viernes, 31 de mayo de 2013
jueves, 30 de mayo de 2013
Life.
El secreto de la vida estaba en mirar de cara al miedo, en trazar paseos imaginarios por el filo de su cuerpo; el secreto de la vida estaba en tirar a la basura lo malo y quedarse solo con lo bueno. En demostrarles a todos aquellos que te juzgaron que se equivocaban, y hacerles ver a todos esos que dijeron que nunca lo conseguirías que no llevaban razón. En tocar, desde la cima, a los más débiles, y no para hundirlos, sino para elevarlos. El secreto de la vida estaba en los pequeños instantes, en retroceder solo si era para coger carrerilla, en levantar tres veces tu peso, en luchar cuando el mundo estuviera en contra, y pelear cuando la vida te diera la espalda. En morder las ilusiones y dejar marca, en no dejar escapar a la persona que te robaba el aire, el tiempo y te hacía la más feliz del mundo. ¿La vida? Fácil no, pero tampoco difícil. Lo único que es seguro de la vida es que tiene un fin, que es efímera. Que no es cíclica, solo avanza. Y tú solo puedes verlo de dos maneras: Cada día es una nueva oportunidad de mejorar, o cada día es un día menos que queda para llegar hasta el fin. Es cierto, no existe la fórmula perfecta para que tu vida dé el resultado correcto; jamás estará todo perfecto. Pero sí es cierto que tienes la ventaja de poder elegir quién quieres que camine a tu lado. Muchos llegarán para irse, otros, se quedarán hasta que tu corazón deje de latir. Algunos te prometerán cosas que jamás llegarán a cumplir, otros no te harán promesas y te sorprenderán después cuando veas que jamás se han alejado. La vida no es sencilla, y a veces, puede llegar a ser tan dolorosa que solo sientas ganas de dormir y no pensar. Pero te diré algo: Solo vas a vivir una vez. Una. Has sido elegido entre un millón de opciones. Naciste tú, entre un millón. ¿Por qué, entonces, no vas a aprovechar lo que tienes?
Nadie dijo que no habrían obstáculos, nadie dijo que el camino no cansara.
Nadie dijo que no habrían obstáculos, nadie dijo que el camino no cansara.
Y es que cuando firmamos el contrato de la vida, no nos paramos a mirar la letra pequeña.
Quizá es porque no esté escrita.
miércoles, 29 de mayo de 2013
La luna había muerto con ella.
- Mucha gente le teme a la vida, John. Pero no he conocido a nadie jamás con el valor que en ti he hallado para enfrentarte. Cargas el peso sobre tus espaldas y caminas, sin curvar la espalda, sin bajar la mirada. Ahora eres tu propio líder. Tu propia esperanza. Eres leyenda.
Paseé mi mirada. Ciudad oscura, cambiada. Ya no era la ciudad en la que había crecido, ya no eran esos balcones adornados que surcaban el cielo y se elevaban casi al límite de las nubes. La ciudad había muerto. La ciudad se había dormido.
- Erny, tú no deberías de estar aquí.
- ¿Y tú sí?
- No me quedaba otra opción.
- Has dejado atrás todo cuanto tenías para llegar hasta aquí.
- Se llama supervivencia.
- Eres el puro reflejo de la soledad. Aquí tienes tu ciudad dormida. ¿Y ahora? Ahora eres una leyenda. Pero, ¿ y después?
- No puedes juzgarme.
Miré mis zapatos, rasgados. La tela de mis pantalones, empapada de sangre. Las manos, negras, sucias, llenas de heridas, cicatrices. En mi cuerpo veía el reflejo de lo que había sido mi vida. El caos más absoluto. El horror en la mirada de esas personas. Mi vida escrita en simples parpadeos, ya cansados de la lucha infinita.
Y la vi. Llegaba a lo lejos, cansada. Los hombros caídos, la mirada perdida. ¿Era ella?
Temí lo peor. Temí que hubiera dejado de ser ella. Temí tanto que pensé que escapar quizá era una opción.
Pero me quedé plantado en el suelo. Sin parpadear. Sin respirar.
Erny ahogó un grito y tiró de mi brazo.
- ¿Es una de ellos?
- No- susurré- No lo sé.- sacudí la cabeza.- ¡No lo sé!- grité, liberando mi ira, liberando mis miedos.
Y ella se acercó.
La camiseta blanca de tirantes estaba totalmente rasgada, tanto, que podía ver a la perfección la silueta de su sujetador, la forma de su ombligo. Su tez blanca ahora más pálida que nunca.
Los pantalones estaban rasgados, llenos de sangre ya seca. Y el pelo lo llevaba alborotado, tan rubio como siempre, más rizado que nunca.
Se acercó tan lentamente que el tiempo que pasó hasta que llegó a mi lado se hizo eterno.
- ¿Beth?
La miré a los ojos. Desorbitados. Brillaban como siempre, transmitían más que nunca. Dejaban en mí un grito ahogado. No pude articular palabra. La miré con una tristeza tan inmensa que sentí como mi corazón se partía a pedazos. No hacía ruido, era un silencio eterno, un silencio tan sordo que me dolía.
Algo de humanidad quedaba en ella. Dijo unas palabras con tanto miedo, tan flojas, tan mudas, tan temblorosas que a penas pude escucharla. Pero era lo último que me quedaba de Beth.
- No me mires. Vete.- silenció sus propias palabras, estaba desapareciendo- No quiero que me recuerdes así. La Beth de siempre acaba de morir. Te...
Un ruido silenció sus palabras. Cayó a mis pies. Erny apuntaba hacia ella con una pistola
- ¡¿Qué has hecho?!.
Me tiré al suelo. La sostuve entre mis brazos. Y al fin ese nudo en la garganta se deshizo, lentamente. Agonizando, acompañando mi dolor. Y lloré. Lloré y me sentí más débil pero a la vez más fuerte. Mis músculos se tensaron, curvé la espalda y me fundí con ella en un abrazo.
