sábado, 11 de enero de 2014



Vértigo en el estómago. Y un impulso que me empuja a abrazarte fuerte. Y me siento tremendamente protegida. Como si tú fueras el ángel y yo la persona a la que debes cuidar. Como si mis brazos estuvieran hechos a la medida de tus hombros o tu nuca, y tu perfume fuera la mezcla perfecta para entrometerse con el olor de lágrimas saladas que me embriaga hoy. Aprietas fuerte. Para que no me escape, para que no se escape. La magia del momento, el calor de tu cuerpo, ese algo ilógico que nos une.  Me abrazas porque tengo suerte,o quizá tenga suerte de que me abraces.
El mundo gira pero tú y yo seguimos parados. Porque no nos importa quedarnos quietos unos segundos, ni unos minutos. O unas horas.Porque somos fruto de la imposibilidad que supone quererse al ser tan diferentes, pero tuvimos tanta suerte, o tanto destino, que nos unimos en cuestión de segundos. No nos repelamos, nos juntábamos. Y era fácil. Porque ya no éramos solo dos adolescentes perdidos en un sin fin de dudas y temores, éramos algo más que eso. 
Mucho más.

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