*

- ¡Dispara, Noelia, dispara!
Sujetaba el arma entre mis manos, temblorosa, casi sin ser consciente de mi situación.
Es cierto, tenía los sentidos subdesarrollados. Podía oler cada gota de sangre que caía por mis rodillas, debido a las heridas. Podía escuchar cada paso, respiración y hasta latido que se encontraba en aquella sala. Podía ver con detalle todas esas miradas, atentas a mi rostro. Podía saborear mi miedo, y sentir el material del arma contactar con mi piel.
Pero lo que más sentía en aquel momento era la mirada de Jorge clavada en mí. Me estremecían sus pupilas posadas en mi rostro, y me forzaba a que disparara cada palabra que soltaba.
Ahí estaba, frente a mí, de rodillas. Suplicándome con los ojos que acabara de una vez por todas con aquello. Pero, ¿cómo alguien puede acabar con la vida de la persona a la que ama?
Temblé de nuevo. No podía apuntar bien, no quería hacerlo. Todos me miraban esperanzadores, con la fe en mí, en que en cualquier momento mis dedos milagrosamente se controlaran y presionaran para disparar el arma.
Pensé en la primera vez que había visto a Jorge. Era abril, y esa feria estaba llena de gente. Chocamos, y de repente, dos desconocidos se encontraban uno frente a otro, mirándose fijamente. Él con una cámara de fotos en la mano, yo con algodón de azúcar. Cruzamos alguna palabra de disculpa y después, sonreímos. Sincronizadamente. Como si toda nuestra vida hubiera cobrado sentido de repente, como si el destino hubiera planificado todos y cada uno de nuestros movimientos aquel día para que acabáramos encontrándonos .Fue increíble la sensación de volar con solo una mirada. No teníamos alas, pero estábamos rozando el cielo.
No hicieron falta palabras, supimos lo que vendría después.

- Noelia, hazlo.
Jorge me miró directamente a los ojos,y yo bajé un poco el arma para poder contemplarlo.
Tenía la camisa rasgada y la sonrisa torcida. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz de los fluorescentes y a mí se me acababa de escapar una lágrima.
- No pue...
- Noelia.- dijo en tono tranquilizador. Me callé y me dispuse a escucharle.
Hizo un esfuerzo sobrehumano para articular aquellas palabras, porque se rascó el cuello nervioso y tragó saliva. Qué bien le conocía.
- Noelia- repitió- ¿Recuerdas el día que paseábamos por el retiro?
Asentí, nerviosa.
- Aquel día te conté lo de mis padres. ¿Recuerdas los que les pasó?
- Murieron.
- ¿Y sabes por qué?
- No, ¿por qué?- contesté y rompí a llorar.
- Porque ninguno de los dos tuvo el valor de acabar con el otro.
Le miré directamente a los ojos. ¿Sus padres también habían formado parte de la mafia? Parpadeé.
- Yo sé que tú sí tienes el coraje de hacerlo, Noelia, he visto cómo te han preparado y cómo has superado todos los obstáculos con creces. ¿Recuerdas cuando te dije que te pondrían muchos más obstáculos? Pues yo soy solo eso, un obstáculo que tienes que superar para salir de aquí con vida.
Sus ojos me atravesaron el alma y yo no bajé la mirada, no fui capaz. Quedé prendida de sus ojos.
¿Cómo iba a ser él un obstáculo? Después de todo lo que habíamos vivido juntos no podría resignarme a verle como un simple obstáculo en mi trayectoria. Él era el pilar que sujetaba mi vida.
- No eres un obstáculo- dije lentamente. Todas y cada una de esas palabras pesaban muchísimo. Y me daba miedo pronunciarlas.- Eres mucho más que eso, Jorge.
- No dudes nunca de que todo lo que vivimos fue real, no lo dudes nunca. Pero una vez me dijiste que todo es temporal, e incluso nosotros, los humanos, tenemos fechas de caducidad. Nosotros seremos eternos, Noelia. Pero no aquí, no ahora. Lo nuestro quedará guardado para siempre. Dispárame, no quiero ver cómo morimos, quiero que tú puedas vivir tu vida. Noelia, hazlo y saldremos ganando.
- ¿No entiendes que si tú te mueres para mí será mucho peor que morir también? ¿No eres capaz de verlo?
- Ningún amor es peor que la muerte- susurró Alaska, que me miró atravesándome con su mirada azul, de hielo.- Dispárale, o serás la próxima.

Me armé de valor y acaricié el arma. Le miré a los ojos antes de apuntar. En esos ojos me había refugiado tantas veces antes que se me hacía imposible mirarle sabiendo que estaba a punto de cargarme mi única vía de felicidad. No era duro el hecho de que él muriera, era duro el hecho de que yo seguiría en un mundo en el que él no existiera. Mis esperanzas se difuminaron, y con ellas, mis sentidos.Apreté el gatillo y lo último que observé antes de derrumbarme al suelo llorando fue su sonrisa. Tan brillante como siempre, tan resplandeciente como nunca. Jorge acababa de morir, y una parte de mí, había muerto con él. Miré mis manos, asesinas. Miré a mi al rededor, mafiosos sonrientes que habían logrado lo que querían.
¿A caso sí que había algo más poderoso que el amor? ¿A caso el dinero era lo único que movía los corazones de las personas?
Me miré a mi misma, reflejada en los cristales del coche azul que tenía a mi lado. Me miraba, pero no era yo la que se reflejaba.Frente a mí tenía a una completa desconocida, con mi misma tez, mi misma mirada, y mi misma muerte reflejada en los ojos.

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