Sentía que la quería ahora más que nunca. A la vez sentía que lo que quedaba de Beth acababa de morir. Parpadeé y en un instante recordé la primera vez que la vi entrar en clase. Sus miradas distantes, casi frías, tímidas, al principio. Recordé la primera vez que me confesó sus miedos, incluso pude sentir el sonido de esas lágrimas caer, esas que no soporté jamás ver en ella. La recordé vestida, con aquel vestido, en la graduación. Con su gorro de lana, sentada en un banco de Amsterdam. La recordé desnuda enlazada en mi cuerpo. La recordé incluso enfadada. Recordé el sonido de su risa e incluso esa sensación de bienestar que me ofrecía cuando sonreía desde la otra punta del campo dándome fuerzas. Mis lágrimas cayeron sobre su cuerpo, ya sin vida. Estaba tan pálida...pero seguía siendo la de siempre.
Erny tiró de mí, para que me levantara. Pero sentía que todo aquello por lo que había estado luchando se perdía entre el tiempo, y se apagaba en el corazón de Beth. Sus latidos me encerraron para siempre.
Me levanté abatido y la miré por última vez.
- Esto va por ti, Beth. ¿Recuerdas? Pasara lo que pasara, había que seguir hasta el final.
Y le dije te quiero sin decirlo. Solo con la mirada. Solo con el pensamiento. Pero eso ya bastaba.
Erny me miró, me dio una palmada sobre la espalda. En sus ojos pude ver que por un segundo entendía mi dolor, pero se mostró tan distante como siempre.
Mis pasos resonaban con tanta fuerza que ahogaban los ruidos de la noche. La lluvia comenzó a caer. Miré las estrellas, apagadas, encerradas, escondidas tras las nubes.
Y solo pensé en ella.
Y en lo mucho que le gustaba la noche. Y en lo mucho que le gustaba la lluvia.
Y supe entonces porque esa noche no había luna. La luna había muerto con ella.
Paseé mi mirada. Ciudad oscura, cambiada. Ya no era la ciudad en la que había crecido, ya no eran esos balcones adornados que surcaban el cielo y se elevaban casi al límite de las nubes. La ciudad había muerto. La ciudad se había dormido.
- Erny, tú no deberías de estar aquí.
- ¿Y tú sí?
- No me quedaba otra opción.
- Has dejado atrás todo cuanto tenías para llegar hasta aquí.
- Se llama supervivencia.
- Eres el puro reflejo de la soledad. Aquí tienes tu ciudad dormida. ¿Y ahora? Ahora eres una leyenda. Pero, ¿ y después?
- No puedes juzgarme.
Miré mis zapatos, rasgados. La tela de mis pantalones, empapada de sangre. Las manos, negras, sucias, llenas de heridas, cicatrices. En mi cuerpo veía el reflejo de lo que había sido mi vida. El caos más absoluto. El horror en la mirada de esas personas. Mi vida escrita en simples parpadeos, ya cansados de la lucha infinita.
Y la vi. Llegaba a lo lejos, cansada. Los hombros caídos, la mirada perdida. ¿Era ella?
Temí lo peor. Temí que hubiera dejado de ser ella. Temí tanto que pensé que escapar quizá era una opción.
Pero me quedé plantado en el suelo. Sin parpadear. Sin respirar.
Erny ahogó un grito y tiró de mi brazo.
- ¿Es una de ellos?
- No- susurré- No lo sé.- sacudí la cabeza.- ¡No lo sé!- grité, liberando mi ira, liberando mis miedos.
Y ella se acercó.
La camiseta blanca de tirantes estaba totalmente rasgada, tanto, que podía ver a la perfección la silueta de su sujetador, la forma de su ombligo. Su tez blanca ahora más pálida que nunca.
Los pantalones estaban rasgados, llenos de sangre ya seca. Y el pelo lo llevaba alborotado, tan rubio como siempre, más rizado que nunca.
Se acercó tan lentamente que el tiempo que pasó hasta que llegó a mi lado se hizo eterno.
- ¿Beth?
La miré a los ojos. Desorbitados. Brillaban como siempre, transmitían más que nunca. Dejaban en mí un grito ahogado. No pude articular palabra. La miré con una tristeza tan inmensa que sentí como mi corazón se partía a pedazos. No hacía ruido, era un silencio eterno, un silencio tan sordo que me dolía.
Algo de humanidad quedaba en ella. Dijo unas palabras con tanto miedo, tan flojas, tan mudas, tan temblorosas que a penas pude escucharla. Pero era lo último que me quedaba de Beth.
- No me mires. Vete.- silenció sus propias palabras, estaba desapareciendo- No quiero que me recuerdes así. La Beth de siempre acaba de morir. Te...
Un ruido silenció sus palabras. Cayó a mis pies. Erny apuntaba hacia ella con una pistola
- ¡¿Qué has hecho?!.
Me tiré al suelo. La sostuve entre mis brazos. Y al fin ese nudo en la garganta se deshizo, lentamente. Agonizando, acompañando mi dolor. Y lloré. Lloré y me sentí más débil pero a la vez más fuerte. Mis músculos se tensaron, curvé la espalda y me fundí con ella en un abrazo.
Sentía que la quería ahora más que nunca. A la vez sentía que lo que quedaba de Beth acababa de morir. Parpadeé y en un instante recordé la primera vez que la vi entrar en clase. Sus miradas distantes, casi frías, tímidas, al principio. Recordé la primera vez que me confesó sus miedos, incluso pude sentir el sonido de esas lágrimas caer, esas que no soporté jamás ver en ella. La recordé vestida, con aquel vestido, en la graduación. Con su gorro de lana, sentada en un banco de Amsterdam. La recordé desnuda enlazada en mi cuerpo. La recordé incluso enfadada. Recordé el sonido de su risa e incluso esa sensación de bienestar que me ofrecía cuando sonreía desde la otra punta del campo dándome fuerzas. Mis lágrimas cayeron sobre su cuerpo, ya sin vida. Estaba tan pálida...pero seguía siendo la de siempre.
