Conceptual.

Pretendo escribir todo lo que no puedo convertir en palabras. Será porque estoy afónica, será porque me he caído o simplemente porque echaba de menos las noches en las que me sentaba en ese balcón a escribir. Sea cual sea la razón algo me ha hecho empezar otro folio en blanco. Sea como sea, estoy aquí. 


· 


Antes he cogido una colilla del suelo solo para tener algo en las manos. Parecía que el aire me era insuficiente y sentía unas ganas asfixiantes de salir corriendo de aquí. Cuando digo aquí, digo del mundo. Todo parecía desolado y triste, como nublado, y eso que el sol aún marcaba sus pasos en el cielo. Pero yo parecía encadenada a algo que no existía, algo que estaba en mi cabeza. Quizá no somos todos tan buenos, tampoco serán tan malos. Quién sabe. 
Me he recorrido la ciudad en busca de respuestas sin ni siquiera llevar planteadas las preguntas. Me he sentado en tres sitios distintos para sentir que pertenecía a algún lugar y tampoco ha funcionado.
Me he sentido, más que abandonada, perdida. Y hacía mucho que no me sentía así. 
A veces creo que llevo una mochila gigante, que la cargo en mi espalda, y que cuando decido dejarla para descansar alguien decide llevársela. Entonces empiezan las malas palabras, los desengaños, la decepción, la cólera, la presión, el forcejeo, la tensión, el enfado y, por último, la infinita y absoluta tristeza. La tristeza de sentirme sola, de sentarme sola, de llorar sola. La tristeza que pica cuando te atraviesa el estómago y se te cuela en el corazón. 
No sé si alguna vez habéis tenido esa sensación. Como cuando sabes que estás muy triste porque sientes que el corazón se relaja un momento; notas como la calidez de las lágrimas, aguardando en tus ojos, se traslada al pecho y de repente, lates a cuarenta grados. 
En ese momento sabes que algo va mal en ti.
Me he desplomado en la cama como si tuviera cinco años y pesara cincuenta kilos menos. Absurdo, ¿no? Me he tapado los ojos y cuando he retirado las manos seguía en el mismo cuarto, rodeada de las mismas cosas, en la ciudad de siempre. Entonces he comprendido que ya no vale esconderse, que cuando tienes miedo eres débil, pero que por defecto, todos tenemos miedo.
Y crecer es aprender a ver que, a veces, no tenemos cojones a afrontarlo. 
Últimamente todo hace eco, me he sentido desplazada y llevo un hueco en el pecho enorme. Quizá porque sigo sin encontrarme, quizá porque nunca he existido, o porque estoy tan acostumbrada a hablar conmigo misma que siento que solo yo me conozco. No tengo ni idea de qué ven los demás cuando me miran.
Pero no voy a llorar, porque ya no tengo cinco años. Porque ya no soy esa niña que temía a la oscuridad, porque ahora mis monstruos ya no se esconden debajo de la cama, sino en partidos políticos y en sociedades estúpidas seguidoras de masas. Porque ahora vivo en el mundo real; y da asco. 
He encendido hasta la tele, y mira que no me gusta, pero quería ponerle banda sonora a este vacío que noto en el cuarto. Sentía que si ponía la tele no iba a sentirme tan sola y lo único que ha hecho ha sido alentarme a escribir. Y aquí estoy; en este momento me recuerdo tanto a la chica de quince años, cuya vocación era ahogarse entre las letras y apellidarse libertad... 
Qué lástima que lleve unas cuantas cicatrices encima. 
Y que ya no crea en las personas.
Y que el cielo haya cogido tantos tonos grises.
Con lo bonito que parecía el naranja entre esas nubes.














No puedo escribir más.
Siento que dejo algo a medias
pero mi vida es así en general

y qué coño,
en particular.



Hasta siempre, palabra.
Tengo la sensación de que nos veremos pronto. 

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