Algún día, tal vez lejano, mirarás hacia al pasado y me verás. 
Como una ráfaga de viento incansable que se coló en tu vida y lo cambió todo de sitio. Mirarás a los ojos de la nostalgia y me verás como el ángel vestido de caricias que te acompañó durante años.
Quizá para entonces tu vida esté en orden y no necesites más. Pero si el caos aún te envuelve intentarás buscar respuestas en las preguntas que te hiciste el día que te marchaste.
Me conoces y me conocerás, aunque pasen muchos años y nuestras vidas queden paralelas, distantes, frías, sin chocar. Seguirás sabiéndote de memoria todas esas cosas que escribí en la lista de aquellas aventuras que quería vivir antes de morir.  O quizá no las recuerdes. Dará lo mismo.
Quizá para entonces ya no me leas y tengas ese dinero que ansías para construir tu vida perfecta.
Yo probablemente me habré conformado con la aventura de mil viajes y una vida normal. Me habré conformado con no conformarme. Habré luchado por publicar alguna de mis estupideces.
Quizá ese día tú ya estés a kilómetros de mí. O a años luz.
Nadie recordará mi nombre. Tú tampoco.
Pero en el fondo de ese frío corazón, llevarás escrito un pedazo de mi mundo. Ese en el que intenté que encajaras a la perfección, fracasando en el intento.
Seguirás en tu inseguridad remota, en tus dudas y en tu complejidad.
No llorarás, claro que no, no llorarás más mi pérdida.
Porque en el fondo tú nunca supiste lo que era perderme. Siempre te acogí en mi mundo, en mi tiempo, en mis heridas, te hice un hueco enorme en el que pudiste refugiarte siempre.
Yo sí te perdí.
Yo jamás volví a esconderme en esos brazos. Y mucho menos en tus labios.
No quise llamar al timbre de tu indiferencia, por si no contestabas.
Yo sí lloré tu pérdida.
Yo sí sangré.
No fue fácil llevarme tu oleaje de promesas, tus silencios, que se clavaban en mí.
Tuve que despedirme de la vida que construí.
Y tuve que hacerlo todo sin pestañear.
Un 'adiós' que se quedó lleno de silencios. Un recuerdo que ya no me aportaba más que una molestia en el pecho. Un peso en el alma. Una herida llena de todo aquello que jamás tuve.
Tú me tuviste.
Yo jamás te tuve. Ahora el tiempo que pasaste entre mis brazos es efímero,
y yo nunca tuve tu corazón. Nunca he sido dueña de tus sueños. Ni partícipe de tu vida.
Aunque quisiera creer con todas mis fuerzas que sí.
Esa piel nunca ha sido mía. Así como tú me tuviste entera, yo siempre tuve la mitad de lo que eras.
Y no te das cuenta hasta que alguien te dice: ' Tú eras la que quería más'. 
Hasta que alguien pronuncia esas palabras que cuestionan todo lo vivido: ' No es que él dejara de quererte. Es que quizá nunca te quiso'.



Y entonces un mar de odio se apodera de mí. Odio hacia mí misma, por haber esperado aquella primera vez que te marchaste. ¿Si te habías ido una vez, por qué esta vez tenía que ser diferente?
Todo eran señales que no quise ver.
No quise verlo, de veras. Quería creer que esta vez era de verdad.
Y ahora siento que pasé dos años de mi vida creyendo que siempre ibas a estar, cuando en el fondo sabía que tarde o temprano harías tus maletas otra vez, volverías a coger ese tren, y yo volvería a quedarme en la estación de la desesperanza.
Donde no solo te perdí a ti, sino también me perdí a mí misma.




Y no he vuelto a encontrarme, al menos no a la que fui.
Ya no quiero ser esa chica que creía que el amor podía con todo.


Cuando en realidad ni si quiera tuvo amor.
Solo algo que se le parecía. 




Quise creer, de verdad, que me quisiste.
Pero si lo pienso...¿A caso alguien deja ir a la persona que quiere solo por miedo a sí mismo?
No. Porque yo sí quería, y yo no habría dejado ir a la persona que quería por nada del mundo.
Ni si quiera por algo tan poderoso como el miedo.



Y esa es la única verdad que me queda. 


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