miércoles, 25 de diciembre de 2019
Feliz Navidad
La hipocresía de un post en Instagram o la dichosa manía de compartir cada pequeña cosa que vivimos. La masa nos empuja a desear, a ansiar, ser como ellos, y caemos en el círculo vicioso de compartir cada pequeño detalle de nuestras vidas. Quién va mejor vestido en Navidad, quién tiene una familia más numerosa, quién tiene la cena más apetecible. Revisamos, salvajes, nuestras notificaciones, pendientes de la aprobación del resto, pero lo más importante que tienes está sentado a tu lado, enfrente de ti, justo ocho sillas a tu izquierda, son ellos lo importante, pero tú no vas a verlo. Hay miles de familias que están en el hospital y no van a celebrarlo, personas que decidieron no hacer nada este año porque alguien que les importaba muchísimo se ha ido de su vida, hay personas que no tienen móvil y que tampoco lo necesitan, hay gente que no dormirá hoy porque la conciencia le dolerá y el cuerpo se le resistirá. Hay tantas personas que no necesitan demostrar nada que me doy pena cuando publico cualquier mierda porque todos lo hacen. No necesito ser eso, ni quiero. No lo necesito y lo hago. ¿Si no lo hago, no encajaré? Si no pienso como ellos, ni siento como ellos, ni actúo como ellos, ¿seré alguien? ¿Lo seré?
martes, 24 de diciembre de 2019
Sin título
Cuando tenemos que enfrentarnos a algo que nos aterroriza nos hacemos muy pequeños. Nos volvemos casi diminutos y nos escondemos tras excusas baratas. Pero si a mí no me da miedo, pero qué va, yo ya he pasado por esto. No duele absolutamente nada. Transformamos nuestras experiencias en fotografías crudas que enséñales a los demás cuando nos advierten de los nuevos peligros. Al final da igual cuántas veces vivas las cosas, la historia continúa y si no es ahora, mañana algo volverá a dolerte, por muy mal que estuvieras en el pasado. ¿Por qué el ser humano no es capaz de aceptar que no es el centro del universo? Vamos a volver a caernos algún día, pero no pasa nada, nunca pasa nada, ¿no? Dicen, ellos, ellos lo dicen, porque el mundo sigue girando. Y de verdad, lo hará, todo seguirá su curso, pero tú estarás delante de una puerta cerrada, con el pulso tembloroso al girar un pomo que no sabes qué camino te abrirá.
Y eso es el miedo, saber que estás jugándotelo todo a una misma carta otra vez, siendo consciente de que el ser humano olvida el dolor para sobrevivir, que tu sufrimiento no tiene memoria y que la próxima vez que algo vuelva a herirte, esa herida escocerá como la primera que te hiciste en aquel parque cuando, aprendiendo a montar sobre dos ruedas, saliste volando de tu bici hasta besar el suelo.
Que le hablen a otra de la memoria del dolor, que yo ya me sé la historia.
viernes, 20 de diciembre de 2019
Lo que más temo
Cuando me preguntan qué es a lo que más temo en la vida suelo contestar cosas como "la muerte" o "la soledad", pero me he dado cuenta de que es la mentira lo que más miedo me da; al final, la muerte es inevitable y la soledad una probabilidad, pero quien te miente elige hacerlo aun sabiendo que dolerá.
martes, 17 de diciembre de 2019
Qué absurda me pongo cuando me da por las metáforas
Lejos de la verdad desnuda y de los mitos encerrados dormía la luna aquella noche. Siniestra y entera, palpitaba, cercana. Se percibía a kilómetros, se sientía a centímetros y se reía a carcajadas. A veces miraba desafiante a aquel que se atrevía a juzgarla; otras, bailaba, sencilla, delante del que se detenía a observarla. La llamaban valiente, pero no tenían ni idea de nada: noches de llamadas a las tantas de la madrugada, el llanto oculto en una almohada, decir "yo puedo" cuando su cabeza le gritaba "aguanta". Nadie supo de ella, solo escuchaba: "hoy está un poco naranja", qué extraño, pensaba, hoy me había puesto blanca. A ratos recordaba a aquel humano que un día se atrevió a pisarla, qué amor tan auténtico el de aquella huella en su regazo.
