jueves, 23 de mayo de 2013

Mi mundo empezaba a temblar.

Caí en la cuenta de que estaba temblando. Puso sus manos bajo mi suéter, y rozó mi espalda. Me invadió un escalofrío. Nuestras miradas chocaron con tanta fuerza que se escuchaba a lo lejos el ruido que habían hecho al impactar. Mi sonrisa había quedado congelada en el tiempo y él acariciaba mis mejillas con suavidad. No hacía aire. Ni una pizca. El momento me había robado hasta la última bocanada de aire. No respiraba. Solo quedé prendida de esos ojos. 
Me rozó la espalda, ahora desnuda, hasta llegar a mis caderas, y acercó mi cuerpo al suyo. Eso se parecía mucho al cielo, y sino, poco faltaba para pisarlo. 
Besé con torpeza su pecho, mis labios temblaban. Me tomó por la barbilla y me obligó a mirarle: 
- Confía en mí.
Tropecé en sus palabras pero me hice suya. Mi mente dejó de maquinar, planificar, regular, calcular. No existía el instante perfecto, solo el instante. Él era el único capaz de calcular ahora los pasos. Dejé que el tiempo guiara nuestros cuerpos, quizá no era cosa de la mente, sino de eso que llaman corazón y que latía desenfrenado. 
Para mí esos tic-tac frenaron. El silencio se hizo eterno, los nervios, efímeros. 
Porque ahora solo estábamos él y yo.
Y el miedo al desabrochar los primeros botones de su camisa se esfumaron con los terceros besos, las cuartas caricias, las quintas palabras, los sextos mordiscos, las séptimas miradas. 
¿En qué momento decidí que su sonrisa sería la octava maravilla del mundo?
Quedé presa de sus pasos. De su forma de mordisquear mis sueños y con ellos, mi cuello.
Dejó huellas imborrables, intachables, en mi piel.
Ahora ya no podría desprenderme de él. 

Borré con besos las huellas dactilares, los pasos dados, los poros de su piel.
Íbamos a desgastarnos por momentos.

Incluso nos borramos del mapa. 
Y perdimos la cuenta de apuestas perdidas, sueños cumplidos, promesas trazadas en un papel. 
El mundo pareció callarse de repente.
Y mis sábanas perdían la cabeza por aferrarse a su piel. Suerte la mía la de rozar sus prisas, la de rozar sus caricias, la de rozar su sueño, sus labios, sus miedos.
Suerte la mía la de perderme en él. 

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