Si hasta el cigarro me sabe a sus labios.

Cuando Eva caminaba yo perdía la noción del tiempo. Me sumergía en el vaivén de sus caderas, que avanzaban por ese pasillo al ritmo de las agujas del reloj, y se perdían entre la gente. Le habría mirado mientras dormía mil noches más. Le habría pedido perdón otras mil por no haberle dicho todo lo que sentía. Yo creía que todo estaba bajo control, que de veras podría hacer que las cosas siguieran el curso que yo eligiera, y así, con el tiempo, borrar todas esas huellas que al final acabaron siendo heridas para mí. Me creía fuerte y me equivoqué. Nada estaba bajo control, porque cuando Eva sonreía yo bajaba la guardia, y entonces empezaba a girar, al son de sus rizos de cristal. Por un momento olvidaba mi pose de hielo y me dejaba llevar. Entonces su sonrisa contagiaba la mía, y así yo perdía la razón, y el corazón empezaba a mandar. Aunque yo siempre he sido de los que sabía frenar a tiempo. Me arrepentiré tantas veces de haberme quedado callado como noches pase consumiendo un cigarro en honor a su nombre.
Con lo fácil que habría sido cogerla por las caderas, traerla hasta mí y morder sus sueños mientras nos besábamos. Pero no. El miedo es la gran excusa, y la mayoría de las veces es el campeón de toda batalla.
Y ahora qué hago yo, cuando otro sea capaz de cuidarla, eh. Dime, destino, qué hago yo.
Si se me muere el alma solo de imaginarla entre otras sábanas.
Si hasta el cigarro me sabe a sus labios, joder.
Qué hago yo, si esta cama ya tenía incrustada su silueta, durmiendo abrazada a mí, apoyada en mi pecho,sonriente, mientras escuchaba mi corazón palpitar. 
Qué hago yo cuando no tenga esos mensajes a cualquier hora del día que me arrancaban una sonrisa y me hacían sentir que alguien desde algún punto del mundo estaba pensando en mí. Qué hago ahora sin sus 'buenas noches, pequeño', qué hago, si cuando me llamaba pequeño yo me sentía el más grande de este puto planeta. Qué hago si ya no oigo su risa en mi oreja, qué hago si sus labios no devoran mi cuello, qué hago, joder, si no la tengo cerca. Si ya ninguna excusa es buena para sacarle una sonrisa, y ya no responde a mis llamadas. Qué hago si he dejado escapar a alguien que había insistido tanto para quedarse. Qué hago, si le cosí las alas para que se marchara. Qué hago si ahora echo de menos lo que un día eché de más, y encima he perdido el valor de alzar la voz y decirlo.
Qué hago, si Eva dejó de ser la de los rizos de oro y la sonrisa de terciopelo. 
Con lo fácil que sería un ' te he echado de menos'. Con lo fácil que sería volver a tener su olor en mi ropa y sus sueños en mi puerta. Y lo difícil que se vuelve todo ahora, cuando el cigarro se acaba y los recuerdos se me echan encima, aplastándome otra noche más. 

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