Me maté a base de alcohol y de tus besos.
Tú eras de arrancarme las medias a bocados y yo de arrancarte la risa a tonterías. Y cómo se miraban nuestros ojos cuando los corazones ardían, eh.
Que nos sobraba hasta la piel.
Habríamos derretido el polo norte si a caricias se pudiera deshacer el hielo.
Y nos habríamos ahogado.
Como ahogaste tus penas en el ron cuando decidiste marcharte. Y aprovechaste el atardecer para desaparecer.
Desde entonces vivo en tu vaso, ya sabes, siempre medio vacío, ahogándome en el recuerdo del sonido de tu risa con cada amanecer.
Sabes que siempre he sido más de anochecer en tu cuerpo. Sobre ti.
Y como si eso bastara, como si el recuerdo llenara, te siento cerca.
Como si estuvieras aquí.
¿A quién se le ocurre marcharse dejando un corazón lleno de nieve en un verano como éste? 
Solo tú podrías haber hecho algo así.



























Aunque me sienta feliz siempre escribo cosas tristes.
Cosas de escritores, supongo.
Vuelvo con las pilas cargadas.

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