domingo, 21 de noviembre de 2021

Tonterías

 En realidad no importa el tiempo que pase, siempre siento que en algún momento estoy al borde del abandono. Como si al marcar tu piel una sola vez con un adiós punzante estuvieses condenada para siempre a esperar (casi con certeza) el momento en el que vuelvan a herirte. 

Nada nos deja intactos. El dolor nos hace crecer, pero también nos enseña nuestras mayores debilidades. Y una vez las conocemos, es difícil alejarnos de ellas. 

miércoles, 13 de octubre de 2021

Y esta vez

 Dicen que cuando somos felices no escribimos tanto. Por eso escribo tan poco, quizás. He llegado a desconectar. Pasó que te conocí y hemos llenado cincuenta metros cuadrados de ilusiones. Pasa que hace más de seis meses que me cambió la vida. Pasa que pasaste. Y entonces pasé yo también. 

A veces te miro y me pregunto en qué momento has cambiado tanto todo lo que yo conocía. Lo has hecho despacio, a la velocidad de un rayo, pero despacio. Con cuidado, como me has tratado siempre. Recuerdo que en la segunda cita, comiendo en aquel restaurante, te dije que no me fiaba un pelo de ti. Parecías tan seguro que pensaba que algo malo había detrás. Dijiste No te puedo convencer de nada, el tiempo lo dirá. Y vaya. Ese día nos besamos, los asientos traseros quedaron pequeños. Solo fueron cuatro besos. Sin embargo ese día sentí que ya no quería despegarme de ti. La próxima cita me la tendrás que pedir tú, dijiste el día que nos conocimos, mientras cerrabas la puerta del coche. Ahora me arrepiento de haberte dicho eso. ¿Y si no me escribes más para vernos? Reí. Llovía a cántaros. Lo recuerdo. Aparqué sin saber que ya no habría marcha atrás. Seis meses después, escribo estas letras desde nuestra gran cama, en nuestro acogedor piso, en esta gran ciudad en la que nací. Siento tu ausencia aquí, tu olor está por todas partes. No sabes lo que odio que trabajes de noche, dormir sin ti. Cada rincón sin ti parece un poco más vacío. Sé que cuando te enseñe estas letras te reirás de mí y me recordarás lo enamorada que estoy. Como si yo no lo supiera. Crees que no, y soy consciente de la risa que se me escapa cuando cantamos juntos en la cocina. Te miro como si fueses un milagro, y ya sabes que yo no creo en nada que venga del cielo, pero tú llegaste y me devolviste cosas que ni siquiera sabía que me habían robado. Sé que no será fácil porque nada en la vida lo es, y si algo he aprendido todos estos años es que las relaciones son un conjunto de muchísimo amor y también mucho trabajo. Trabajo por mejorar, por comunicar, por hacernos crecer.

Te elegí. Lo hice. Y te juro que no fue a conciencia, pero ahí estaba yo, parada frente a ti, dándote las llaves de mi coche: ¿Quieres meter el coche en la playa? Pues ten, las llaves. Yo no voy a hacerlo. Te reíste. Ahora no lo recuerdo, pero seguro que dijiste algo así como qué atacada. Y te seguiste riendo. No te lo podrías creer, supongo, haberte cruzado con alguien con las mismas ganas que tú de arañar la vida. Ese día hablamos de todo y de nada, y te toqué la chaqueta granate cuando te ofrecí meternos dentro del coche. Hacía frío, aunque fuese abril, y llovía a mares. Recuerdo las gotas en el cristal, tus bromas sobre el micrófono manos libres del coche y tu teoría sobre que yo era una periodista espía. Hablamos de Platón y me enamoró perdidamente que te interesase la literatura y la filosofía. No suelo tener estas conversaciones con nadie más. En ese momento no te creí porque no te conocía. Aquella noche te dije que me había encantado estar contigo. Tardamos solo tres días en volver a vernos. Qué bien hicimos en no besarnos aquella tarde. Siempre lo dices. Qué bien que nos tomásemos el tiempo de ir despacio. Yo me río cuando dices que hemos ido despacio. A las tres semanas de conocernos nos estábamos yendo a Vall de Núria juntos y conociste a mis padres. Un mes después del primer beso estábamos cogiendo el coche doce horas. Conducías hasta Granada y cantábamos canciones que no he borrado de mi lista de reproducción. Todo ha pasado tan rápido y a la vez siento que nos hemos podido conocer tanto...De vernos tres veces por semana a vernos casi a diario, de vernos a diario a vivir bajo el mismo techo. 

