Impotencia.

La precisión con la que mueve la mandíbula cuando dice algo que le duele. El mirar a cualquier sitio menos a mis ojos. El caminar con gesto cansado.
Parpadea cada cinco segundos, y mueve los hombros cuando asiente. Le miro, y sé cuánto dolor hay detrás de cada palabra. Porque sé lo que se siente cuando se está en ese lugar. Sorbe la nariz. Habla, y hace pausas algo largas.Pero después, se le amontonan las palabras y sigue con su argumento. Parece no acabar, pero me da igual. Podría escucharle durante horas sin cansarme.
Impotencia. Siento ganas de abrazarle, pero mi miedo a que ese abrazo no le sirva absolutamente para nada me frena. Sé que en sus ojos hay más preocupación que alegría, y eso me desgarra. No digo nada. Asiento, al igual que asientes en clase cuando captas algo a la primera y el profesor te mira.
Por un momento le miro y no pienso en nosotros. Ni en si me echará de menos. Sólo me importa lo que dice, lo que siente, aunque no tenga nada que ver conmigo. Meto las manos en los bolsillos. Hace frío, pero se me ha olvidado que hasta estaba lloviendo. Sonríe. Pero no es una sonrisa de felicidad, es una sonrisa que lanza al aire al explicármelo. No se lo digo, pero pienso en que lo mejor que se me ocurre es abrazarle. Y tampoco se lo digo, pero pienso en que las cosas se arreglarán. ¿Que cómo lo sé? Porque ella le aprecia más de lo que él piensa, aunque la mayoría de veces no se vea. Suspiro. Quiero decir tanto pero digo tan poco...Le dejo explicarse. Sus ojos brillan, es por la luz de las farolas. Otra sonrisa lanzada al aire.Mueve los hombros. Tampoco se lo digo, pero me he preocupado por él desde el día en que vi que estaba triste. Y no se lo digo, pero esta mañana le había pedido a mi amiga que lo abrazara. Porque yo era incapaz de acercarme y hacerlo. Trago saliva. Me mira, y esquiva, le contesto con algún monosílabo. Después alguna comparación absurda con mis historias. Se le apagan los ojos, sé que la echa de menos. Porque para él es uno de los pilares de su vida. Le sonrío. No me sale sonreír si le veo triste, así que automáticamente, bajo un poco la mirada. 

No se lo digo, pero hasta la cara de preocupación le queda bien.
Desvío esos pensamientos.
Me mira y finaliza su explicación. 

No sé qué decirle. No sé qué hacer. Y me siento impotente cuando no puedo sacarle una sonrisa. Me vence el miedo, guardo las manos en los bolsillos de nuevo, me encojo y me escondo detrás de mi abrigo. Miro la noche, como lejana, como apagada. Pero no triste. Triste ya no. Pero sí sincera.
No pienso en nada, pero cuando vuelvo a casa, y de repente suena Tiziano Ferro en el móvil, tengo que pasar la canción. No porque no me guste, no porque duela, sólo para no desencajar el recuerdo. Sólo porque no necesito nada. Sólo porque lo único que me daría consuelo sería verle feliz. Sólo porque deseo llegar a casa, escribir, y olvidarme un poco del mundo entero.
Sólo porque lo único que quería era ver esa cara de felicidad, esa ilusión en sus ojos, la misma que vi un doce de octubre, la misma que sentí cuando todo encajaba. Sólo quería ver esa mirada suya, la que me da tranquilidad, la que me dice que todo está bien. Esa mirada que tiene cuando consigue una pizca de felicidad. Porque eso era lo único que me importaba hoy, lo único. Lo que más pesa es que yo ya no puedo darle nada, aportarle nada. Y tendré que resignarme a mirar a lo lejos como un día vuelve a sonreír. Me resignaré a sonreír para mis adentros cuando esté orgullosa de él. Cuando marque un gol y a mi me pille en ese parque de casualidad, un viernes. Gritar un: 'bien hecho', por dentro. Apretarle la mano para darle fuerzas sin si quiera tocarle. Resignarme a observar como avanza su vida, tan lejos de mí, aunque esté cerca.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ni novios, ni amigos, ni colegas. Somos lo que el tiempo deja.

Si algún día te preguntan por mí.

Palabras que te mereces aunque no lo sepas.