Y el resto era secundario.

- Va, dime la verdad.
Marcos me miró atravesándome con los ojos. Esa chaqueta roja le quedaba demasiado bien. Sonrió, con esa sonrisa torcida que pone cuando quiere convencerme. Y poco después me cogió de las caderas. Me estremecí, pero conteniendo la respiración aún era capaz de mirarle a los ojos sin desmayarme.
- Te he dicho la verdad.
- No sabes mentir- sonreí inconscientemente. Tenía razón, mentir se me daba peor que las matemáticas. Que ya era decir- Dime qué me has comprado, que lo quiero saber.
Reí con ganas. Estaba impaciente. Quedaban dos semanas para su cumpleaños y yo ya le había comprado algo. No se lo iba a decir.
- Tendrías que torturarme...
- Te advierto que me sé todos tus puntos débiles.
- ¿Qué te hace pensar que eso será suficiente?
- Bueno, bueno- rió con ganas- me parece que es hora de atacar.
Me reí y corrí, pero obviamente él era el triple de rápido que yo, así que no tardó más de cinco segundos en atraparme. Me tumbó en el césped.
- ¿Me lo vas a decir, o qué?
- Estás perdiendo facultades eh...¿qué te hace pensar que por el hecho de que me hayas pillado y esté atrapada aquí te lo voy a decir?
- Porque ahora es cuando voy a empezar a torturarte.
Me puso el pelo detrás de las orejas y me besó el cuello.
- No te lo voy a decir- insistí. Pero él parecía que no iba a rendirse nunca. Me bajó uno de los tirantes del vestido blanco y me besó el hombro izquierdo.- Frío, frío- le dije. Alzó la mirada hacia mí y sonrió. Se puso ligeramente encima de mí, pero aguantándose con las manos en el suelo, para no hacerme daño con su peso. Me miró directamente a los ojos. A esa distancia podría ver la más mínima imperfección que guardara en ellos. Yo hice una fotografía mental al momento. Sus ojos, su respiración, sus labios. Por si un día tenía que recordarlo. Sonreí.
- ¿Nunca me lo vas a decir?
- Quedan catorce días. Dentro de catorce días lo sabrás.
 - Así no mola cumplir los diecinueve.
- Eh, que si te lo dijera, ya no tendría sentido hacerte un regalo. El regalo forma parte de la sorpresa.
-¿Qué sorpresa?
- Ahhhhhhhhhhhhhh, misterios.
Me miró fulminándome con los ojos y cogiéndome del hombro me acercó a él. Yo me apoyé en su hombro derecho. Su chaqueta olía tanto a él...
- Si piensas que por ser cariñoso te lo voy a decir vas mal, chavalín.
Rió y me miró.
- Si soy cariñoso es porque te quiero.
- ¿Que me quier...qué?
- No te hagas la tonta. Ya lo has oído.
- Pero me gusta cuando lo dices.
Reí y me sonrojé ligeramente. Él me acarició el hoyuelo derecho.
- ¿Y por qué te gusta?
- Porque suena de verdad.
- Es que es de verdad- intentó mirarme serio pero sonrió al ver que yo estaba a punto de ponerme a reír. - No te rías, Sandra- hizo el intento de hacerme cosquillas pero me aparté ligeramente.
- Tregua, sabes que no aguanto las cosquillas- mi sonrisa no se iría en años. Me sentía tan feliz.
- Hacemos un trato...si no te hago cosquillas tú me dices de qué sorpresa estás hablando o me dices el regalo que me has comprado.
- No, no, no, no. De eso nada. Soy una chica hecha a prueba de balas. Puedes hacerme cosquillas, no me rendiré. Pero tengo un mecanismo de defensa infalible...
- ¿Qué mecanismo?
- Los besos.
- ¿Qué pasa con ellos?
- Que si te beso te distraigo y así no puedes preguntarme por el regalo...
- Que lista- susurró con ironía a mi oreja- Pero me encanta la idea.
Me giré y alcancé a mirar sus ojos. Ambos estábamos sonriendo. No dudé ni un segundo. Le cogí suavemente por la nuca y lo atraje hacia mí. Podía sentir su respiración en mi nariz, su olor casi impregnado en mi piel. Busqué sus labios y los encontré. Y en un segundo ya estaba rozándolos.
No había miedo. No había temor. No había preocupaciones. Incluso se nos olvidó que ya eran las nueve y tendríamos que estar en casa. Sólo estábamos Marcos y yo, Marcos y yo. Y el resto...el resto era totalmente secundario.

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