Nunca fuiste prioridad en sus rincones,
solo un pájaro que no supo volar.
Recogiste los pedazos de esos sueños,
aviones que no supieron despegar.
Silenciaste cada pequeño momento,
en el que tu cuerpo pidió gritar.
Y dijiste "todo bien", qué consuelo.
Y como siempre no fue de verdad.
Otra noche más, vuelves a pensar,
"quise alzar demasiado el vuelo".
Y la realidad, golpea con ansiedad
esos arañazos viejos.
Otra noche más, un poco rota ya
derramando nubes negras.
Y la realidad, se vuelve a girar,
no te ves en el espejo.
Nunca examinó tus ojos negros
tristes por no saber reaccionar.
Recogiste los cristales del pasado,
con los que te heriste una vez más .
Silenciaste cada pequeño instante,
en el que tu cuerpo pidió llorar.
Y dijiste "¿tú estás bien?", y qué sorpresa:
Como siempre no supo arrancar.
lunes, 18 de noviembre de 2019
domingo, 17 de noviembre de 2019
Joan deja el vaso en la mesa mientras intenta silenciar, inútilmente, las voces que resuenan en su cabeza. Reproches, resentimiento y sal, invitados esta noche, en la barra de ese bar, con la misma agudeza de siempre, pero algo más cansados. Es el tercer cubata. La noche acaba de empezar.
Se retuerce en el asiento, nervioso. Esta noche volverá a verla. Se acomoda el pelo hacia atrás. Dime por qué estás haciendo todo esto. Su americana granate va a juego con una pajarita estúpida que se ha comprado a propósito. A ella le gustan las pajaritas. Qué ridículo estás. Sorbo al cuarto, pide sigilosamente, alzando la mano con ligereza, el primer chupito. Ya son las dos y cuarto.
Cuando alcanza a ver entre la gente su melena castaña anaranjada se le corta la respiración. Ha estado deseando ese momento con todas sus fuerzas, y ahora que ha llegado solo quiere salir corriendo. Olaya lo mira con tristeza, quizás de forma condescenciente, mientras se lleva la mano al bolso. Saca el teléfono y muestra indiferencia. Estará chateando con alguien. Alguien que no es Joan.
Cuando él abandona la barra, se acerca un poco a Olaya. Apenas diez metros y quince personas les separan. Ambos saben, sin embargo, que están un poco más cerca. El ruido les impide articular palabra, ninguno da un paso más. Joan espera que sea ella la que, sin pensarlo, se abalance sobre él y le abrace, le pregunte cómo está, recuperen el tiempo perdido. Olaya, en cambio, piensa que es él el que debe hablarle, porque fue él el que se equivocó.
Sus orgullos hablan mientras ellos se dan la espalda. Olaya baila con un chico rubio que se le ha acercado en la barra ;Joan, espera, cubata en mano, a que ella se arrepienta de haberse ido aquel abril tan pronto, cuando tras un malentendido, cerró las puertas de su vida. No hay noche en la que él no se arrepienta de haberla dejado marchar, de haber acabado con todo; no hay día en que ella no se pregunte qué había hecho mal. Joan, cabizbajo, se siente el hombre más pequeño e impotente del mundo; Olaya, altanera, con sus tacones, se empodera y toma las riendas de la situación. Se acerca, lentamente a Joan, por su espalda, y cuando llega a la altura de sus hombros, le roza con suavidad los dedos de las manos. Un estridente y punzante zumbido resuena en sus cabezas; en sus pieles, una tormenta eléctrica. Joan cierra los ojos, pero sabe perfectamente quién es. Ella relaja su cuerpo y se deja llevar hasta acabar justo delante de él. Al abrir los ojos, Joan baja unos centímetros su mirada para abrazar la de Olaya. Su risa chispeante alimenta su vientre, que tiembla, ruge y le hace cosquillas. Ambos olvidan que la música suena y se detienen en seco. Todo gira a su alrededor, pero ellos ya no lo sienten.
