Ella estaba loca. Perdidamente. Y quizá fue lo que me empujó a quererla.
Ya no existían las agujas de un reloj, el tiempo, o el viento. Ya nada giraba en la misma dirección. Y romper con la monótona y racional vida fue lo que me hizo ver que realmente tenía que agarrarla con todas mis fuerzas. No soltarla. Ni atarla. Solo caminar a su lado, de la mano, compartiendo sus risas o la velocidad a la que iba su cabeza, maquinando cada una de esas tonterías que me hacían reír. 
Por las noches, a veces, me tumbaba en la cama y pensaba: ¿Qué sería de mi vida sin esa locura...?
Entonces me di cuenta de que había dejado atrás un yo que vivió otra vida.
Que ella me había regalado una oportunidad. La oportunidad de ser al fin feliz. Felices. 
Ahí estaba el secreto. Ella no formaba parte de esa vida gris que me había traído mala suerte, porque cuando ella llegó, la suerte cambió su rumbo, y por primera vez en mucho tiempo, apuntó en mi dirección.
Sé que fue ella quien la colocó justo ahí, apuntando al corazón. 

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