Empiezo a tenerme miedo.

Puede que las cenizas se me estampen en la piel y no resurja el fénix que quizá ya no llevo dentro. Estoy tan acostumbrada a no ser yo que se me ha olvidado cómo se veía la vida antes de estar tan metida en mí misma.
Ojalá aún supiera volar
ojalá no me quemaran las alas
ni se saturaran mis heridas.
Después de arder, tras la tempestad
no ha llegado mi calma.
Y me dispongo a andar despacio por los resquicios de todo lo que me dejé por hacer, decir, saber.

Tengo ganas de querer dormir, pero ya no tengo sueño.
Y es tan raro eso en mí
que empiezo a tenerme miedo.

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