Cuando le sirven el sexto cubata, Joan abre los ojos, asustado. El golpe seco en la barra lo ha despertado. Ilusa emoción y ensueño. Olaya ni siquiera ha aparecido esta noche. Retuerce sus manos para después, torpe, alcanzar su abrigo, en el que se acaba escondiendo, enfurruñado.
Esta noche tampoco ha habido suerte, como los últimos 45 sábados. No volverá- ella no lo hará- donde perdieron todos sus sueños. Él, en cambio, esperará, que Olaya, por arte de magia, recuerde lo cerca que estuvieron de quedarse juntos para siempre. Él albergará en sus más íntimos sueños, la esperanza de que ella cruce el umbral y está vez se quede para siempre. Pero ni el sábado 46 ni los 100 siguientes volverá, porque él le dijo aquel día nublado que ya no podía soportar más la idea de no saber si la quería de verdad.
lunes, 21 de octubre de 2019
Siempre tan lejos
Con las manos temblorosas pero la voz firme le pregunté: "¿por qué si estamos siempre tan cerca te empeñas en irte tan lejos?"
Quizás le dé pánico este pequeño mundo, o tal vez soy yo, que nunca he sabido pedirle que se quedara, por si quería irse.
Quizás le dé pánico este pequeño mundo, o tal vez soy yo, que nunca he sabido pedirle que se quedara, por si quería irse.
viernes, 18 de octubre de 2019
Podría mentirte, pero se me ve en los ojos un trocito de hielo. Lo quebrantable que me vuelvo cuando me planto desnuda ante ti. Tú ya sabes de esto. De mi compasión, de mis temores, de nosotros. De mis preguntas silenciadas, de tus respuestas hechas humo y pólvora. Tú ya sabes de mí, de nuestros secretos, de las escapadas a la nada para serlo todo. No me atrevo a pronunciar dos palabras que podrían cambiarlo todo porque me da miedo que te alejes, porque no estoy hecha para esto. Ojalá recuperar a aquella valiente que se llevaba el alma a la batalla, y aunque volviese con el corazón roto, su armadura quedaba intacta. Ya no soy esa guerrera, ¿lo has notado? Ahora soy incapaz de llevarte, de guiarte, de alentarte, de convencerte de que somos la casualidad más tenue e improbable, pero cierta, que jamás sucedió. Millones de años para coincidir en este pequeño mundo y nos separaron solo dos pupitres. Lo tuvimos todo, lo tenemos todo. ¿Te vas a quedar conmigo esta noche? Podría hablarte de viajes astrales, del viento impredecible que nos lleva siempre donde gusta, del sabor frío de la derrota, de tus manos arrastrándose, lentas, por mi cuello. Déjame pedirte solo que te quedes por hoy, porque quizás, solo quizás, necesite que me digas que te quieres quedar. Porque quizás, esta vez, te quedas. Porque yo, esta vez, me quedo.
sábado, 12 de octubre de 2019
¿Estás ahí? ¿Puedes leerme? En un suspiro que te entorpece, te encoges de hombros y miras indiferente a través del espejo. No has notado la brisa marina que me revuelve el pelo, ni has olido la sal del cielo que se mezcla con nuestros perfumes. No has sentido nada de eso, porque caminas concentrado para no salirte, para no cruzar la línea. Caminas pensando en no torcerte; sin embargo yo aún no he mirado al suelo. Yo sin ponerme recta ni un segundo, tú sin perder el rumbo. Nos desdibujamos, inconscientes. A veces tu coherencia me aprieta el pecho, mi locura te desata equilibrios.
¿Vendrás a buscarme?
¿Estás ahí? Quizás todo fue un sueño. Tal vez siempre estuve hablando sola.
¿Vendrás a buscarme?
