Y así fue como me convertí en ángel.

Se secó la primera lágrima que bajaba rodando por su mejilla derecha. Se le mojaron las mangas de la sudadera amarilla cuando se frotó frenéticamente los ojos. Me miró, y vi más tristeza en su mirada de la que jamás había visto nunca antes. Parecía tan frágil, ahí, sentado delante de mí, que me ganó la ternura y le abracé. Para nosotros ya no habría un mañana, aquella sería la última vez.
Me respondió con una caricia en los hombros, hasta que llegó a mi cintura, y la rodeó. Ahora yo también lloraba. Empecé a devorarle el cuello a besos, besos dulces, mezclados con recuerdos, dolor y pasión. Él, me apartó ligeramente y me sentó en la cama. Se puso a mi lado, y sin palabras, sin que hablara, mi corazón logró escuchar un te quiero.
Iba a ser la última vez que estuviera entre sus brazos.
El corazón me iba a mil por hora, un dos tres, un dos tres...Y las venas de mi cuerpo iban a estallar en cualquier momento. Habría dado un riñón por memorizar sus ojos a la perfección en aquel momento. Empezó a darme besos en el cuello, era la señal. Le busqué la boca y la besé. La mordisqueé, la hice mía. Su boca era mía. Le cogí de la nuca y lo arrastré encima de mí. Ahora podía verle, lo tenía tan cerca que parecía que fuéramos uno. De hecho, nuestro corazón ahora era sólo uno, un corazón que latía acompasado.
Me desabrochó los primeros botones y me dejó con la camiseta de tirantes. Otra lágrima le cayó de los ojos, y me miró fijamente, como guardándose también la imagen. Le quité la sudadera y la tiré al suelo. Cada vez estábamos menos separados el uno del otro. De repente paró de besarme, y sin quitar su vista de mi mirada me dijo:
- ¿Sabes que será la última vez?
- Y la primera.
- Pero ya no habrá marcha atrás, ¿lo sabes no? ¿lo sabes?
- Lo sé, Adam, lo sé.
- Si quieres no...
- Sht- le dije buscando su cuello, y cuando estuve a la altura de su oído susurré:- Cállate. No pares de besarme, no frenes esto. Estamos haciendo lo que sentimos y eso compensa todo lo que pueda venir después.
- Tu corazón dejará de latir, mi corazón empezará a latir. Y tú desaparecerás.
- Pero tendrás el recuerdo de mis besos.
- Yo no quiero que desaparezcas, Èlia, yo no quiero.
-Me niego a estar sin ti, no podemos vivir para siempre separados.
- Es la única forma.
- Prefiero marcharme.
- Èlia...
Le miré fijamente. Pensé que lo entendería, pero aún no sabía qué me pasaba a mí, lo que sentía para querer llevar las cosas de esa manera.
- ¿Sabes qué, Adam? Yo antes era la chica cero. La chica de los notables que se comía el bocadillo sola en el patio. Pero...mírate, aquí estás tú. Y a veces, cuando me acuerdo de lo que he sido antes de ti me alegro de que hayas aparecido. Me has hecho sentir la persona más llena del mundo. No me pidas que renuncie a ti, porque prefiero morir mil veces que a pasar un día más sin tus besos.  Yo te quiero, y si no lo sabes ver, ni entender, quizá es porque tú no me quieras.
- Te quiero tanto que prefiero no estar contigo y verte todos los días a pasar una noche contigo y que al día siguiente dejes de estar.
- Danos esta oportunidad, lo merecemos- susurré.
- No soportaré lo mucho que te voy a echar de menos.
- Te quiero.
Y dicho esto, le agarré de nuevo por la nuca y lo atraje hacia mí. Intentó contradecirme de nuevo, pero mi lengua le hizo callar. Y ahí estábamos los dos, juntos, después de tanto tiempo. Estos últimos cuatro años se habían hecho eternos. Y por fin podíamos estar juntos, en carne y hueso. Por fin podía notar el sabor de su lengua, el tacto de su piel, el olor de su pelo. Ahí estaba yo, perdida, entre sus brazos.
Valió la pena esfumarse con la luz, dejar de sentir latir a tu corazón, convertirte en aire, valió la pena, porque segundos antes de todo esto, cuando el éxtasis invadió mi cuerpo, escuché su voz rota diciéndome lo que siempre había querido escuchar:
- Los ángeles nunca lloran. Es algo prohibido, inhumano, irracional. Y estoy llorando. Estás aquí, conmigo, no me lo puedo creer. No me lo quiero creer. Si pudiera convertirme en alguna clase de Dios, te juro que subiría al cielo y pararía el mundo justo en este momento. No, no me mires. Quédate así, tumbada, con los ojos cerrados. Quiero memorizar las coordenadas de tus caderas, la arquitectura de tus piernas. Quiero que tu olor se quede en mi cama y dormir el resto de mi vida entre tu olor. Imaginándome que la almohada es tu cuerpo, acariciándola como ahora te acaricio a ti. Ahora te toca a ti ser el ángel, Èlia, y tienes que ser fuerte. El corazón deja de latir, pero lo que hay dentro nunca deja de existir. Cada latido que mi corazón dé, te juro que será por ti. Y aunque me robe el aliento saber que faltan minutos para que te marches, tengo que decirte algo que nunca hasta ahora te había dicho antes: Cuando no te conocía, cuando te sentabas en la última fila, llevabas el pelo rojo y corto y mordisqueabas tu bolígrafo negro, ahí, yo ya te quería.

Y mi corazón paró sus latidos en seco. Quizá por la emoción del momento, quizá por su indefinido te quiero. Quizá porque los ángeles me llamaban. Pero volé, a años luz, a kilómetros de todo lo humano, volé y aterricé en la luz infinita. En la vida eterna. En el blanco en sí. En el paraíso. Aterricé con un te quiero que decir y un beso que dar. Eso sí, todo lo que vino después, todo el mal que pasó, tenéis que creerme  valió la pena.

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