Cuando se acercaba la hora del amanecer se sonrojaba, y experta en refugiarse, susurraba: "aún no quiero irme". Unos amantes desnudos, desde cualquier playa la miraban, se despedían de ella con la palma de las manos. Otros, con la mochila a cuestas, directos al trabajo: otro día empieza y la noche ha terminado.
martes, 3 de diciembre de 2019
viernes, 22 de noviembre de 2019
Por si lo perdiera todo.
Quizás necesitemos, de vez en cuando, volver a creer en todo. Soy una romántica podrida, que se ha alimentado toda la vida de topicazos viejos y tristes, de los que no querré deshacerme nunca. Me siguen gustando las sorpresas, las cenas a deshora, las birras que invitan a confesiones tontas, el tira y afloja de los principios que invitan a desenlaces felices. Soy una idiota. En el siglo del no me voy a enamorar, de los likes a mansalva, de las citas en Tinder, yo soy la que se enamora. La que perfuma días con ilusiones ópticas, la que construye sueños con la misma velocidad con la que después los esconde, para que nadie los vea, para que nadie lo sepa, que me sigue gustando lo que ya no le gusta a nadie. Que soy la típica persona que te va a decir que está bien, que no hay ningún problema, y va a necesitar un abrazo que le recuerde que no está sola. Que ya no me vale con esto de vamos haciendo y ya vemos, que está muy bien el presente, pero también me gusta pensar en todo lo que seré, y sobre todo, en todo lo que estoy siendo y no me atrevo a decir. Esta estúpida sociedad, o quizás mi pasado tembloroso que aún me recuerda lo que duele un adiós, me impide verbalizar un te quiero, aunque sea el momento, el jodido momento, de decirlo. No soy capaz. ¿Tanto miedo le he cogido a todo? ¿Al amor? ¿Al rechazo? ¿Al ponerle nombre? ¿Qué cambia cuando lo verbalizamos todo? ¿Qué cojones cambia? ¿Por qué somos uno más en el rebaño, que camina sin rumbo, sabiendo, sin embargo, y desde el primer momento, hacia dónde va? O quizás soy yo sola, hablando frente al espejo. Quizás se reirá de mí, tal vez un silencio llenará la habitación y volveré a sentir el crujido de una ilusión al romperse. Me da miedo abrirme por si me cierro en banda de nuevo, y con ese miedo, me mantengo oculta entre las sombras. No vaya a ser que me vea. No vaya a ser que me quiera. No vaya a ser que salgan las cosas bien.
Tal vez en otro momento, con unos arañazos de menos y unas copas de más, me habría atrevido a decir lo que cruza mi mente todas las noches. Pero en este preciso instante, miro al horizonte sin apenas pestañear y me convenzo de que estoy haciendo lo correcto al callar. ¿Desde cuándo se me da bien a mí, callar? ¿Desde cuándo está bien ser una más? ¿Desde cuándo soy tan cobarde?
Siempre delirando, divagando sobre lo mismo, encerrada en un círculo al que le he dado tanta importancia, que ya no sé salir. Y necesito que alguien me empuje - sí, a mí, que siempre soy la que empuja a los demás- y me haga creer que vale la pena demostrar lo que se siente, tal y como hacía antes, porque siento que si no, voy a seguir dando vueltas, sintiendo que me choco con todas y cada una de las paredes de mi habitación, ansiosa de encontrar una salida, aun sabiendo exactamente dónde está la puerta, pero sin el valor suficiente para cruzarla nunca.
Por si lo perdiera todo.
lunes, 18 de noviembre de 2019
De cuando compongo canciones en días no tan claros.
Nunca fuiste prioridad en sus rincones,
solo un pájaro que no supo volar.
Recogiste los pedazos de esos sueños,
aviones que no supieron despegar.
Silenciaste cada pequeño momento,
en el que tu cuerpo pidió gritar.
Y dijiste "todo bien", qué consuelo.
Y como siempre no fue de verdad.
Otra noche más, vuelves a pensar,
"quise alzar demasiado el vuelo".
Y la realidad, golpea con ansiedad
esos arañazos viejos.
Otra noche más, un poco rota ya
derramando nubes negras.
