Absurda.

Dejo que mi espalda impacte bruscamente contra la pared. Está fría y a mi cuerpo parece no importarle. Me deslizo hasta abajo mientras el agua moja mi pelo. Abrazo mis rodillas, mantengo la barbilla en una de ellas.
Y otra vez el huracán del dolor vacila ante mis ganas de dejarlo atrás. Te me apareces, como un sueño. Y me rascas la espalda con el recuerdo. Me estás vaciando por dentro.Me estoy quedando sin mí.

El agua parece ajena al dolor, pues resbala, ha nacido para eso. Y se me hace inevitable no querer echarte de mi cuerpo, con ella. 
Pero es imposible despegarte de mí.
Miro el cristal. Cada gota parece dibujar mi reflejo. Qué feo se me ve el corazón desde ahí. 
No recordaba mis ojos tan opacos.
Mi mirada tan vacía.
Mi marrón tan apagado.
Mis ganas tan incoherentes temblando ante mí.
Te recuerdo. Te recuerdo y se me va la vida.
Perdida en muchos momentos que en vez de ser buenos se están volviendo pesadilla. El ya deberías estar mejor de la gente, no me deja indiferente. Y empiezo a preguntarme por qué a ti te ha costado tan poco tacharme y a mí se me hace imposible borrar la primera letra de tu nombre. 
Batallo contra mi pelo, que juega a pegarse en mi espalda, y lo echo hacia adelante. Quizá si no me veo no me sienta.
Pero qué va.
La tregua se acaba y en mi cabeza vuelves a ganar.
Ten, tu victoria. Ha sido una batalla justa. Yo ya sabía sobre mi derrota mucho antes de que empezara todo esto.
Cuando te vi sentado en aquella clase, y era 2012, y tú parecías haber borrado los dieciséis anteriores años de mi vida con tu sonrisa gélida y tus manías. Ahí ya lo sabía.
Sabía que contra tus ojos jamás podría haber vencedor que no fueras tú.
Me costó alcanzarte. 
Me costó tenerte.
Sin embargo no me costó quererte.
Pero te acabé perdiendo.
Como se pierde tu jersey favorito en pleno invierno y te mueres de frío y tristeza porque ya ninguno te abriga tanto, ni te sienta tan bien.
Has sido, sin dudarlo, la suerte de mi vida. Todo lo bueno que me queda lo aprendí amándote. Porque fuiste la primera persona por la que hice cosas sin interés alguno más que verte feliz.
Porque te luché hasta el final, y yo antes era de las que no acababa las cosas que empezaba. Me enseñaste a llorar. Y me amé, por primera vez en toda mi vida, cuando tú me amaste a mí.
Es increíble que no estés. Bajo esta ducha también, masajeando nuestros sueños. Tu risa no rebota ya en cada rincón de esta casa absurda, más rara que nunca, sin ti. Echo de menos que te rías como si se te fuera la vida, como cuando estallabas en mil mariposas cuando mis tonterías apuntaban directas a ti.
Echo de menos el latido intenso de tu corazón, siempre mucho más veloz que el mío, que escuchaba esos días en los que dormía entre tus brazos. 
El agua sigue cayendo y no huele a ti.
Me abrazo más fuerte, porque dicen que el contacto con uno mismo alivia el dolor. Pero estos científicos me han vuelto a mentir. Esto no funciona cuando no estás tú.
Claro, si es que no te conocen.
Entonces no sé qué coño hacen teorizando acerca del universo.
Apoyo los pies contra el cristal. El contacto frío de los vidrios hace que se me erice la piel. Desnuda e indefensa hablo con el cielo de mi memoria y le pregunto si he sido alguna vez más feliz que ahora. No me hacen falta respuestas.
Se le ha olvidado qué era ser feliz.
Ha pasado mucho desde la última vez que me sentí llena.
Completa.

Me tacho la espalda en silencio. Adiós, recuerdos. Invento algo con lo que entretenerme. Parece que el universo está en mi contra, pues las lágrimas aparecen y se disuelven mezcladas con el agua.
Los tres cristales que me rodean me reflejan sola.
Sin ropa.
Sin capas de mejores versiones de mí.
Sin mí.
Me sangran los hombros, el peso de tu ausencia quiebra mi fe.
Empiezo a perder la esperanza de oírte decir que me echas de menos.
Quizá mis oídos sepan, antes que yo, que jamás te arrepentirás de haber cancelado el vuelo de nuestras ocho vidas.
Y cien mil gatos observan tu huida. 
Y me quedo mojada, sin la lluvia que tanto nos podía.
Sin el puente rojo que nos miró de frente aquel día
en el que sentí que no había problemas a nuestro alrededor.
Construiste la mejor versión de mí
y ahora está llorando ante la toalla.
La cojo para salir.
Y me seco las lágrimas antes que los hombros. Y me seco la piel desprendiéndome del aroma intenso de la melancolía.
El espejo está empañado, y menos mal.
Porque hace días que no soporto el reflejo de esos ojos grises que ya no quieren soñar.






Qué injusta es la huida ahora que ya no me sé el camino de vuelta a casa.










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