No le hagas caso a mis palabras, solo habla el miedo.


No voy a mentirte. Puede que sienta un miedo atroz a que se cruce en tu camino de nuevo y vuelva a dejar huella. No es cuestión de desconfianza, es cuestión de firmeza. Y de yo misma mirarme, y de mirarla, y saber que no me parezco en nada, nada, nada. Ni a su sonrisa dispersa, distraída pero brillante. Ni a su pelo marrón, largo, que cae por los hombros y baila bajo sus orejas. Ni a su mirada marrón que se clava en pupilas dejando marcas en forma de recuerdos.
Tal vez le tenga miedo. A que sea más fuerte su aroma que el mío y te haga preso de memorias y recuerdos, de momentos que vivisteis o de estaciones que pisaste en busca de sus besos. Y no es que sea triste el pensar en ti amando otros ojos, pero sí fugaz esa melancolía que se clava en los míos si te imagino a lomos de un recuerdo que vuelva a aparecer en ti. Quizá mi inseguridad esté jugándome una mala pasada, quizá mis miedos hablen hoy por mí. Pero puedo tratar de mentirme. En cambio, esto es un papel, y al papel jamás le pude mentir. Y qué le voy a decir al papel, ¿qué lo único que siempre me ha dado miedo es sentirme en un invierno permanente donde no estés tú para dar cobijo a esos besos distraídos que pronuncian tu nombre desesperadamente?Eso lo sabe el más sordo, el más ciego y el más tonto de la ciudad. Porque se ve a kilómetros que sería capaz de interponerme entre una bala y tú. Pero grito por dentro cada vez que pienso que puede que elijas el carmín de unos labios que no sean los que hoy pronuncian en silencio estas palabras. Fue tan importante en tu vida que temo a que pise esta ciudad y que la huella que deje en el suelo sea más grande que la mía.
No es desconfianza.

Creo que sigue siendo miedo.
Pero no a ti.
Ni a mí.
Sino al pasado, que parece precipitarse desesperadamente hacia el presente. Y no sé cómo hacer para creer de una vez por todas que me escogiste a mí y que no vas a marcharte. 

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