Y la realidad, se vuelve a girar,
no te ves en el espejo.
Nunca examinó tus ojos negros
tristes por no saber reaccionar.
Recogiste los cristales del pasado,
con los que te heriste una vez más .
Silenciaste cada pequeño instante,
en el que tu cuerpo pidió llorar.
Y dijiste "¿tú estás bien?", y qué sorpresa:
Como siempre no supo arrancar.
solo un pájaro que no supo volar.
Recogiste los pedazos de esos sueños,
aviones que no supieron despegar.
Silenciaste cada pequeño momento,
en el que tu cuerpo pidió gritar.
Y dijiste "todo bien", qué consuelo.
Y como siempre no fue de verdad.
Otra noche más, vuelves a pensar,
"quise alzar demasiado el vuelo".
Y la realidad, golpea con ansiedad
esos arañazos viejos.
Otra noche más, un poco rota ya
derramando nubes negras.
Y la realidad, se vuelve a girar,
no te ves en el espejo.
Nunca examinó tus ojos negros
tristes por no saber reaccionar.
Recogiste los cristales del pasado,
con los que te heriste una vez más .
Silenciaste cada pequeño instante,
en el que tu cuerpo pidió llorar.
Y dijiste "¿tú estás bien?", y qué sorpresa:
Como siempre no supo arrancar.
domingo, 17 de noviembre de 2019
Joan deja el vaso en la mesa mientras intenta silenciar, inútilmente, las voces que resuenan en su cabeza. Reproches, resentimiento y sal, invitados esta noche, en la barra de ese bar, con la misma agudeza de siempre, pero algo más cansados. Es el tercer cubata. La noche acaba de empezar.
Se retuerce en el asiento, nervioso. Esta noche volverá a verla. Se acomoda el pelo hacia atrás. Dime por qué estás haciendo todo esto. Su americana granate va a juego con una pajarita estúpida que se ha comprado a propósito. A ella le gustan las pajaritas. Qué ridículo estás. Sorbo al cuarto, pide sigilosamente, alzando la mano con ligereza, el primer chupito. Ya son las dos y cuarto.
Cuando alcanza a ver entre la gente su melena castaña anaranjada se le corta la respiración. Ha estado deseando ese momento con todas sus fuerzas, y ahora que ha llegado solo quiere salir corriendo. Olaya lo mira con tristeza, quizás de forma condescenciente, mientras se lleva la mano al bolso. Saca el teléfono y muestra indiferencia. Estará chateando con alguien. Alguien que no es Joan.
Cuando él abandona la barra, se acerca un poco a Olaya. Apenas diez metros y quince personas les separan. Ambos saben, sin embargo, que están un poco más cerca. El ruido les impide articular palabra, ninguno da un paso más. Joan espera que sea ella la que, sin pensarlo, se abalance sobre él y le abrace, le pregunte cómo está, recuperen el tiempo perdido. Olaya, en cambio, piensa que es él el que debe hablarle, porque fue él el que se equivocó.
Sus orgullos hablan mientras ellos se dan la espalda. Olaya baila con un chico rubio que se le ha acercado en la barra ;Joan, espera, cubata en mano, a que ella se arrepienta de haberse ido aquel abril tan pronto, cuando tras un malentendido, cerró las puertas de su vida. No hay noche en la que él no se arrepienta de haberla dejado marchar, de haber acabado con todo; no hay día en que ella no se pregunte qué había hecho mal. Joan, cabizbajo, se siente el hombre más pequeño e impotente del mundo; Olaya, altanera, con sus tacones, se empodera y toma las riendas de la situación. Se acerca, lentamente a Joan, por su espalda, y cuando llega a la altura de sus hombros, le roza con suavidad los dedos de las manos. Un estridente y punzante zumbido resuena en sus cabezas; en sus pieles, una tormenta eléctrica. Joan cierra los ojos, pero sabe perfectamente quién es. Ella relaja su cuerpo y se deja llevar hasta acabar justo delante de él. Al abrir los ojos, Joan baja unos centímetros su mirada para abrazar la de Olaya. Su risa chispeante alimenta su vientre, que tiembla, ruge y le hace cosquillas. Ambos olvidan que la música suena y se detienen en seco. Todo gira a su alrededor, pero ellos ya no lo sienten.