Erny tiró de mí, para que me levantara. Pero sentía que todo aquello por lo que había estado luchando se perdía entre el tiempo, y se apagaba en el corazón de Beth. Sus latidos me encerraron para siempre.
Me levanté abatido y la miré por última vez.
- Esto va por ti, Beth. ¿Recuerdas? Pasara lo que pasara, había que seguir hasta el final.
Y le dije te quiero sin decirlo. Solo con la mirada. Solo con el pensamiento. Pero eso ya bastaba.
Erny me miró, me dio una palmada sobre la espalda. En sus ojos pude ver que por un segundo entendía mi dolor, pero se mostró tan distante como siempre.
Mis pasos resonaban con tanta fuerza que ahogaban los ruidos de la noche. La lluvia comenzó a caer. Miré las estrellas, apagadas, encerradas, escondidas tras las nubes.
Y solo pensé en ella.
Y en lo mucho que le gustaba la noche. Y en lo mucho que le gustaba la lluvia.
Y supe entonces porque esa noche no había luna. La luna había muerto con ella.
martes, 28 de mayo de 2013
Apocalíptico.
Le miré con la misma intensidad que se mira algo que se sabe que volará lejos. Le tomé por la espalda y lo atraje a mí hasta casi dejarlo sin aire.
- Vamos a salir de ésta, te lo prometo.
Me tragué las lágrimas. Un nudo se posó en mi garganta y un dolor inmenso en la parte superior del estómago. Promesa de azúcar.
Me tragué las lágrimas. Un nudo se posó en mi garganta y un dolor inmenso en la parte superior del estómago. Promesa de azúcar.
- Tenemos tres minutos para llegar a la otra punta de la ciudad si queremos saltar la valla antes de que nos alcancen. Tú podrías llegar, corres tantísimo...
Me quedaré aquí. Yo no puedo. No quiero que me veas morir. Ve, corre.
Me miró. Nunca antes había visto ese brillo en sus ojos. Me estremecí de tal manera que empecé a temblar. Me temblaba el corazón y la fiebre había empezado a subirme.
- ¿Estás loca? No voy a dejarte aquí.
Me quité el collar que rodeaba mi cuello y lo puse en la palma de su mano.
- Prométeme que no me olvidarás.
- No, no, no, no, no- se agarró del pelo y bajó la cabeza. Miró al suelo, confuso, con rabia, increíblemente enfadado consigo mismo- ¡Tú no te vas a quedar aquí! Ponte ese collar y echa a correr. Yo los distraeré hasta que...
- Eh- le cogí de las manos, de la cara, lo atraje hasta mí.- Sh- tomé aire, respirando profundo, ahora no podía verme llorar, tenía que ser fuerte- Corre hasta la valla y vete. Mira, ¿recuerdas todas esas veces que pensaste en una situación así, un momento así? Aquí está tu sueño. El mundo es un caos, pero tú eres el único que puede salvarse. Yo no formo parte del plan, mi vida. Yo no sé seguir esos pasos, no estoy en los esquemas. Tú aún puedes hacer historia.
- Cuando dije que quería compartir los momentos malos contigo también quería decir que los buenos serían parte de ambos. No voy a salir de esta isla sin vida si no estás tú.
- Prefiero morir a que muramos los dos. Sálvate.
- Ya nadie podrá salvarme, Kasya. Tú ya me salvaste. Ahora esto será una pura copia barata de la supervivencia. Lo que tú llamas vida dejará de existir en el momento en que te deje aquí.
- Te quiero- susurré. Y un beso fugaz detuvo el tiempo. Un beso fugaz acabó con mi vida.
Sus pasos se alejaron tan rápidos que a dos simples parpadeos lo había perdido de vista.
Luché contra mi misma para no salir tras de él, corriendo, suplicándole que me salvara.
Luché contra mi misma para no salir tras de él, corriendo, suplicándole que me salvara.
Nadie podría hacerlo ya. Me tumbé en el suelo, en medio de la calle, mirando las estrellas.
La última persona a la que había visto, tocado, hablado y besado era la única persona que salvaría.
La última persona a la que había visto, tocado, hablado y besado era la única persona que salvaría.
- Ahora eres una leyenda- susurré mirando las estrellas- Yo ya te lo había dicho, amor. Tú eras el héroe.
Suspiré al cielo, y las estrellas me miraron compasivas. Cerré los ojos. Ya oía todos esos pasos, todas esas bestias, acercándose al lugar donde me había quedado. Respiré tranquila, le habría dado tiempo a salvarse.
Esperé, como quien espera que llegue el verano, a que la tortura me invadiera.
Apreté los puños y recordé su sonrisa por última vez, antes de perder la conciencia.
Algo me había mordido. La vida humana consumiéndose, algo peor acercándose a mí.
El principio del fin.
Esperé, como quien espera que llegue el verano, a que la tortura me invadiera.
Apreté los puños y recordé su sonrisa por última vez, antes de perder la conciencia.
Algo me había mordido. La vida humana consumiéndose, algo peor acercándose a mí.
El principio del fin.
lunes, 27 de mayo de 2013
Ojos de ángel.
El frío se me agarró a las costillas y luché por apartarlo. La luna era tan grande que me pareció estar metido en ella. Las calles estaban vacías y me miraban silenciosas esperando de mí algo, como todos.
Caminé. Las converse parecían crujir contra el suelo. Pisé más fuerte. Más. Hasta que los pies comenzaron a dolerme.
Y ahora qué, pensé.