¿Estás ahí? Quizás todo fue un sueño. Tal vez siempre estuve hablando sola.
lunes, 30 de septiembre de 2019
Me gusta cuando llamas. Cuando sorprendes. Al decir algo que no esperaba, cuando parece intimidarte el latido intenso de tonterías que puedo soltar en apenas unos segundos. Me gusta cuando conduces, cuando el movimiento pausado de tus ojos promete que todo va a ir bien. Me gusta cuando inventas cualquier tontería para bromear, cuando improvisas para asustarme o fabricas la broma más sencilla del mundo porque sabes que poco basta para convencerme de imposibles. Y lo haces. Siempre lo haces. Me gusta cuando frunces el ceño pensativo, al borde de decidir cualquier cosa, concentrado, como si fuese la mayor decisión de tu vida esa que estás a nada de tomar. Me gusta cuando no te enteras, cuando haces que no te enteras, y sobre todo cuando no me entiendes. Me gusta que pensemos diferente en algunas cosas, pero me gusta aún más sentir que siempre estoy lejos de convencerte. Que te persuada mi risa ingenua y que te dejes vencer por las ganas cuando nos quedamos a solas. Me gusta que estés tan risueño como yo cuando nos encontramos. Tus abrazos largos, tu lado sensible que nunca enseñas del todo. Me gusta tu manera de tocarme el pelo, tu forma de abrazarme por los hombros cuando dejo mi cabeza entre tu clavícula y tu cuello. Me gusta que no me hayas dicho nada, porque no ha hecho falta que me pidas que me quede para que me ancle. Me gusta porque haces que incluso aquello que madije y pensé que era el mismísimo infierno se parezca un poco más a un camino necesario para verte reír. Me gustas porque es fácil y a la vez difícil entenderme y comprender qué estamos haciendo. Me gustas porque aquel día en el que tenías frío me dijiste que preferías quedarte un rato más mirando al cielo solo por ver lo contenta y entusiasmada que yo estaba. Me gustas porque eres impredecible dentro de tanta cordura, porque nunca paras de moverte, porque tienes ambiciones y sueños. Me gustas porque sé que hay mucho más entre nosotros. Porque la vida son dos días y hoy quiero decir que me gustas, porque haces que muchos de los instantes en los que se para el tiempo en este mundo huelan a ti. Y eso es mucho más de lo que podría hacer nunca nadie.
viernes, 20 de septiembre de 2019
la partida inevitable
Me sujeto la barbilla mientras fijo mis ojos en el lúcido blanco de la pared. Segundos ensordecedores. Miedo en vena y cólera en las manos, que aprieto con fuerza cuando me imagino lo corta que es la vida cuando nos entretenemos viviéndola. Y lo miro a él, hijo de una guerra civil, superviviente. Nunca lo había visto tan frágil, con los ojos perdidos y las manos apoyadas sobre las rodillas. Parece que no me escucha, que me oye, pero que no me escucha. Su mente está tan lejos de aquí, maquinando, pensando en cómo acabará todo. Y yo lo miro, esperanzada, pero con una fe disuelta, con unas ganas de abrazarle infinitas y de decirle que le quiero. Porque nunca le digo a nadie que le quiero. Y él tiene que saberlo. Sujeto mis lágrimas con las pocas fuerzas que me quedan, llevo meses dándole vueltas a esto. ¿Qué pasaría si se fuera? ¿Quién cuidaría de ella? No voy a saber vivir sin él. Creí que sería eterno, como pensaba de pequeña. ¿Por qué la vida nos decepciona tanto y tanto cuando crecemos? Un golpe tras otro golpe. Antes cerraba los ojos, me tapaba con la sábana hasta la nuca y creía que podía huir del mundo. Las estrellas eran infinitos deseos y yo era una valiente más creyéndome una auténtica heroína. Ahora soy pólvora de miedo, instante fugaz secreto de cobardía. Me quedo solo yo, mirándole, deseando lo mejor, sabiendo que la vida va a quitármelo todo en cualquier momento. Dispuesta a no perder lo inevitable. Como siempre. ¿Pero quién podría ganarle un pulso a esto? Si los dados no están en nuestra mesa, si solo soy una espectadora más de una partida absurda de póker. Si yo nunca he sabido fingir, ni mucho menos mentir. Si ya no puedo con tanto miedo, si no sé qué cartas saldrán mañana. Pero le quiero, y mientras yo esté en este mundo, y mientras él se ría de mis bromas, sentado en esa silla, con su batuta azul, todo esto valdrá la pena.