Hablamos de casarnos algún día. Y no te creo. Hablamos de formar una familia. Y no te creo. El trabajo más duro que he tenido que hacer contigo es el de creer que quieres compartir una vida conmigo. Supongo que por mis precedentes, por no haberme sentido valorada antes, por no querer lo mismo que las personas que iban cruzándose en mi camino. Hablamos de todo. Y lo mejor de todo es que todo lo que hablamos se acaba cumpliendo. No sé cómo decirte que te quiero, ya. No hay más maneras. Te dejo mensajes en la pizarra, antes de irme a trabajar. Perfumo la casa, te abrazo cuando llegas antes de las ocho de la mañana aunque esté dormida. Y lo más grande es que recibo eso mismo por tu parte. Muerto de sueño, me tocas el pelo hasta que me duermo en tu pecho. Y te encanta tener mi cabeza cerca de tu corazón. Sé que me tocas la guitarra con ilusión y fuerza, y abrazas mi pasado aunque te haya contado todas esas partes punzantes y dolorosas. 

Te has abierto a mí, me has desnudado y te has desnudado. Yo ya no quiero esto con alguien que no seas tú. Sé que solo tengo veinticinco años, pero también sé que tú no vas a ser un error. No sabes cuánta paz me da que me quieras tanto, pero sobre todo, que me quieras tan bien. 

Algún día será una casa más grande, tendremos cosas con las que ahora soñamos. Pisaremos Cuba en tu treinta cumpleaños. Te amaré con cada rincón de mi piel. Sabes que nunca hablo en vano. Y esta vez tampoco.

sábado, 28 de agosto de 2021

Si pienso en ti siento que esta vida no es justa. Eso cantaba Amaral. Llevo repitiendo ese estribillo toda la vida y no lo he entendido hasta hoy. Qué injusticia más grande. Qué ironía incompleta. Qué pasos de gigante. Qué pena la pena. No sé nada de mí y me conozco tanto, que pienso en si alguien podrá conocerme. Soy como un gran sueño metido en un zapato, deseando cruzar mares y carreteras, condenado a apretarse y andar al son de una suela. Solo es eso, finjo. Finjo que piso fuerte, finjo que sé dónde voy , y lo cierto es que me da mucho miedo tropezarme con las mismas piedras de siempre. 


No es justa. Pero bueno, nada lo es. Y hoy no vamos a hablar de eso, ¿no?

lunes, 12 de julio de 2021

J

 Han pasado 3 meses desde que te vi. Chaqueta de pana roja, un ala en la oreja izquierda. Llegabas como si nada y te fuiste como si todo. Fue el 7 de abril, era un día lluvioso. Nos tuvimos que encerrar en el coche porque el aire me estaba haciendo llorar.