Hice un intento de ser valiente, pero para qué tanto esfuerzo, yo siempre había sido débil, así que me limité a llorar. Mi madre decía que llorar era de personas fuertes, pero yo jamás la creí. Y mi padre creía que si un chico lloraba era porque no era chico del todo. Me reí de la absurdez de pensar que un chico no era capaz de llorar. ¿A caso yo no lo estaba haciendo? Cubrí mis ojos con las manos. Sé fuerte.
Pero ya no podía serlo. Había presenciado la desaparición de mi hermano, las borracheras de mi padre, los silencios eternos de la familia que parecían ocultarme secretos inmensos que jamás sería capaz de descubrir...Y había visto cómo una ambulancia se llevaba hacia el hospital a la única persona que había tenido realmente.
Pero ya no podía serlo. Había presenciado la desaparición de mi hermano, las borracheras de mi padre, los silencios eternos de la familia que parecían ocultarme secretos inmensos que jamás sería capaz de descubrir...Y había visto cómo una ambulancia se llevaba hacia el hospital a la única persona que había tenido realmente.
Cuando entré a la sala estaba vacía, totalmente, pero ella estaba tumbada con los ojos cerrados y una sonrisa enorme. Le susurré algo parecido a un Hola y no pude evitar que alguna lágrima cayera. Se habría reído de mí al haber estado despierta. Pero no lo estaba. No. Ya no. Y ese era el problema. Tragué saliva y la miré. Quise besarla, quise acariciarla como había hecho tantísimas veces antes. Incluso quise decirle todo aquello que ahora parecía tropezar en mis labios y querer salir pitando. Era como si tuviera aún cosas que contarle, cuando creí que ella ya lo sabía todo. Tal vez no, tal vez me faltó algún Te quiero más, algún Nunca había sentido algo así, tal vez me faltaban mil bromas que hacerle; y así ver esa sonrisa que había conseguido sacarme del pozo más hondo en los días más negros.
Cuando salí de allí supe que ya no volvería a ser el mismo.
Supe que si ella se recuperaba, yo podía aún salvarme. Sabía que si ella no lo hacía, mi vida giraría en sentido contrario.
Necesitaba a la chica de ojos tristes que se sentaba en segunda fila, mordía el bolígrafo y cargaba su mochila con tres cientos libros al día. Necesitaba esa risa contagiosa tras cada broma, esa torpez absurda que jamás me importó aunque a ella le avergonzara.
Necesitaba de unos labios que habían dejado de moverse, al son del aire, articulando palabras de amor.
El viento golpeó mi ilusión y con ella, mi cara. Me senté donde tantas veces antes había estado sentado con ella y por un momento la sentí.
No lloré, al menos no por fuera. Pero juro que dentro de mí había empezado a llover. Ahora ya no vendría ella con su paraguas enorme y me diría ' Aquí hay un hueco para ti'. Ahora la única opción que tenía era mojarme. Sin nadie que después secara mi ropa al llegar a casa, sin nadie que se preocupara por un dolor de cabeza o un constipado.
No lloré, al menos no por fuera. Pero juro que dentro de mí había empezado a llover. Ahora ya no vendría ella con su paraguas enorme y me diría ' Aquí hay un hueco para ti'. Ahora la única opción que tenía era mojarme. Sin nadie que después secara mi ropa al llegar a casa, sin nadie que se preocupara por un dolor de cabeza o un constipado.
Sin nadie que me dijese: 'Si te hunden, te haré flotar, pero antes les hundiré a ellos también'.
Abracé mis propias piernas en un intento absurdo de sentir algo más que tristeza. O tal vez para arroparme. El caso es que la imaginé entre la multitud, cabello dorado y ojos soñadores, acercándose a mí atropelladamente. Parpadeé y ella ya no estaba.
Sonrisa de niña, rasgada.
Ojos de ángel, perdidos.
Y mi corazón latiendo cada vez más lento ahora.
Sueños difuminados que se desvanecían.
domingo, 26 de mayo de 2013
Un dos y un séis.
Sé que te he encontrado.
No importa cuándo, dónde o por qué.Lo único que sé es que hoy hace dos meses de esa nueva oportunidad. De ese camino que se trazó, de esa línea continua que se alargará y será infinita.
No importa si el camino se hace duro o pesado.
Lo importante es que caminaré a tu lado.
¿Sabes? Me has salvado. En todos los sentidos en los que puedes salvar a una persona.
Ahora me levanto cada día sabiendo que en un beso se apagará todo lo malo.
Y si esto es un sueño no me importaría no despertarme.
No quiero despertarme.
Solo querría hacerlo si me aseguras que estarás a mi lado cuando abra los ojos.
Puedes fundirte en mí.
Que tu abrazo sea el único abrigo.
No me importa el lugar, ni el tiempo que pase si estoy contigo.
Y eres eso que siempre he querido que me pasara.
Todo lo que he querido que sucediera.
Y ahí estás, mírate.
Mírame.
Míranos.
Ahí estamos.
Y te juro que somos infinitos.
Te quiero, de la manera más precisa, más loca y más fuerte en la que se puede querer a alguien.
sábado, 25 de mayo de 2013
Salvar(nos).
- ¿Tú nunca has tenido miedo? ¿No el suficiente como para querer lanzarte al vacío?
Yel pasó sus piernas por la baranda y se quedó mirando el cielo. Parecía infinito.
- He sentido un miedo enorme muchas veces, un miedo oscuro- Ruan se acarició el pelo, pensativo y se acercó un poco más a ella- y nunca he hecho tonterías como la que estás a punto de hacer ahora. Pero sí he sentido cómo caía por un precipicio. Duele más aquello que crees que te sucede que aquello que te está sucediendo realmente. No hagas tonterías.
El silencio se apoderó de ambos. Casi no quedaban luces encendidas en la ciudad. Yel lanzó sus tacones e hicieron un ruido extremadamente fuerte cuando impactaron contra el suelo, bajo el puente.