Puede que mañana estés dormido mientras todo ocurre, pero yo estaré contigo. Hombre de hierro y terciopelo, pase lo que pase, salgan las cartas que salgan, yo seré de ti lo que tú has sido siempre para mí. El mayor soldado. Te quiero.
viernes, 13 de septiembre de 2019
523
Siempre he sabido cómo empezar a escribir. A veces era un miedo acumulado en la garganta; otras, reflexiones diarias, o de meses, que algún día consigo fortalecer con letras. Siempre lo he tenido todo muy claro, ya lo sabes. Y quizá ese es mi problema. Cuando tienes objetivos tan claros, cuando sabes dónde se esconden todas las respuestas, las preguntas se vuelven más pequeñas. Y se han hecho tan pequeñas que se me clavan en la garganta. Me contemplo absurda, sin ser yo misma, buscando la excusa de tomarme una más para soltarme. Y luego ni atreverme a intentarlo. Mira que hay que ser cobarde. Mira que hay que tener miedo. ¿Por qué ahora soy así? Me he cansado un poco de esta versión de mierda. No atreverme a preguntarte nada, que se me retuerzan las ganas, que se me clave el silencio. Mirarte las pupilas escondiendo las mías.
Supongo que ni una quinta planta, ni un cielo pintado de sutiles estrellas, ni una cerveza de más fueron suficientes para armarme de valor. Me faltaron ovarios. Los que me sobraron el primer día que te besé. Soy valiente para lo que quiero, pero parece que ya no para asumir riesgos.
Volvería a aquel pequeño rincón cuadrado, volvería a mirar al cielo escuchando tus historias. Volvería a sentirme libre contigo. Una y muchas veces. Volvería a mirarte así.
Pero hasta que pueda decirlo, seguiré componiendo alguna canción tonta. Siempre se me dio mejor escribir que hablar, eso lo sabes muy bien.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
Solo versos estúpidos en prosa.
Dicen, todos dicen, pero nadie habla. Dicen que cuando de verdad te importa algo eres capaz de dejarlo ir, y puede que tengan razón. Puede que dejemos ir aquello que queremos porque no podemos ser egoístas con lo que nos importa, preferimos que nos arda la garganta a nosotros y no a aquellas personas que adoramos, preferimos callar por no herir, incluso exprimir lo que sentimos, hasta convertirlo en nada, hasta hacerlo invisible. Preferimos hacer como si nada, seguir, por inercia, con nuestras vidas, por caminos seguros que nos construimos, que nos crean fortalezas, dichosas zonas de confort de las que jamás salimos. Huimos de caminos salvajes, de construcciones inacabadas, de guerras, batallas, que sabemos que perderemos incluso antes de comenzar. ¿Es por eso que ya no las empezamos? Dicen que si de verdad quieres algo lo dejarás libre. Y de hecho, están en lo cierto. Lo dejamos en libertad, claro que lo hacemos. Lo empujamos a volar alto, lo alzamos con fuerza, reconstruimos -incluso, a veces- sus alas, pero siempre con la esperanza de que vuelvan. Creemos que haciéndoles libres nosotros también lo seremos. Y lo somos. Por eso ya no me verán suplicando un quédate, un quiéreme, un abrázame. Porque si no le nace, porque si la persona que tienes delante no es capaz de alargar el brazo y acortar la distancia que os separa, tú tampoco deberías hacerlo. Pasamos la vida esperando el momento de la batalla y cuando por fin lo tenemos delante, cuando nuestro contrincante se abalanza sobre nosotros y nos regala el primer golpe, nos encogemos como enanos que creen que no podrán con ello. Quizás te repetiré mil veces que puedo con ello, porque lo haré. Te diré que todo está bien, que no duele, que no escuece, que no arde, que he pasado cosas peores, pero la más triste y ansiosa realidad será la de una cama llena de recuerdos, unos párpados húmedos, la esperanza acogiéndome con sus últimas palabras. Nunca seré tan valiente como para mirarte a los ojos y decirte que ojalá te quedes conmigo, ni tan cobarde como para contemplar la huida.