"Tendríamos que haber metido el coche en la playa". Me reí. "Yo si quieres te dejo las llaves y lo metes en la arena". Reíste a carcajadas. Parecía absurdo, pero hablamos del concepto del carro alado, de la filosofía nihilista de Nietzsche y del mito platónico más famoso de la historia. No cupimos en ninguna caverna, ninguna sombra fue capaz de acabar con la luz que salía de tus ojos. "Sé que te dije que la próxima cita me la tendrías que pedir tú, pero ahora me arrepiento. ¿Y si no me dices de quedar? Yo quiero volver a verte". No me esperaba tu sinceridad, ni tu risa, ni tus manos grandes. Ni esa confianza que salió de la nada y vino para quedarse. Cuando te bajaste del coche tuve la sensación de que no sería la última vez que te viese. Y aquí estás, cien días después, comiendo con mi familia los domingos, instalado en mi corazón, con vistas al mar. Y aquí estoy, habiéndome dejado llevar, cayendo rendida a tus pies, recuperando una fe ciega en el amor que perdí cuando me hice atea en la religión más peligrosa: la esperanza.
Hablamos del futuro y me parece cerca, vas de frente y no me ocultas. Me incluyes y me meces, me recoges en tu moto y me compras termos para que sobreviva a turnos de 12 horas. Llevo tu inicial en un colgante para recordarme que estás aquí conmigo. He roto con todos mis "nunca", le he echado un pulso al pasado y he salido victoriosa. Y todos esos miedos, las habitaciones polvorientas, las personas que nunca me quisieron, todo eso, quedó lejos con el primer beso. Tenías razón, en aquel restaurante lo dijiste: " acabarás loquita por mí". Qué engreído, pensé. Pero, cariño, no te estabas equivocando.

De 100 días te he visto más de 70, hemos planificado vacaciones y te dediqué un libro el día más bonito del año.
No sé en cuánto se mide la emoción; o si somos, los humanos, algo más que tiempo. Pero sí sé lo que quiero. Y te quiero a ti. Teniendo eso claro, ¿qué más da el resto?

jueves, 8 de julio de 2021

 


Nunca entero, siempre a medias. Nunca lo que merezco, aunque no lo merezca. Un laberinto absurdo, donde los puñales revoloteaban cerquita. Aquí en el pecho, ardiendo, a secas. No supe ser diferente y me vi donde siempre; tenían razón: no se avanza si caminas dando pasos atrás. Es como querer empezar por el final y no saber por dónde iniciar tu historia.
Nunca entero, siempre hay una parte que no existe.
Yo no existo.
Apenas me importa.
No sé ser, no me escucho, no me entiendo, no me aprecio ni me busco.
Abren cajones que procuré cerrar bien, y los fantasmas amenazan con manifestar esas partes rotas de mí que procuré que nadie volviera a ver.


He cometido el mismo error.
Otra vez.
Ya se me pueden llevar los demonios, a final de cuentas no le tengo miedo a nada.
No suelo tener nada que pueda caer más abajo.
Otra vez.
Ya es residente permanente, la duda.
Nunca hay apuesta segura en esta casa de llantos. Simulación de ruleta rusa.

Apenas canto. 

viernes, 14 de mayo de 2021

Granada

 