- No puedes hacerlo- dijo con sinceridad, él.- Ojalá no tengas el valor de hacerlo.
Yel tragó saliva. No quería girarse, sabía que si lo hacía él la convencería para que volviera al suelo. Sabía que su mirada le daría ilusiones por las que borrar de su cabeza esos pensamientos suicidas que jamás le llevarían a nada.
- Siento que si me quedo un minuto más aquí acabaré destrozando la vida de todos los que me rodean.
- Tú no tienes la culpa de lo que le pasó a tu padre, Yel. Deja de culparte por todo, deja de creer que eres un jodido error. Entre un millón de posibilidades, algo, alguien, quiso que nacieras tú. ¿No lo entiendes? No tires por la borda todo lo que has conseguido durante estos años.
- ¿Y qué he conseguido?
- Muchas más cosas de las que crees.
- Veo mi futuro negro, Ruan, tengo miedo, mucho miedo.
Él suspiró y se acercó a ella. Puso sus manos sobre las de ella, sujetando con más fuerza aún la baranda. Ambos sintieron cómo sus corazones se aceleraban mínimamente y un escalofrío invadió sus espaldas. Ambos lo sintieron.
- Todos vemos un túnel negro, infinito, y creemos que no acabará. Pero siempre hay un final, siempre se llega a algún lugar. Yo también tengo miedo, pero eso no hará que me rinda. No puedo permitir que eso sucediera.
- ¿Por qué te empeñas en salvarme? ¿Servicios humanitarios?
- Servicios del corazón. Hay algo que me obliga a querer salvarte, y no soy yo.
- ¿No eres tú?
- No sé qué hago aquí. He tenido un presentimiento, sabía que tenía que venir. Y te he encontrado. Llevo días viéndote, Yel, observándote. No sé qué es pero hay algo que me dice que no debo dejarte sola. Y, ¿sabes qué es lo más raro? Que desde que siento que debo protegerte, hasta yo mismo deseo hacerlo. Es como si algo hubiera hecho que te quisiera y yo ahora fuera feliz haciéndolo.
Yel sonrió y se giró un poco, para mirarle.
- ¿ No me estarás diciendo eso para que no salte, no? Me estarías salvando la vida para después destrozármela.
- Te estoy diciendo ésto porque siento que es ahora cuando debo decírtelo. No voy a destrozarte, Yel, estoy aquí para salvarte.
Yel pasó sus piernas por la baranda y se quedó mirando el cielo. Parecía infinito.
- He sentido un miedo enorme muchas veces, un miedo oscuro- Ruan se acarició el pelo, pensativo y se acercó un poco más a ella- y nunca he hecho tonterías como la que estás a punto de hacer ahora. Pero sí he sentido cómo caía por un precipicio. Duele más aquello que crees que te sucede que aquello que te está sucediendo realmente. No hagas tonterías.
El silencio se apoderó de ambos. Casi no quedaban luces encendidas en la ciudad. Yel lanzó sus tacones e hicieron un ruido extremadamente fuerte cuando impactaron contra el suelo, bajo el puente.
- No puedes hacerlo- dijo con sinceridad, él.- Ojalá no tengas el valor de hacerlo.
Yel tragó saliva. No quería girarse, sabía que si lo hacía él la convencería para que volviera al suelo. Sabía que su mirada le daría ilusiones por las que borrar de su cabeza esos pensamientos suicidas que jamás le llevarían a nada.
- Siento que si me quedo un minuto más aquí acabaré destrozando la vida de todos los que me rodean.
- Tú no tienes la culpa de lo que le pasó a tu padre, Yel. Deja de culparte por todo, deja de creer que eres un jodido error. Entre un millón de posibilidades, algo, alguien, quiso que nacieras tú. ¿No lo entiendes? No tires por la borda todo lo que has conseguido durante estos años.
- ¿Y qué he conseguido?
- Muchas más cosas de las que crees.
- Veo mi futuro negro, Ruan, tengo miedo, mucho miedo.
Él suspiró y se acercó a ella. Puso sus manos sobre las de ella, sujetando con más fuerza aún la baranda. Ambos sintieron cómo sus corazones se aceleraban mínimamente y un escalofrío invadió sus espaldas. Ambos lo sintieron.
- Todos vemos un túnel negro, infinito, y creemos que no acabará. Pero siempre hay un final, siempre se llega a algún lugar. Yo también tengo miedo, pero eso no hará que me rinda. No puedo permitir que eso sucediera.
- ¿Por qué te empeñas en salvarme? ¿Servicios humanitarios?
- Servicios del corazón. Hay algo que me obliga a querer salvarte, y no soy yo.
- ¿No eres tú?
- No sé qué hago aquí. He tenido un presentimiento, sabía que tenía que venir. Y te he encontrado. Llevo días viéndote, Yel, observándote. No sé qué es pero hay algo que me dice que no debo dejarte sola. Y, ¿sabes qué es lo más raro? Que desde que siento que debo protegerte, hasta yo mismo deseo hacerlo. Es como si algo hubiera hecho que te quisiera y yo ahora fuera feliz haciéndolo.
Yel sonrió y se giró un poco, para mirarle.
- ¿ No me estarás diciendo eso para que no salte, no? Me estarías salvando la vida para después destrozármela.
- Te estoy diciendo ésto porque siento que es ahora cuando debo decírtelo. No voy a destrozarte, Yel, estoy aquí para salvarte.
jueves, 23 de mayo de 2013
Mi mundo empezaba a temblar.
Caí en la cuenta de que estaba temblando. Puso sus manos bajo mi suéter, y rozó mi espalda. Me invadió un escalofrío. Nuestras miradas chocaron con tanta fuerza que se escuchaba a lo lejos el ruido que habían hecho al impactar. Mi sonrisa había quedado congelada en el tiempo y él acariciaba mis mejillas con suavidad. No hacía aire. Ni una pizca. El momento me había robado hasta la última bocanada de aire. No respiraba. Solo quedé prendida de esos ojos.
