Te miré a los ojos. Te sentí. Me sentiste. Pusiste tus manos en mis hombros, me acariciaste. Y las caricias son las palabras del corazón, esas que sólo se pueden decir acariciando. Ojos color caramelo. Piel color nieve. Un suspiro. Me susurraste algo que no entendí. No prestaba atención a tus palabras, yo ya me había perdido en ti. Jugabas a encontrarme, y tú también te perdías. Como dos locos buscando en una brújula la orientación correcta, el camino ideal. No nos encontrábamos, pero claro, seguíamos buscando como locos. A ti siempre te gustaron los retos, y yo escapaba de toda realidad.
Sólo buscaba tus labios. Tus besos eran droga, y eras tú todo aquello que deseaba.
Te miré, te miré, te miré. Me miraste. Y supimos mucho más de lo que dijimos. Y sentimos mucho más de lo que explicamos. Y...recorrimos más camino del que creíamos.
Pero como todo loco, perdimos un día el rumbo...y ya no volvimos a jugar a buscarnos.
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