrojé ligeramente cuando se tumbó sobre mí y me dio un beso fugaz en el cuello. Me giré sobre mí misma y le miré a los ojos. Lo tenía a tres centímetros de mí. Eran tan especial, tan increíblemente ilógico, que me pareció la sensación más tonta, la más estúpida, pero la mejor del mundo. Sonrió. Siempre que Jonathan sonreía las cosas parecían fáciles, sencillas. Sus ojos eran sinceros y me gritaban lo que con la boca ya no me podía decir. Se me estremecía el corazón, estrangulé mis ganas de querer escapar de allí, porque tantos sentimientos empezaban a asustarme. Pero esa puñetera sonrisa me volvió a convencer, y se acercó a mis labios. Los rozó mínimamente, pero no se apartó, y entonces, yo, valiente de mí, alcé un poco mi cabeza y por fin me encontré con sus besos. El primer beso fue intenso, más pasional que romántico, pero sincero. El segundo ya fue más corto, y en él ya nos dijimos demasiado. Me acarició las caderas, como si en ellas encontrara la respuesta a todas sus preguntas. Le acaricié el cuello, la nuca, los hombros, la espalda, y lo acerqué a mí. Quería sentirlo parte de mi ser. Quería que fuéramos uno, solamente uno. 
- Eres lo único que me da fuerzas para seguir siempre hacia adelante, Noelia.
Susurró contra mi pelo, cerrando los ojos. Raro en mí, mis labios quedaron mudos. No encontraba las palabras suficientes, no encontraba las palabras válidas para decirle que sentía lo mismo y más. No encontré el valor, quizá por timidez, quizá por la lealtad de su mirada, para decir nada más. Entonces llegó el momento en que todo cambió. Esa frase había marcado un antes y un después entre nosotros, entre lo vivido, entre lo sentido.
Fue entonces cuando cometí la solemne estupidez de decir lo que sentía, y sin cerrar los ojos, sin pensar si quiera, le dije lo único que tenía claro en aquel momento.
- Te quiero.
Y él no dijo nada, pero me besó. Sabía que también me quería, pero él no sabía explicar con palabras lo que su corazón me gritaba con los latidos. 















Esta canción lo dice todo.

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