Cuando oyes los latidos de su corazón.


Como respirar, era tan fácil sonreír contigo.







Los días pasan, ajenos a mí, ajenos a todo ésto. El aire sigue siendo el mismo, pero mi respiración ha cambiado el sentido. Ahora evito suspiros, y sonrío sin cesar. Quizá para ocultar que algo me preocupa, tal vez, porque a veces, me siento bien. Pero para qué me voy a mentir, me falta algo, ese algo, que hasta hace tres días tenía. Esa esperanza, ese saber que me esperaba con una sonrisa. Ahora me conformo con mirarle cuando no mira sólo por verle sonreír. Me gusta. Me gusta cuando frunce el ceño si le da el aire en la cara, y me gusta la cara de concentrado que pone cuando mira a alguien jugar. Me gusta que cuando golpee la pelota con el brazo, durante una milésima de segundo, parpadee y después abra los ojos enormemente. Me gusta que la sudadera le quede enorme, y llamarle gordo sólo por reírme un poco de la cara que pone. Me gusta como huele, y que mire nervioso hacia algún lugar cuando algo le incomoda. Me gusta diferenciar cuando se ríe por reír y cuando lo hace de verdad. Me gusta la tonalidad verde que esconde en el marrón de sus ojos. Y me gusta que me mire, aunque últimamente ya no lo haga.
Algunas noches, las más duras, las que más pesan, esas en las que no hemos hablado, esas en las que le echo de menos, esas en las que recuerdo, me tumbo en la cama, me pongo los cascos y suena la Diferencia entre tú y yo. Porque si cierro los ojos fuerte, muy fuerte, él aún está rodeándome con su brazo por el hombro, y yo con el móvil en la mano y el corazón en la garganta, miro embobada sus labios mientras canta la canción. Porque si cierro aún más fuerte los ojos, casi puedo sentir su olor, a mi lado, cerca de mí.
¿Alguna vez has tenido la sensación de que se te queda pequeño el mundo cuando compartes cama, sábana, y aire con una persona que te llena? ¿Cuando oyes directamente, con la oreja pegada a su pecho, los latidos de su corazón?  ¿Alguna vez has tenido ese olor tan cerca que casi forma parte de ti? Os juro que cerrar los ojos y pensar que aún está abrazándome es lo que más fuerzas me da cada mañana para levantarme y enfrentarme a ir al colegio y saber que va a ser un día más en el que las cosas estén así, tan...neutras. A veces me encantaría gritarle que le echo de menos, pero sigo siendo la chica tímida de la sonrisa torcida, el hoyuelo en la mejilla derecha y el alma vacía. Porque aún sigo siendo tan patética, que todavía escribo en las noches todo lo que pienso durante el día, y lo sigo poniendo aquí. Como si alguien leyera ésto y pudiera entender lo que siento, como si todavía él buscara mis palabras, como si todo fuera fácil.
Puedo mentirles a todos y decirles que ésto saldrá bien, que con el tiempo necesitaré menos este sentimiento y pasaré página. Puedo decirles a todos lo feliz que estoy a todo momento, pero hay a dos personas a las que jamás podré mentir en ésto. Una es a mí misma, y otra...otra es a él. A él nunca podría negarle un sentimiento si lo siento, ni una palabra si la necesita. Porque no tenéis ni puñetera idea de lo que se siente cuando sus ojos te miran, no lo sabéis. Porque podéis saber qué es querer a alguien...pero no sabéis qué es quererle a él. Si supierais lo que son sus besos, os pasaría como a mí, y no habría una noche en la que no revivierais esos momentos en vuestras cabezas una, y otra, y otra vez.

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