Caían las lágrimas que desenfrenadamente se hacían un hueco en el universo.
Se evadían las sonrisas que perseguían mis sueños. Inmóvil mi alma suspiraba y al mismo tiempo gritaba que las roturas jamás cambiarían.
Las heridas nunca sanan, solo quedan en forma de cicatriz en nuestros cuerpos, para que al mirarnos al espejo, fijando directamente los ojos en nuestro reflejo veamos en qué nos equivocamos y sepamos no rozar de nuevo nuestras heridas. Porque el mundo gira, gira, gira, y jamás se para. Y nosotros rodamos como ruedan tus pisadas por todos aquellos lugares que jamás pisamos. Como en un andén constante esperamos trenes que a veces pasan y por miedo no alcanzamos, otras veces los esperamos con ansías y jamás pasan. Algunas otras, llegamos tarde y el tren ya se ha ido, y quien tiene suerte y valor coge el tren que quiere y llega a la meta que se propone.
No es cuestión de fuerza, es cuestión de querer ser. Y sobretodo de quererse.
Podría conspirar el universo entero en tu contra, que si de verdad lo deseas, conspirará a tu favor.





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