Cuando le sirven el sexto cubata, Joan abre los ojos, asustado. El golpe seco en la barra lo ha despertado. Ilusa emoción y ensueño. Olaya ni siquiera ha aparecido esta noche. Retuerce sus manos para después, torpe, alcanzar su abrigo, en el que se acaba escondiendo, enfurruñado.
Esta noche tampoco ha habido suerte, como los últimos 45 sábados. No volverá- ella no lo hará- donde perdieron todos sus sueños. Él, en cambio, esperará, que Olaya, por arte de magia, recuerde lo cerca que estuvieron de quedarse juntos para siempre. Él albergará en sus más íntimos sueños, la esperanza de que ella cruce el umbral y está vez se quede para siempre. Pero ni el sábado 46 ni los 100 siguientes volverá, porque él le dijo aquel día nublado que ya no podía soportar más la idea de no saber si la quería de verdad.
lunes, 21 de octubre de 2019
Siempre tan lejos
Con las manos temblorosas pero la voz firme le pregunté: "¿por qué si estamos siempre tan cerca te empeñas en irte tan lejos?"
Quizás le dé pánico este pequeño mundo, o tal vez soy yo, que nunca he sabido pedirle que se quedara, por si quería irse.
Quizás le dé pánico este pequeño mundo, o tal vez soy yo, que nunca he sabido pedirle que se quedara, por si quería irse.
viernes, 18 de octubre de 2019
Podría mentirte, pero se me ve en los ojos un trocito de hielo. Lo quebrantable que me vuelvo cuando me planto desnuda ante ti. Tú ya sabes de esto. De mi compasión, de mis temores, de nosotros. De mis preguntas silenciadas, de tus respuestas hechas humo y pólvora. Tú ya sabes de mí, de nuestros secretos, de las escapadas a la nada para serlo todo. No me atrevo a pronunciar dos palabras que podrían cambiarlo todo porque me da miedo que te alejes, porque no estoy hecha para esto. Ojalá recuperar a aquella valiente que se llevaba el alma a la batalla, y aunque volviese con el corazón roto, su armadura quedaba intacta. Ya no soy esa guerrera, ¿lo has notado? Ahora soy incapaz de llevarte, de guiarte, de alentarte, de convencerte de que somos la casualidad más tenue e improbable, pero cierta, que jamás sucedió. Millones de años para coincidir en este pequeño mundo y nos separaron solo dos pupitres. Lo tuvimos todo, lo tenemos todo. ¿Te vas a quedar conmigo esta noche? Podría hablarte de viajes astrales, del viento impredecible que nos lleva siempre donde gusta, del sabor frío de la derrota, de tus manos arrastrándose, lentas, por mi cuello. Déjame pedirte solo que te quedes por hoy, porque quizás, solo quizás, necesite que me digas que te quieres quedar. Porque quizás, esta vez, te quedas. Porque yo, esta vez, me quedo.
sábado, 12 de octubre de 2019
¿Estás ahí? ¿Puedes leerme? En un suspiro que te entorpece, te encoges de hombros y miras indiferente a través del espejo. No has notado la brisa marina que me revuelve el pelo, ni has olido la sal del cielo que se mezcla con nuestros perfumes. No has sentido nada de eso, porque caminas concentrado para no salirte, para no cruzar la línea. Caminas pensando en no torcerte; sin embargo yo aún no he mirado al suelo. Yo sin ponerme recta ni un segundo, tú sin perder el rumbo. Nos desdibujamos, inconscientes. A veces tu coherencia me aprieta el pecho, mi locura te desata equilibrios.
¿Vendrás a buscarme?
¿Estás ahí? Quizás todo fue un sueño. Tal vez siempre estuve hablando sola.
¿Vendrás a buscarme?
