Hoy ha habido un incendio en mi escalera. Y no te estoy hablando con metáforas. Literalmente, ha habido fuego. Como hace doce años atrás. Como aquello que te conté tantas veces.
No ha sido nada grave. No ha pasado nada, absolutamente. Todos estamos bien.
Pero por un momento he pensado en que estas son las cosas por las que te habría llamado. Para contarte que cuando he llegado a casa me he asustado. Para explicarte que por un momento he pensado que si hubiera pasado algo tú jamás lo habrías sabido. Que no te lo podría haber dicho.
Y que eso me ha hecho romperme.
Si cierro los ojos siento que me abrazas. Necesito abrazarte. Y a la vez necesito olvidarme de esto. Porque sé que por mucho que desee ver tu sonrisa ya jamás la tendré enfrente de mí.
Y cómo duele no verte, no saber de ti, absolutamente nada. Cómo duele estar sentada en el metro y recordar las veces que ahí mismo, quizá en ese mismo vagón, tus brazos rodearon mi cuerpo.
Y cómo duele ver en el reflejo que ya no hay nadie al lado para decirme: 'Eh, no llores más, mi niña. Que estoy aquí'.
Ojalá tú no estés sintiendo esto. Ojalá tú suspires y pienses que eres un poquito más fuerte que ayer, y que mañana serás un poco más fuerte que hoy. Sé fuerte. Porque quiero que sonrías de nuevo.
Aunque ya no pueda ver esos dientecitos perfectos derrochando felicidad.
Aunque ya no pueda verte.

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