Que esta canción no acabe nunca.

La música insaciable no dejaba de sonar y movíamos las caderas al ritmo de nuestras miradas. Enlazábamos las manos y me hacías girar, me arrastrabas hasta ti. Mismo bar. Mismo recuerdo. Diferente beso, con sabor igual. 
Yo mirándote los labios. Tú sonriendo al verme brillar. 
Una, dos, tres vueltas. Nos volvimos a besar.
Y la música dejó de sonar, porque para mí desaparecieron todas las personas que había a nuestro alrededor. Tus manos en mis caderas. Cualquier canción.
Y tus palabras sinceras y descaradas. Tus preguntas en mi oído. 
Tus 'Me quedé con las ganas de verte el otro día'. 
Cómo lates.
Cómo me envuelves en tus labios y deshaces todas mis inseguridades. Y cómo te mueves. No sabes que me estás llevando a la locura.
Tus palabras apuntando directas a mis ojos. Mis manos suplicándote que bailáramos un rato más. Viernes con sabor a ' Por favor, que no amanezca nunca'.
Y de repente tus manos sujetando mi cara, acercándome al besar.
Y mi mano posada en tu nuca, acercándote a mí. Yo, de puntillas, queriendo alcanzar esas puertas de nostalgia. De vida.
Esos labios que no se cansaban de besar.
Cerrabas los ojos a cada beso. Yo intentando no sentir, sentía más. Tus manos acariciando mis hombros, haciéndolos temblar.
Nunca ninguna discoteca del mundo había tenido tanta luz.
Ni ninguna luna había dejado tanto que contar.
Ya conocíamos nuestra forma de besar. De acercarnos. De encontrar cualquier excusa para volver a bailar. Con las sonrisas puestas.
Separados, y en un segundo, pegados. Y moviéndonos éramos solo uno.
Y yo no podía dejar de pensar: Que esta canción no acabe nunca.

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