Perdóname por quererte, pero es que últimamente se ha vuelto inevitable.



No quiero entender de medias verdades ni absurdeces que se dicen los enamorados cuando creen estarlo. Porque yo no es que lo crea, es que lo sé porque lo he visto en mis ojos cuando se reflejan en los tuyos.
Una vez me dijeron que un día sabría quién sería el verdadero porque todo parecería fácil aunque fuese difícil. Ahora sé que las cosas se han ido colocando poco a poco en su sitio. Que todo lo que creía ser blanco desde un principio después fue negro. ¿Y sabes? El negro es mi color favorito. 
No necesito de banderas que marquen dónde estoy o dónde quiero estar, mi única bandera es saber que irás conmigo allá donde vaya. Porque me niego absolutamente a dejarte ir, porque ya sé lo que es irme a dormir sin tus buenas noches. Ahora quiero que los 365 días de mi año estén perfumados con tu colonia. Que nos soportemos en los peores días, que me aguantes en mi sensibilidad, y yo aguante cuando pierdas los nervios. Que arreglemos discusiones a besos y mordiscos, y juegues a avanzar, retroceder o aislar las horas de mi reloj. No quiero más sonrisas gastadas, porque si se acaban borrando, quiero que sea porque los labios se nos han desgastado de tanto besarnos. Y es que, de veras, podría llamarte astronauta. Porque juegas a llevarme tan lejos, que la luna parece estar más cerca a cada día que pasa.
Y es que, qué saben ellos de besarse con los ojos cerrados y sentirte como si los tuvieras abiertos; ver esa claridad absoluta que guardas en cada pestañeo. Llamarte amor y pensar en que me quedo corta, llamarte vida y pensar que mereces un nombre mejor que ese. Y es que me has dejado escasa de razones, sobrada de locura, y con la dosis justa de cariño. Y es que ahora entiendo por qué odiaba yo el amor, pequeño. Porque no te había conocido. Y si sí te conocía, es que aún no te había visto. 

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