Me rozó la espalda, ahora desnuda, hasta llegar a mis caderas, y acercó mi cuerpo al suyo. Eso se parecía mucho al cielo, y sino, poco faltaba para pisarlo.
Besé con torpeza su pecho, mis labios temblaban. Me tomó por la barbilla y me obligó a mirarle:
- Confía en mí.
Tropecé en sus palabras pero me hice suya. Mi mente dejó de maquinar, planificar, regular, calcular. No existía el instante perfecto, solo el instante. Él era el único capaz de calcular ahora los pasos. Dejé que el tiempo guiara nuestros cuerpos, quizá no era cosa de la mente, sino de eso que llaman corazón y que latía desenfrenado.
Para mí esos tic-tac frenaron. El silencio se hizo eterno, los nervios, efímeros.
Porque ahora solo estábamos él y yo.
Y el miedo al desabrochar los primeros botones de su camisa se esfumaron con los terceros besos, las cuartas caricias, las quintas palabras, los sextos mordiscos, las séptimas miradas.
¿En qué momento decidí que su sonrisa sería la octava maravilla del mundo?
Quedé presa de sus pasos. De su forma de mordisquear mis sueños y con ellos, mi cuello.
Dejó huellas imborrables, intachables, en mi piel.
Ahora ya no podría desprenderme de él.
Borré con besos las huellas dactilares, los pasos dados, los poros de su piel.
Íbamos a desgastarnos por momentos.
Incluso nos borramos del mapa.
Y perdimos la cuenta de apuestas perdidas, sueños cumplidos, promesas trazadas en un papel.
El mundo pareció callarse de repente.
Y mis sábanas perdían la cabeza por aferrarse a su piel. Suerte la mía la de rozar sus prisas, la de rozar sus caricias, la de rozar su sueño, sus labios, sus miedos.
Suerte la mía la de perderme en él.
Me rozó la espalda, ahora desnuda, hasta llegar a mis caderas, y acercó mi cuerpo al suyo. Eso se parecía mucho al cielo, y sino, poco faltaba para pisarlo.
Besé con torpeza su pecho, mis labios temblaban. Me tomó por la barbilla y me obligó a mirarle:
- Confía en mí.
Tropecé en sus palabras pero me hice suya. Mi mente dejó de maquinar, planificar, regular, calcular. No existía el instante perfecto, solo el instante. Él era el único capaz de calcular ahora los pasos. Dejé que el tiempo guiara nuestros cuerpos, quizá no era cosa de la mente, sino de eso que llaman corazón y que latía desenfrenado.
Para mí esos tic-tac frenaron. El silencio se hizo eterno, los nervios, efímeros.
Porque ahora solo estábamos él y yo.
Y el miedo al desabrochar los primeros botones de su camisa se esfumaron con los terceros besos, las cuartas caricias, las quintas palabras, los sextos mordiscos, las séptimas miradas.
¿En qué momento decidí que su sonrisa sería la octava maravilla del mundo?
Quedé presa de sus pasos. De su forma de mordisquear mis sueños y con ellos, mi cuello.
Dejó huellas imborrables, intachables, en mi piel.
Ahora ya no podría desprenderme de él.
Borré con besos las huellas dactilares, los pasos dados, los poros de su piel.
Íbamos a desgastarnos por momentos.
Incluso nos borramos del mapa.
Y perdimos la cuenta de apuestas perdidas, sueños cumplidos, promesas trazadas en un papel.
El mundo pareció callarse de repente.
Y mis sábanas perdían la cabeza por aferrarse a su piel. Suerte la mía la de rozar sus prisas, la de rozar sus caricias, la de rozar su sueño, sus labios, sus miedos.
Suerte la mía la de perderme en él.
miércoles, 22 de mayo de 2013
Te vas, ángel.
Vuelas alto, ángel.
Y te miro marcharte, conteniendo las lágrimas.
Tenías nombre propio y creías que nadie te estaba mirando.
Yo te veía, ángel.
Y te miro marcharte, conteniendo las lágrimas.
Tenías nombre propio y creías que nadie te estaba mirando.
Yo te veía, ángel.
A veces te tocaba, como alzando las manos y rozaba tus sueños.
Y tú a veces me mirabas, ángel.
Para después irte.
Te has llevado sueños, días, luces.
Te lo has llevado todo, ángel.
Y aunque te empeñes en negarlo
sé dónde estoy, dónde estás,
qué es de nosotras y qué será.
Y tú a veces me mirabas, ángel.
Para después irte.
Te has llevado sueños, días, luces.
Te lo has llevado todo, ángel.
Y aunque te empeñes en negarlo
sé dónde estoy, dónde estás,
qué es de nosotras y qué será.
Te lo daba todo sin que nada importase.
¿Mentiras? Contigo jamás.
Pero me rasgaste las alas,
y no me dejaste volar.
Ángel, siempre te vas.
Y me siento en la noche, y me siento en el día
y me siento en la soledad.
Y es que tú no estás, ángel.
Porque vuelas alto y te esfumas.
y no me dejaste volar.
Ángel, siempre te vas.
Y me siento en la noche, y me siento en el día
y me siento en la soledad.
Y es que tú no estás, ángel.
Porque vuelas alto y te esfumas.
Déjame herida, el tiempo sanará mis días.
Adiós, ángel.
Adiós hasta que vuelvas.
Hasta que el tiempo te traiga.
Hasta que baje la marea.
Hasta que la lluvia pare.
Hasta que de nuevo amanezca.
Pero no te pierdas, ángel.
Y vuelve si un día frío me echas de menos.
Estaré donde siempre, ángel.
Donde los sueños son infinitos,
donde no se sienten las penas.
Adiós hasta que vuelvas.