No sé ni qué digo. Hay noches en las que necesitaría sentir que todo es un poco como antes, cuando yo aún era pequeña y fingía que no sabía de qué iba esto. Antes de todo aquello, antes de la versión gélida de ahora, antes de mí.
domingo, 25 de agosto de 2019
martes, 13 de agosto de 2019
ensordecer
Estar siempre al pie del cañón es difícil. Llega un punto en el que te detienes, observas, te das cuenta de que vas a quedarte sin brazos si sigues estirándolos tanto y con tanta fuerza. Creo que nunca se me ha dado bien rendirme, pero nadie me enseñó a ganar. Me pregunto en qué momento me hice tan mayor, en qué punto llegué a ver la realidad tan nítida, en qué preciso instante dejé de creer en los sueños. Quizás la vida se encargó de recordarme siempre que a cada paso que doy debo retroceder cinco. Es una partida que no voy a ganar nunca, por mucho que tire los dados, por muy alto que salga mi número, todo esfuerzo acaba siendo inútil. Todo es ficción, soy parte de una obra que nunca se estrena, para la que no dejo de ensayar. Me estoy abriendo delante de ti, lo estoy dejando todo sobre esta mesa y tú no te das cuenta.
Pero todo bien, aún conservo mi armadura.
Pero todo bien, aún conservo mi armadura.
lunes, 12 de agosto de 2019
Vivo con la constante sensación de que voy a estamparme en cualquier momento. Ser tan kamikaze, supongo, no era la mejor opción. Pero yo nunca he sabido hacer las cosas a medias. Que alguien me explique cómo poner las cartas sobre la mesa sin enseñarlas todas, como jugármela sin perder un duro, cómo se finge indiferencia, cómo se convive con la eterna duda.
sábado, 10 de agosto de 2019
Siempre me doy cuenta tarde, ese es mi mayor problema. Quizás estoy dándole la espalda a la verdad, siempre evito mirarla a los ojos, por si me dice todo lo que no quiero oír. ¿A quién pretendía engañar? Solo a mí misma, solo evitaba salir herida, mirarme al espejo y responderme con lo que soy. Llevo tanto tiempo dando vueltas sobre lo mismo, bordeándolo, rozándolo, por miedo a abordarlo. ¿Por qué me da tanto miedo la verdad? Si ya lo he vivido todo, si ya sé lo que es el dolor, sé lo que es estar al otro lado y notar que hay un cristal enfrente inquebrantable, si ya sé cuánto pesa el silencio, si sé a qué sabe la ausencia, a qué huele el deshielo, cómo duelen los pies después de caminar kilómetros de esperanza, para llegar a una bahía seca. Me prometí a mí misma jamás quitarme la armadura, pero pesa tanto hacerse la fuerte...pero quema tanto saber la verdad. Siempre miro de reojo la certeza, después le doy la espalda y finjo que no sé nada. Dicen que la ignorancia nos hace felices, pero nadie habló jamás de fingirla. De vivir haciendo equilibrio sobre una cuerda que está a nada de romperse. Nadie dijo nada de las palabras tiesas, de las comas mal puestas, de la aspereza de ignorar que solo soy un cero que nunca supo dónde estaba la derecha. Me siento chiquitita confesándome, como cuando de pequeños les decíamos a nuestros padres que nosotros éramos los que habíamos roto el jarrón jugando a la pelota; pequeñita, como cuando la profesora nos reñía por hablar, diminuta, como el día en que descubrí que todos estos años no me habían hecho más fuerte, solo me habían enseñado a disimular mejor. Y que, al final, eso era ser adulta, fingir que no duele lo que antes podías convertir en un drama, decirles a todos que no pasa nada. ¿De veras