Ojalá no tuvieras los ojos tristes.

El ángel se puso a llorar.
Y yo solo me quedé mirando.
Porque no sabía de qué manera se podían secar las lágrimas de un ángel.
Y me temblaba demasiado el pulso como para averiguarlo.
Así que esperé ahí sentada, sin que nadie apareciera, viendo al ángel fundirse  con sus penas. Y nadie decía nada, no había nada que decir. Pues solo aquel ángel de alas apagadas sabía cómo  volver a encenderlas.

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