Recnác es cáncer al revés, pero sigue siendo cáncer.


No sé si alguna vez había contemplado mirada más triste. Sus ojos estaban vacíos. Como si fueran cuencos que alguien se había encargado de secar, de echar hasta la última gota de agua fuera. Pensé en abrazarla pero me contuve.
Qué habría pensado ella de mis manos ansiosas por acariciar su piel. 
Le dije lo que se suele decir en esos casos, que todo saldría bien.
Pero ni si quiera tuve el coraje de abrazarla y tuve que usar las palabras para decirlo. Y qué tristeza.
¿Cómo se le explica a alguien lo mucho que queda por vivir y disfrutar de su juventud si eres testigo día a día de lo cerca que está de la muerte?
El cáncer debería no existir.
Es más, lo lloré. Lloré esas cinco palabras y ella lo notó. Me tocó suavemente la mano, como si fuera ella quien tratara de consolarme a mí y sonrió.
Y qué sonrisa. Por desgracia, ya rota y desgastada. Pero podía seguir parando el mundo. Y qué hacer, me pregunté. Qué hacer cuando la persona que amas cae en garras de algo que no la deja huir. 
Eres fuerte, dije. Como si fuera un hecho, una cualidad, un misterio, una tragedia. Y noté cómo tragaba saliva, y con ella la desesperanza se quedó hecha un nudo, en su cuello. Asentía nerviosa, creyendo más en mis palabras que en ella misma. 
Contemplamos el atardecer desde la ventana del hospital. Ambos sentados en la cama, y yo abrazándola. Besé el pañuelo de su cabeza con tanto amor que al cerrar los ojos noté que me escocían. Había contenido ya demasiadas lágrimas. Se giró para mirarme y me besó. Sus labios tenían sabor de despedida. Y fue tan amargo el beso pero a la vez tan profundo que luché con todas mis fuerzas para que no terminara. Hasta que ella sonrió. Como diciendo 'Ey, ya tendremos tiempo de besarnos'. Pero el tiempo era más relativo que nunca. Pensé en el momento justo en que la conocí. En el momento justo del primer beso. El primer paseo. La primera playa de noche. Los primeros sueños. Las películas sentados en el sofá. Las mantas que cubrían nuestro frío. Esos paraguas que ella siempre rompía. Esa torpeza que tenía al caminar y ese don que tenía de desordenar mis ideas. Dolería no tenerla. Y lo supe. Y ella también lo sabía. Es por eso que suspiró. Y en ese suspiro pareció darme el aire que me faltaba, porque sentía que por primera vez en muchos meses, volvía a respirar. Ahora el aire era más tranquilo.
Por un segundo olvidamos esas seis letras que la perseguían. 

Pero se marchó. Como se va el verano y llega el otoño. Como desaparece el otoño y deja paso al frío del invierno. Se marchó como se marchan los pájaros cuando ya no están cómodos en el clima, como se marchan las lágrimas de las mejillas cuando resbalan y caen. Se marchó como quien sabe volar.
Y fue entonces cuando comprendí que la vida era relativa y los sueños eran trozos de estrellas. Algunas estrellas tan fugaces que se los llevaban con su paso; otras permanecían quietas, incansables, colgadas en el cielo, cada noche, durante todos los días de la vida. Otras, simplemente, como ella, Lucía, se apagaban. Y después de la noche, llegaba el día. 

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