No sé por qué escribo.

Admito que espero que vuelvas, no he querido nunca perderte. Admito que espero que rompas este pacto de silencio absoluto y me cuentes si ya te has topado con la felicidad. Admito que no dejé de echar de menos lo que eras, aunque haya sabido en cada momento que vivía anhelando algo que ya no existía.
Admito que esperaba tu regreso mucho antes, pensaba que yo había sido esa chica a la que querías dar siempre las buenas noches, la misma a la que mimar todos los días de nuestras vidas. Creía de veras que cuando me llamabas familia era de verdad. Creía que estaría contigo, con vosotros, para siempre.
Suena egoísta, pero eres de las pocas personas a las que he podido llamar amigo. Y te echo de menos.
Sin más. A ti.
Da igual si ya no soy tu otra mitad, da igual si ya no nos importa lo que tuvimos. A veces me gustaría saber si estarías ahí si algo grave me pasara. Si vendrías esta vez a salvarme. Si me recogerías. Has sido una de las personas más importantes de mis ya casi veinte años de vida. Y se me rompe el corazón si pienso que no estarás en mi celebración. Como el año pasado, ausente.
Quizá sea injusto, sé lo que sientes porque yo también lo he sentido. Y sí, ya no estoy enamorada de ti. Pero te querré siempre por todo lo que hemos sido. Te querré aun cuando tú ya no quieras saber nada de la chica que te rompió el corazón después de que tú se lo rompieras.
En dos horas anochecerá. Será otra fría noche de otoño en la que ya no estés. Antes solíamos refugiarnos del mundo, bajo una manta, jugando, viendo la tele o hablando de nada. Aún me cuesta entender por qué renunciaste a eso.
¿Te habías cansado de mí?
Supongo que quererme no había sido fácil ni suficiente, o quizá nunca estuvieras seguro de haberte enamorado de mí. ¿Estás enamorado de mí?
Aún me duele pensar en las dudas que siempre tenías. Lo único bueno de haberte marchado es que ya no tengo que lidiar con ellas. Lo malo es que soy incapaz de perder el miedo a vivir ahora.
Me gustaba que estuvieras siempre, que me apoyaras. Que me dejaras estar ahí cuando todo te salía mal, y que me creyeras cuando te decía que al final sobrevivirías, que podrías con todo. Aunque al final no pudieras. Aunque me dejaras en el camino.
Me imagino cómo serían las cosas si siguieras aquí. Qué pasaría cuando te marcharas a estudiar a Valencia. Cómo llevaríamos la distancia. Lo libres que nos sentiríamos yendo en coche a cualquier lugar, sin tener que molestar a nadie para viajar.
Me pregunto qué habría pasado si hubiéramos dejado de lado todo, si hubiéramos conseguido aquello que siempre quisimos y jamás logramos.
Qué habría pasado si no me hubieras dejado. Habrías estado aquí. Como estabas siempre. Tendríamos un álbum más de fotos. Tres cientos recuerdos nuevos. Un futuro aún más cerca. Mis ahorros del trabajo para irnos un fin de semana fuera. Venecia a sólo seis meses de distancia.
Me pregunto qué habría pasado si hubieras estado seguro de quererme.

Pero es inútil pensar en eso, cambiaste todas las cartas cuando hace casi un año optaste por un adiós.
Ni siquiera sé por qué escribo.

Quizá es el frío, que siempre llega con nostalgia y demasiada memoria.
Qué difícil olvidar el año y los ocho meses más felices de mi vida.

Fue demasiado grande, por eso no hemos salido enteros de algo así.
Bienvenido noviembre, que llegas para partirme el pecho otra vez.

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