Hasta que el tiempo te traiga.
Hasta que baje la marea.
Hasta que la lluvia pare.
Hasta que de nuevo amanezca.
Pero no te pierdas, ángel.
Y vuelve si un día frío me echas de menos.
Estaré donde siempre, ángel.
Donde los sueños son infinitos,
donde no se sienten las penas.
lunes, 20 de mayo de 2013
Evol.
Por eso hoy en día pocas personas quieren a alguien de verdad, porque no tienen ni idea de lo que se supone querer. Y , ¿sabes? No saben lo que se pierden.
domingo, 19 de mayo de 2013
Tu invierno favorito.
Estás preciosa hasta cuando pareces triste.
Aunque me partas el alma con cada lágrima que derrames. Derribas todos esos muros que me separan del mundo. Me llamas en silencio. Te asomas a la ventana, y miras, impaciente, como quien busca algo, pero agachas la mirada decepcionada, sin encontrar aquello que ansías ver.
Son mis ojos hacia donde quieres mirar, y que lástima que yo ya no pueda tocarte, ni avisarte de que estoy ahí, de que estoy viéndote. Te secas las lágrimas con las mangas de ese jersey verde que siempre te ponías para estar por casa; a ti siempre te habían encantado los jerseys.
Y esconder tus manos bajo las mangas.
Derramas melancolía y yo te beso sin que tú me beses. Te pareces al otoño, húmedo a veces, seco a ratos. Y sin embargo, es invierno lo que hoy veo en tus ojos.
¿No te había dicho yo que llorar nunca merecería la pena? Y menos por mí.
Siempre habías creído que no estabas hecha a medida de cuentos, ni de finales felices.
Princesa, a ti los finales no te pegan. Es por eso que no quiero que acabes, que acabe, que marches. El único que se fue fui yo, pero tu vida sigue ahí, para que la cojas, las estrujes y la retuerzas, la disfrutes, y solo la llores si es de ilusión, felicidad.
A ti nunca te gustó el verano, es por eso que odias ese calor que se te engancha en el cuerpo. Sientes que te ahogas, que te asfixias, que te pierdes.
Encuéntrate. Siempre has sabido dónde hacerlo.
Pero nunca más te puedes perder, ya no, pequeña.
Aunque el cielo amenace con llevarse tus fuerzas. El mundo te está esperando ahí fuera. Tienes que ser todo lo valiente que yo no fui, esperar todo lo que no esperé, llegar donde no llegué.
Y lucha por sacarme de ahí, no merezco un hueco en tu corazón, ya no puedo abrazarte. Ya no puedo estar contigo, al menos no de una forma humana. No sigas luchando por mí, empieza a hacerlo por ti. Siempre te gustó ir a contracorriente. Hazlo. Y cumple tus sueños. Yo no pude vivir esa vida que planeábamos, algo que llaman muerte se interpuso entre ambos; ahora te toca vivirla a ti, vívela con la misma intensidad con la que lo harías si yo estuviera ahí.
Te quiero.
Tu invierno favorito,
Werny.
sábado, 18 de mayo de 2013
No podía ser otra persona.
Sabía que algo había cambiado. Nunca antes había sentido algo así con tanta fuerza. Me armé de coraje y miré al cielo. Iba a gritar que la quería. De hecho, parte de mí, ya había comenzado a chillar con fuerza. Nueva York quedó a nuestros pies y nosotros empezábamos a alzarnos.
¿Alguna vez has sentido que estás donde durante toda tu vida habías querido estar?Y con la persona con la que querrías estar.
Supe que algo se había activado. Algunos lo llamaban destino, yo a ella, prefería llamarla suerte.
La suerte de que algo, alguien, hiciera que se cruzara en el camino.Sujeté con más fuerza que nunca su mano. Sentía que estaba a salvo, ella me había salvado, en todos los sentidos en los que puedes salvar a alguien.
No importaba el frío. Las calles nevadas habían sido el toque final que había que darle a la escena. Me pellizqué, sin que ella lo viera, los brazos. Quería asegurarme que era cierto.
La abracé y olí su pelo. Sí, estaba justamente donde quería estar.
-Nueva York se está quedando pequeña...- susurró ella antes de girarse a mirarme.
Yo me perdí en el brillo que desprendían sus ojos. Estábamos demasiado cerca de la felicidad.
-No, cariño. Nueva York sigue siendo igual, nosotros somos los que estamos haciéndonos grandes.
Y entre dos mil, tres mil, cuatro mil personas, nosotros, nos hicimos gigantes.
Se detuvieron los relojes, ya no estaban interesados en marcar la hora, y las estrellas empezaron a apagarse. Ya no hacía falta más luz, estaba su sonrisa. Cerramos los ojos, a la vez, casi sincronizados, y ahí supimos que estábamos cumpliendo el sueño del que tantas veces antes habíamos hablado. Si alguna vez he estado seguro en toda mi vida de que era ella, en ese preciso momento, lo supe. No podía ser otra persona que no fuera ella.
viernes, 17 de mayo de 2013
No era la primera vez que el frío me abrazaba. Ya había tenido esa sensación antes. Mi alma pedía a gritos un respiro y yo no sabía dárselo. Me ahogaban las palabras que tragaba, me ahogaba lo que silenciaba. Miré hacia el cielo como si en las estrellas pudiera estar escrita la respuesta. Pero, ¿cuál era el secreto de la vida? Me escondí tras mi abrigo, tapando mi cuello, mi boca y alargué las mangas para cubrir mis manos. A veces me sentía protegida si me refugiaba en mí misma.
Me sentía sola. Eché de menos que alguien se quedara a esperarme. Eché de menos que alguien hiciera algo por mí, por mi felicidad. Abracé más fuerte mis rodillas, presionándolas contra mí.
Y deseé que eso frenara algo el frío, pero no lo hizo.