¿Estás ahí? Quizás todo fue un sueño. Tal vez siempre estuve hablando sola.
lunes, 30 de septiembre de 2019
Me gusta cuando llamas. Cuando sorprendes. Al decir algo que no esperaba, cuando parece intimidarte el latido intenso de tonterías que puedo soltar en apenas unos segundos. Me gusta cuando conduces, cuando el movimiento pausado de tus ojos promete que todo va a ir bien. Me gusta cuando inventas cualquier tontería para bromear, cuando improvisas para asustarme o fabricas la broma más sencilla del mundo porque sabes que poco basta para convencerme de imposibles. Y lo haces. Siempre lo haces. Me gusta cuando frunces el ceño pensativo, al borde de decidir cualquier cosa, concentrado, como si fuese la mayor decisión de tu vida esa que estás a nada de tomar. Me gusta cuando no te enteras, cuando haces que no te enteras, y sobre todo cuando no me entiendes. Me gusta que pensemos diferente en algunas cosas, pero me gusta aún más sentir que siempre estoy lejos de convencerte. Que te persuada mi risa ingenua y que te dejes vencer por las ganas cuando nos quedamos a solas. Me gusta que estés tan risueño como yo cuando nos encontramos. Tus abrazos largos, tu lado sensible que nunca enseñas del todo. Me gusta tu manera de tocarme el pelo, tu forma de abrazarme por los hombros cuando dejo mi cabeza entre tu clavícula y tu cuello. Me gusta que no me hayas dicho nada, porque no ha hecho falta que me pidas que me quede para que me ancle. Me gusta porque haces que incluso aquello que madije y pensé que era el mismísimo infierno se parezca un poco más a un camino necesario para verte reír. Me gustas porque es fácil y a la vez difícil entenderme y comprender qué estamos haciendo. Me gustas porque aquel día en el que tenías frío me dijiste que preferías quedarte un rato más mirando al cielo solo por ver lo contenta y entusiasmada que yo estaba. Me gustas porque eres impredecible dentro de tanta cordura, porque nunca paras de moverte, porque tienes ambiciones y sueños. Me gustas porque sé que hay mucho más entre nosotros. Porque la vida son dos días y hoy quiero decir que me gustas, porque haces que muchos de los instantes en los que se para el tiempo en este mundo huelan a ti. Y eso es mucho más de lo que podría hacer nunca nadie.
viernes, 20 de septiembre de 2019
la partida inevitable
Me sujeto la barbilla mientras fijo mis ojos en el lúcido blanco de la pared. Segundos ensordecedores. Miedo en vena y cólera en las manos, que aprieto con fuerza cuando me imagino lo corta que es la vida cuando nos entretenemos viviéndola. Y lo miro a él, hijo de una guerra civil, superviviente. Nunca lo había visto tan frágil, con los ojos perdidos y las manos apoyadas sobre las rodillas. Parece que no me escucha, que me oye, pero que no me escucha. Su mente está tan lejos de aquí, maquinando, pensando en cómo acabará todo. Y yo lo miro, esperanzada, pero con una fe disuelta, con unas ganas de abrazarle infinitas y de decirle que le quiero. Porque nunca le digo a nadie que le quiero. Y él tiene que saberlo. Sujeto mis lágrimas con las pocas fuerzas que me quedan, llevo meses dándole vueltas a esto. ¿Qué pasaría si se fuera? ¿Quién cuidaría de ella? No voy a saber vivir sin él. Creí que sería eterno, como pensaba de pequeña. ¿Por qué la vida nos decepciona tanto y tanto cuando crecemos? Un golpe tras otro golpe. Antes cerraba los ojos, me tapaba con la sábana hasta la nuca y creía que podía huir del mundo. Las estrellas eran infinitos deseos y yo era una valiente más creyéndome una auténtica heroína. Ahora soy pólvora de miedo, instante fugaz secreto de cobardía. Me quedo solo yo, mirándole, deseando lo mejor, sabiendo que la vida va a quitármelo todo en cualquier momento. Dispuesta a no perder lo inevitable. Como siempre. ¿Pero quién podría ganarle un pulso a esto? Si los dados no están en nuestra mesa, si solo soy una espectadora más de una partida absurda de póker. Si yo nunca he sabido fingir, ni mucho menos mentir. Si ya no puedo con tanto miedo, si no sé qué cartas saldrán mañana. Pero le quiero, y mientras yo esté en este mundo, y mientras él se ría de mis bromas, sentado en esa silla, con su batuta azul, todo esto valdrá la pena.
