domingo, 22 de marzo de 2015

(R)EVOLUCIÓ(N)

Me he planteado muchísimas veces cerrar este blog. Infinitas veces.Una vez estuve a segundos de cerrarlo. Nada. Un poquito más de decisión y ya no estaría escribiendo esto. 
Pero nunca lo dejo. Nunca me voy, siempre vuelvo. Siempre me quedo. Siempre obedezco a mis sentidos, siempre permanezco.
Aquí es el único lugar en el que puedo hablar de él. Todo mi alrededor ha dejado de escucharme,y si lo hacen me piden que ya no hable más, porque creen que es lo mejor para mí. Que borre esa gran parte de mi historia.
Este es el único confidente al que le hablo de él. A veces lo disfrazo de poesías, o se cuela en las líneas de algún texto que no habla ni si quiera de nuestra historia. Me he planteado muchas veces qué será de mí. Si habrá algo detrás de todo el dolor. Si habrá algo más. ¿Y qué pensará él? Su oscuridad siempre me ha dado miedo. Siempre ha sabido pensar, y pensar, y pensar, y buscar la lógica a todo lo que no tenía lógica. ¿Qué habrá en su cabeza? 
¿Qué habrá en él?
¿Sentirá este dolor?
A veces quiero llamarle. A veces quiero preguntarle qué se siente al no besar más estos labios inmensos y perdidos que juegan a olvidar lo inolvidable. Que juegan a romper lo inquebrantable. A veces me planteo si él me llevará tan dentro. Si le habré marcado tanto. ¿Recuerda mis ojos? ¿Mi manera de reír? ¿Mi manía de no callarme nunca? ¿Mis tonterías? ¿Mis romanticismos?
Quizá él piensa que no hay rescate. Que no he podido salvarle. Que ya no va a volver. Que no va a ser más ya parte de este desastre. Que mi vida ya no le conviene. Quizá él piense en partir y marcharse.
Sin mirar hacia mí.
Cuando empecé a dudar de si me quería o no, cuando empecé a pensar que él ya no sentía un amor intenso en el pecho cuando nos rozábamos las pieles bajo mil sábanas de invierno, cuando empecé a ver que ya no me quería...Fue uno de los peores meses de mi vida. Noviembre se volvió frío, oscuro, trágico, amargo y largo. Muy largo. Inacabable. Los días pasaban y yo no dejaba de hundirme en un bucle inmenso de tristeza, impotencia y rabia. Los días pasaban y no supe salvarle. Pero...¿Cómo iba a darle la cura si ni si quiera sabía cuáles eran los síntomas? Pensaba que un día se despertaría sintiendo que me necesitaba. Viendo que nada era lo suficiente fuerte como para dejarme ir.
Pero...
Llegó el ocho de diciembre. Y la promesa de un invierno mágico se transformó en mil hojas secas rotas de un otoño con sabor a final. Y el invierno cayó sobre mi espalda, y me arrastró hacia la soledad. Y mi pecho se rompió en mil doscientos veintiséis pedazos.
No quería comer.
No quería dormir.
No quería levantarme.
No quería hablar sobre ello.
No quería saber nada.
Me hundí. Como se hunden las cosas que ya no tienen la suficiente fuerza como para mantenerse a flote.
Y llegó mi cumpleaños y las diecinueve velas de sueños que alcanzar se convirtieron en un gran apagón que me consumió.
Y esperé hasta las 23:59 a que sonara el móvil.
Y no sonó.
La tragedia de un invierno que me hacía confundir tristeza con soledad.
Febrero me golpeó y jugó a enseñarme que aun estando hundida podía rescatar una parte de mí. Pensé que acudiendo a copas olvidaría el dolor.
Y me atraganté con mis propias lágrimas. Empecé a hacer cosas que jamás había hecho porque creía que cambiándome a mí cambiaría también mis emociones. Y estaba tan equivocada.
El inicio de marzo me hizo pensar que si me hacía de piedra el dolor se sentiría en menor grado, y aunque ya no me salían las lágrimas empecé a hacer fuerza para llorar: Había comenzado a sentir que ya no tenía ninguna manera de escapar, que no podría dejar ir la tristeza por ningún lugar.
Y empecé a decirles a todos que si no lloraba significaba que era feliz.
Pero ser feliz es mucho más que no llorar.
Y hoy, día veintidós, a cuatro días de el día especial me siento como si fuera una estrella fugaz en un cielo lleno de pequeñas luces. Nadie me ve, nadie se percata. Nadie me dice nada. Paso desapercibida entre las luces. Él tampoco me ve. Todos han dejado de mirar en mi dirección, la soledad apunta directa en el pecho. Me miro al espejo y veo tanto dolor. Me veo siendo tan yo, intentando ser fuerte. Salvándome siempre de las heridas que llevo grabadas en la piel. Salvándome del naufragio de unas pupilas que miran y no me ven.
Quise decirle mucho.
Quise contarle mucho.
Quise pedirle que jamás se volviera a ir.
Hablé sin voz. Miré sin ojos. Lloré sin lágrimas.
Siempre incompleta, siempre reconstruyéndome.
Siempre creyendo que si miraba hacia otro lado dejaría de doler.
Siempre apartando el dolor.
Y él, como siempre, apartándome un poco más a mí. 
Alargué los brazos para tocarle. Sin hablar le dije: 'No te vuelvas a marchar, por favor'. Y no le dio tiempo a contestar. Ya se había despegado de mis lágrimas.
Había alzado el vuelo y esta vez no me llevaba colgada en su espalda.
Me convertí en un ángel para él.
Un ángel caído al que ya no quería ver...









Bajo la inmensidad de este cielo negro sigo guardando retales de aquello que fue tan nuestro.



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