Me sentía sola. Eché de menos que alguien se quedara a esperarme. Eché de menos que alguien hiciera algo por mí, por mi felicidad. Abracé más fuerte mis rodillas, presionándolas contra mí.
Y deseé que eso frenara algo el frío, pero no lo hizo.
No sabía por qué, pero cada vez que alguien empezaba a quererme, se alejaba de mi vida.
Desde entonces me daba miedo vivir. Temía que cada persona a la que necesitara se acabara marchando. Entonces construí mi muro de cristal, ese que nadie se atrevía a escalar, por si resbalaban, ni a romper, por si se cortaban con los pedazos de cristal.
Desde entonces me daba miedo vivir. Temía que cada persona a la que necesitara se acabara marchando. Entonces construí mi muro de cristal, ese que nadie se atrevía a escalar, por si resbalaban, ni a romper, por si se cortaban con los pedazos de cristal.
Me habría gustado que alguien, de una patada, hubiera echado el muro abajo.
Sentí unos pasos detrás, y no me giré por miedo. Hasta que identifiqué el olor. ¿Qué hacía allí?
- ¿Otra vez aquí?
Asentí sin fuerzas, no tenía ganas de hablar. Ni si quiera con él.
- ¿Tienes miedo?
Volví a repetir ese gesto, ahora conteniendo mis lágrimas.
- Que todos se fueran no significa que yo también lo vaya a hacer.
Derramé las primeras lágrimas, que humedecieron mi vestido. Él se sentó a mi lado y me obligó a mirarle.
- Eres diferente a todas ellas, a todas. No estaría dispuesto a ver cómo alguien como tú se marchase. No voy a verte alejarte, ni voy a hacerlo yo de ti. Tienes que aprender a volver a confiar en las personas.
- Te irás, como se han ido todos, todas. Abandonándome .
- Si tus padres te abandonaron de pequeña lo hicieron por algún motivo; a veces las personas no pueden ser consecuentes con sus decisiones. Eso no significa que todos a los que quieras se alejen de ti. Eso no funciona así.
- Soy yo la causante de todo ésto, ¿sabes?. Todos merecerían algo mejor.
- Es que yo no quiero nada mejor, ¿no me entiendes? Me gusta que no puedas estar más de cinco minutos sin decir una estupidez, porque me haces sonreír. Y que te empeñes en hablar con la boca llena, y que sacudas los hombros cuando no sabes qué hacer o qué decir. Me gusta que parpadees mucho cuando te pones nerviosa y que camines de la forma más peculiar que he visto nunca. Me gusta que escribas, que lo hagas constantemente. Y que la playa sea tu aliada cuando quieres estar sola y pensar. Mira, vendrán cien mil que se creerán mejores que tú, pero créeme, que yo no escogería a ninguna de ellas.
- Si atraviesas el muro puedes caer. O puedes cortarte con los cristales.
- ¿Quién ha dicho que la vida fuera fácil? Tú estarás ahí para curarme las heridas. De eso estoy seguro.
- ¿Por qué confías tanto en mí?
- Porque eres la única que me dio la mano cuando los demás me dieron la espalda. Y porque supongo que cuando quieres a alguien, confías en ella.
El mar quedó mudo y de repente parecía haber más estrellas en el cielo. El frío seguía ahí, pero yo ya no me rompía. Quizá las olas habían silenciado el miedo. Quizá me estaba volviendo más vulnerable, o tal vez, quién sabe, más valiente. Le miré a los ojos y parecía sincero. Mi sonrisa fue la respuesta. Y en ese momento, algo empezó. Algo se activó, algo cambió.
Y por primera vez en mucho tiempo sentía que no estaba sola, no, ya no podía estarlo.
jueves, 16 de mayo de 2013
Quizá es que mi fuerza hayas empezado a ser tú.
Adoro la manera en la que parece que el resto del mundo te dé igual. La forma en la que encoges los hombros como sacudiendo todas esas ilusiones que te rodean. Parece fácil cuando sonríes. Y dejas poco que desear, lo das todo con mirar. Crees que eres mediocre, que no destacarías, pero créeme, podría distinguir tu manera de caminar entre mil más. Y es que des del principio sé que tú eres diferente. Nos conocimos hace tanto que a penas recuerdo qué pensé la primera vez que te vi. Pero ese no era nuestro momento. Lo bueno se hace esperar, y tras cuatro años aún no puedo creerlo cuando te veo tumbado en mi cama, acariciando mis brazos, acercándote a mi vida. Tu respiración me habría dado el oxígeno que necesitaba en cualquier momento.
Podías hacer de lo cotidiano algo extraordinario.
Podías hacer de lo cotidiano algo extraordinario.
Y siento que no he podido equivocarme al escogerte a ti. Y que si tú te llamaras error, te cometería mil veces. Que si te llamases miedo, yo temería. Y si te llamases amor, te querría. Que absurdez eso del amor, prefiero ponerle tu nombre.
No sé cómo lo has hecho, pero estos meses han sido efímeros. En cambio tú has dejado huella.
Tengo la sensación de que no quiero que te vayas nunca, y que si lo haces, sea conmigo y vayamos hacia otro lugar. Pero juntos.
No quiero entender de finales que tengan que ver con nosotros.
Y me niego a imaginarte a menos de tres metros de mí. Quiero que nos pasemos las horas devorándonos a besos. Y construyendo un futuro a base de sueños. Y qué más da, ya cambiaremos los planes, ya echaremos cuentas. Por el momento me conformo con ser feliz.
Y con esas ganas de llorar, ese punto máximo de felicidad que consigo cuando me rodeas con tus brazos. No quiero que me sueltes nunca.
Porque contigo me siento capaz de saltar cualquier obstáculo que se me acerque.
Por primera vez, me siento fuerte.
Por primera vez, me siento fuerte.
Quizá es que mi fuerza hayas empezado a ser tú.
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