sábado, 26 de enero de 2013

*

Me mira. Le digo tanto en tan poco.
No quiero pensar, es más, no pienso. Le abrazo. Porque así lo siento, porque así le agradezco que se haya acordado de mí. Porque no encuentro las palabras exactas. Porque no sé cuánto he de callar, ni cuánto decir. Pero le miro. Me alegro de que esté ahí, no se lo digo, pero me encanta que esté sentado a mi lado, y sentirle tan cerca de mí en una fecha así. Porque le necesitaba ahí, porque quería que estuviera ahí. Sostengo el libro entre mis manos. No se lo digo, pero cada página hablará de él. Tampoco se lo digo, pero gestos como esos son los que me recuerdan cada día porqué me fijé en él. Callo tanto. Luna llena, le brillan los ojos.
Has hecho de esta tarde algo perfecto. 
Callo.
Miro su sonrisa. No he podido evitar mirarle durante la tarde. Concentrado jugando al póquer, riendo, con cara de preocupación, jugando. Le he echado de menos, o simplemente he querido estar ahí, a su lado. Porque sentirle cerca me hace sentir bien, aunque en su mente esté lejos de mí.
Quizá ya no estamos juntos, quizá ya no existe nada por su parte, pero ahí estaba. A centímetros. Tan cerca, que casi podía tocarle.
Y aunque no haya dicho nada, su regalo...su regalo ha sido uno de mis favoritos.
Y aunque no se lo haya dicho, los libros para mí tienen un significado mágico, y él...él le ha dado más sentido aún.
Quería que estuvieras aquí, hoy. 
Callo.
Sigues marcando la diferencia. 

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