Puede que mañana estés dormido mientras todo ocurre, pero yo estaré contigo. Hombre de hierro y terciopelo, pase lo que pase, salgan las cartas que salgan, yo seré de ti lo que tú has sido siempre para mí. El mayor soldado. Te quiero.
viernes, 13 de septiembre de 2019
523
Siempre he sabido cómo empezar a escribir. A veces era un miedo acumulado en la garganta; otras, reflexiones diarias, o de meses, que algún día consigo fortalecer con letras. Siempre lo he tenido todo muy claro, ya lo sabes. Y quizá ese es mi problema. Cuando tienes objetivos tan claros, cuando sabes dónde se esconden todas las respuestas, las preguntas se vuelven más pequeñas. Y se han hecho tan pequeñas que se me clavan en la garganta. Me contemplo absurda, sin ser yo misma, buscando la excusa de tomarme una más para soltarme. Y luego ni atreverme a intentarlo. Mira que hay que ser cobarde. Mira que hay que tener miedo. ¿Por qué ahora soy así? Me he cansado un poco de esta versión de mierda. No atreverme a preguntarte nada, que se me retuerzan las ganas, que se me clave el silencio. Mirarte las pupilas escondiendo las mías.
Supongo que ni una quinta planta, ni un cielo pintado de sutiles estrellas, ni una cerveza de más fueron suficientes para armarme de valor. Me faltaron ovarios. Los que me sobraron el primer día que te besé. Soy valiente para lo que quiero, pero parece que ya no para asumir riesgos.
Volvería a aquel pequeño rincón cuadrado, volvería a mirar al cielo escuchando tus historias. Volvería a sentirme libre contigo. Una y muchas veces. Volvería a mirarte así.
Pero hasta que pueda decirlo, seguiré componiendo alguna canción tonta. Siempre se me dio mejor escribir que hablar, eso lo sabes muy bien.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
Solo versos estúpidos en prosa.
Dicen, todos dicen, pero nadie habla. Dicen que cuando de verdad te importa algo eres capaz de dejarlo ir, y puede que tengan razón. Puede que dejemos ir aquello que queremos porque no podemos ser egoístas con lo que nos importa, preferimos que nos arda la garganta a nosotros y no a aquellas personas que adoramos, preferimos callar por no herir, incluso exprimir lo que sentimos, hasta convertirlo en nada, hasta hacerlo invisible. Preferimos hacer como si nada, seguir, por inercia, con nuestras vidas, por caminos seguros que nos construimos, que nos crean fortalezas, dichosas zonas de confort de las que jamás salimos. Huimos de caminos salvajes, de construcciones inacabadas, de guerras, batallas, que sabemos que perderemos incluso antes de comenzar. ¿Es por eso que ya no las empezamos? Dicen que si de verdad quieres algo lo dejarás libre. Y de hecho, están en lo cierto. Lo dejamos en libertad, claro que lo hacemos. Lo empujamos a volar alto, lo alzamos con fuerza, reconstruimos -incluso, a veces- sus alas, pero siempre con la esperanza de que vuelvan. Creemos que haciéndoles libres nosotros también lo seremos. Y lo somos. Por eso ya no me verán suplicando un quédate, un quiéreme, un abrázame. Porque si no le nace, porque si la persona que tienes delante no es capaz de alargar el brazo y acortar la distancia que os separa, tú tampoco deberías hacerlo. Pasamos la vida esperando el momento de la batalla y cuando por fin lo tenemos delante, cuando nuestro contrincante se abalanza sobre nosotros y nos regala el primer golpe, nos encogemos como enanos que creen que no podrán con ello. Quizás te repetiré mil veces que puedo con ello, porque lo haré. Te diré que todo está bien, que no duele, que no escuece, que no arde, que he pasado cosas peores, pero la más triste y ansiosa realidad será la de una cama llena de recuerdos, unos párpados húmedos, la esperanza acogiéndome con sus últimas palabras. Nunca seré tan valiente como para mirarte a los ojos y decirte que ojalá te quedes conmigo, ni tan cobarde como para contemplar la huida.
No sé ni qué digo. Hay noches en las que necesitaría sentir que todo es un poco como antes, cuando yo aún era pequeña y fingía que no sabía de qué iba esto. Antes de todo aquello, antes de la versión gélida de ahora, antes de mí.
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