Hubo un momento en que lo supe. Ya no íbamos a salir de allí, y entonces le miré.
Creo recordar que no pensaba en nada, mi mente se había paralizado y un blanco profundo, brillante, inundaba mis sentidos. Me miró también y creí ver en él lo mismo. Sabíamos que íbamos a morir y sin embargo...
Sin embargo sonreímos.
Un fin apocalíptico. Una lucha interminable. Se sacudió el sudor de la frente y pude reconocer un par de lágrimas resbalando por sus mejillas. Tembló bajo el cielo infinito.
Acorralados. Después de tanto.
Se acercó lentamente, como diciéndome a cada gesto que había valido la pena.
Entonces recordé el principio de todo, nos vi huyendo a toda velocidad, siempre de la mano, jamás dejándonos atrás. Infinitas batallas con la razón, lágrimas de impotencia, de pérdida.

Ver como todo lo que quieres desaparece a tu alrededor.
Recordaba con tristeza el día en qué vimos morir a nuestras familias. 

<< Yo ya no podré ser jamás el mismo>>, decía.
Y yo tampoco lo había vuelto a ser.

Nos había fortalecido el hecho de tener que defendernos sin la ayuda de nadie más.
Solos.
El mundo entero bajo nuestros pies, y miles de razones para huir.
Pero ya no había una escapatoria. Solo una pared enorme que jamás podríamos atravesar, y miles de personas a las que ya no les quedaba humanidad, atentando contra nosotros.

Suspiró.
<< Es un bonito final si lo piensas>>, conseguí articular. <<Los hemos vencido pero sabríamos que algún día esto iba a llegar. Has sido un buen compañero. ¿Sabes? Ya no simplemente eras el novio o el amigo. Hemos compartido algo más que dos cuerpos, y han sido dos almas valientes capaces de luchar. Hemos sido tú y yo contra el mundo y eso basta>>. 
<< Cumplimos la promesa. Hasta el final>>. Cuando dijo la última frase bajó la voz.
Sabíamos que era una despedida pero no íbamos a decir que nos queríamos como miles de veces habíamos dicho antes, en la otra vida, en la que nos llamábamos por teléfono algunas noches. Esta vez era distinto, las despedidas no servían. Sabíamos que iríamos hacia otro lugar, que trazaríamos otra trayectoria. 

Le pasé el cuchillo que tenía guardado en la bota y me miró cómplice. Movió sus labios sin articular palabra, diciéndome. << Primero lo hago yo, no mires>>.
Cerré los ojos y escuché un grito de dolor. Cuando cogí el otro cuchillo le miré a los ojos. 

<< Te quiero>>.
Y sin pensarlo lo hice. Lo último que sentí fue un dolor inmenso en el pecho y el peso de mi cuerpo perdiendo toda capacidad de moverse. Caí redonda y perdí el conocimiento. Oía sus quejidos hasta que me adentré en un profundo sueño.
Después ya no sentí más miedo.
El mundo, por primera vez, había frenado, y yo, con él. 

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