creen que no pasa nada? Todos aclamando: "¡Menuda historia! ¡Qué bonito todo!", y yo harta de decirles: "no vayáis tan rápido, quizás esto acaba mal, quizás no es nada...". Responden, convencidos, totalmente convencidos, que no, que estoy loca, que es mucho tiempo, que hay cosas que no se dicen, que hay preguntas que no se responden. Y yo niego con la cabeza, les digo que no, que no, que yo ya no me creo nada hasta que lo veo, lo escucho, lo siento. Y aún no tengo la certeza de que esto sea bueno, o vaya a salir bien. Quizás necesito que me empujen, que me ayuden a dejarle de tener miedo a todo; solo soy un alma microscópica que un día se sacrificó entre gigantes, que jugó a ser valiente y salió ganando, porque nunca llegó a serlo del todo. No tiene sentido escribir, ni tiene sentido decir que estoy un poco rota esta noche, que camino entre los cristales de las dudas y pretendo no arañarme. No tiene sentido decir que ojalá un te quiero me borre esta capa de hielo, pólvora y miedo, porque la única persona que tiene la llave, jamás llegará a leer esto.
domingo, 4 de agosto de 2019
Recojo la mirada y noto que los ojos me arden cuando mis párpados se abrazan. Es esa sensación de estar unos cuantos grados por encima de lo que debería. Es esa sensación de no tener siquiera un segundo para pensar. Señales del pasado que me recuerdan que mi futuro está tambaleándose. La miro de lejos, difumino su figura cuando se adentra en el agua. Me quedo hecho un trapo, postrado en mi toalla, deseando que llegue el instante en el que salga del agua para verla otra vez, con su pelo mojado y su sujetador diminuto, que le tapa lo justo y necesario para que del resto se encargue mi imaginación. Cuando resurge lo hace atravesando el umbral de gotas a una velocidad inhumana, ríe en alto al asomar la cabeza y me hace señales con el brazo para que vaya con ella, pero yo no voy, solo me río. Hace muecas y se despide para sumergirse de nuevo. Esta vez son muchos segundos más los que tarda en aparecer. Esta vez no aparece nunca. Miro hacia los lados y la gente que reía , tumbada, en las toallas a mi alrededor, comienza a difuminarse también; incrédulo, miro mis manos, vuelvo mi mirada hacia el agua, que sigue intacta, pero ella ya no está. Todo empieza a tomar una velocidad vertiginosa y lo que antes podía percibirlo con normalidad comienzo a verlo fundiéndose con el cielo. El mar deja de tener forma, mis pies dejan de ser visibles y yo despierto rodeado de cables y tubos. Estoy en un hospital. ¿Estoy en un hospital? Eso parece. ¿Qué ha pasado? Recuerdo durante unos instantes lo que ha parecido ser un sueño y entones me pregunto dónde cojones estará Robin. ¿Fue ese día de playa lo último que viví? ¿Qué pasó después? ¿Por qué no consigo reconstruir nada que tenga sentido? Un ruido metálico me sobresalta, alguien está a segundos de cruzar la puerta de la habitación donde estoy. Intento ver qué hay a mi alrededor, si hay objetos que puedan servirme en caso de que la persona que esté a punto de entrar no pretenda nada bueno. ¿Pero quién cojones es? ¿Será Robin?
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Ya me gustaría
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Miro tu foto des del suelo. Antes era costumbre llorar, antes era fácil sufrir por ti. Ahora ni si quiera me salen las lágrimas. ¿Tú también...
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