lunes, 23 de febrero de 2015

Trozos de papel rescatados. Y una noche demasiado fría.










































Camino por la calle y siento como si cien ojos estuvieran mirándome. Camino, a paso ligero, sin temor, sin pararme. El aire es tan frío que puede romperme el pecho cuando me golpea. Un sentimiento de nostalgia se posa en mis hombros y los hace tristes. Y yo caigo un poco. 

Es uno de esos días en los que nada tiene sentido, en los que te has despertado porque sabes que es lo que debías hacer, pero en realidad es lo último que te apetecía. Lunes de pestañas caídas. Lunes de nostalgia en la herida. Lunes con las cinco pesadas letras de un lunes marcadas en la piel.
Y ahora un poco de anti-ojeras, no vaya a ser que se me queden los sueños guardados en esos dos pozos de cansancio. 
O vacío.
El callejón de esa calle que no tiene sentido. Vacío, en el pecho, a ratos.

Me pellizco para sentir, aunque sea dolor. Porque hace días que parezco no sentir nada. Ni si quiera lástima. 

Sonrío. Y a veces olvido mis cosas.
A veces me pierdo adrede. No me apetece encontrarme.
No es el dolor lo que duele, ni si quiera es el amor, que amenaza con impactar directo en el pecho. Lo que duele es el abandono. Sentir que me dejaron desnuda en cualquier lugar y se llevaron todo lo que tenía. 

Y desde entonces me arropo con sueños. Y pienso en quién sería capaz de enamorarse de tanta desnudez, de tanto corazón abierto, de tanta alma rota.

Me pregunto quién iba a adorar cada poro de esta piel cansada de cubrir mis miedos. 
Paso por esa calle y me siento como si cien ojos juzgaran mi camino. Como si cien dedos apuntaran hacia mi fracaso. Como si alguien gritara: Nadie va a quedarse nunca, todos se irán algún día de tu vida.
Como si todos mis espejos fueran a romperse, como si ninguna mirada pudiera sostener la mía.
Abandonada en un puerto en el que cien barcos ya ni si quiera descansan. Se han ido solo para no verme. Y el mar me grita que me rinda ante lo que creí que era mi suerte.
Y ahora qué.
Me lamo las heridas. Como quien busca consuelo en la propia mentira. Y me digo a mi misma: Seguro que algún día alguien te espera, alguien te cuida. Seguro que algún día alguien entiende tu locura aunque no la comparta.
Autoconvenciéndome de demasiadas cosas.
Asimilando lo mucho que ha cambiado mi vida en tan poco tiempo.
Intentando no pensar en nada que duela.
Intentando no echar ni si quiera de menos.
Porque ya no puedo permitirme el llanto. No me quedan lágrimas.
Soy la muñeca abandonada en la fábrica vieja de juguetes. Soy ese dado trucado que siempre pierde. Soy todo lo que he sido siempre, pero con un poco más de descosido en las alas.
Y me preguntas por qué. Y te pregunto cuándo. 
Y nadie sabe responder.
Porque nadie sabe en qué momento las estrellas nos dejaron de llover. 
Y el cielo se volvió gris. Pero ya no era el gris que conquistó un día esos corazones ingenuos, ahora es un gris que anuncia tormenta. Unos ojos reclamando tempestad. Y unas nubes curiosas que acechan.
La batalla entre dos cuerpos.
Las sonrisas divididas.
Un, ya no somos nosotros, ahora somos tú y yo. Ya no hay un camino, ahora hay dos, que se separan y van en direcciones distintas.
Y yo ahí quieta, como a quien le asusta la palabra vuela.
Quizá tanto miedo se debía 
a saber que volar
conllevaba no regresar.
Y extender mis alas
significaba olvidar
el camino de vuelta
         a casa.




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