10 horas y media concentradas en un cóctel de rumba, gritos de ilusión y carcajadas. Son 21 en total, pero parecen pocas. La ciudad nos acoge y nos arropa, cuando camino por esas calles siento que hemos estado allí antes, aunque sé que yo jamás las había pisado. La lluvia se despide y bajo un barato paraguas nos alejamos del centro. No cabe más ilusión en mi rostro cuando contemplo desde el mirador de San Nicolás la inmensa Alhambra. Nunca he vivido un lunes con tanta intensidad, nunca he madrugado con tantas ganas, ni he escuchado tan cerca cómo alguien (me) canta (al oído). Pasa tan rápido que intento hacer fotografías mentales a cada pestañeo, pero es imposible capturar el aire, las flores, tu olor. Me quedo con esas tres noches de confesiones: la primera, bajo una luz tenue en un bareto árabe, con dos copas de vino tinto (que nos parecía fuerte, hasta que nos llenamos del falafel y decidimos que era un manjar de los dioses). Te confesé que me daba miedo y te pusiste triste porque afirmaste que querías cuidarme. Yo te hablé de las fronteras, de las absurdas barreras y mi coraza de mentira; tú te viniste tan arriba, que en el momento más álgido de la noche, te faltó poco para decirle al camarero que cenara con nosotros. Nos llenamos la panza de té de frambuesa; el postre nos lo comimos en la habitación, tras dejar el coche en medio de la nada. La segunda noche la pasamos en una terraza del Albaicín, con dos Alhambras en mano y unas hamburguesas que tardamos siglos en devorar. Aquella fue la noche en la que bajaste la guardia: Después de esto, ya puedes deshacerte de la coraza. Y me hablaste de ti, del pasado, de los rotos, los huecos y las taras. Y respiré tranquila, no porque tu dolor me consolara (nada más lejos de la realidad), sino porque entendí tus grietas y me diste menos miedo. Aquella noche caímos rendidos, pero la pasión nos abrazó con fuerza. La tercera fue la mejor: la noche de despedida, las tapas perdidas cerca del mirador, las muchas cervezas y esa copa tan grande de vino que culminó y nos sacó los colores. Comimos dulces mientras contemplábamos uno de los artes que nos une: la música. Es por bulería. Te miraba de vez en cuando y la ilusión escrita en tus pupilas me contagiaba. Mirabas con inocencia, como un niño sorprendido cuando tira la primera piedra al río y la ve dibujar círculos en el agua. Nos brillaban los ojos, te cogí alguna vez la mano. Aquella noche me dijiste: te estás enamorando. Y aunque nunca te dije que sí, tampoco te dije que no, porque una parte de mí se sentía una pizca más blanda. El vino, la música y tu voz nos regaló una vuelta al hotel bastante animada, y de camino al coche, me enseñaste a tocar las palmas. Me cantaste en el oído y con una patada flamenca, escribiste en aquella noche el recuerdo de un día perfecto. Si sales a cantar al escenario con ellos harás de este viaje algo inolvidable. No te hizo falta subirte al escenario, ya no olvidaré cómo me cogiste antes de bajar las escaleras, me agarraste con fuerza las piernas y a horcajadas te besé. Ay, que te estás enamorando...Lo de la coraza es más falso...

Tampoco lo negué. Esa noche fue el amor el que nos hizo a nosotros. Tus ojos, desde abajo, tu caricia honesta. No sé si lo dije en voz alta, pero a mí también me encanta estar contigo. 

Me jode admitir que bajé por unos segundos la guardia, pero ya dice Marwan que es mejor no abrir al amor con la cadena echada, porque después echamos de menos lo que nunca pasa. Decidí, en aquel momento, o quizás fue mucho antes, en el ataque de risa, al ver el toro en la montaña de lejos, que ya no pondría barreras entre nosotros. Pisé Granada ya sabiéndolo. Volví a Barcelona entendiendo que no me dejaría llevar más por el miedo. Esas tres noches han abierto habitaciones que había cerrado con llave hacía mucho tiempo. Y es normal que te entre el vértigo al asomarte a lugares en los que tanto habías sufrido mucho antes.


Gracias por decirme- sin decírmelo- que no deje puertas cerradas en este pequeño habitáculo. Y por dejar así que entre la luz. Y sí, tenías razón, ya me has descubierto. Soy una jodida cursi. 

miércoles, 5 de mayo de 2021

Ser feliz...

 Un mes después aquí estoy, serena y sin calma. Preguntándomelo todo, temiendo respuestas. Yo nunca he sido de las que se lo piensan, siempre me até bien las cuerdas, rodeándome la cintura, antes de saltar al vacío. Sabiendo que mi alma kamikaze iba a disfrutar del desafío, arañando la vida, agarrándome a la incertidumbre. He necesitado kilos de entrega, puñados de desencanto y más de 500 noches de escritura para sentir, por primera vez en mucho tiempo, que no debo bajar la guardia. Cubrirme los ojos con las manos, como diría La Oreja de Van Gogh, y ver entre mis dedos lo que tengo delante. ¿Cómo sentirse libre en nuestras decisiones cuando habla nuestro dolor? Se proyectan en los demás nuestros miedos, los vestimos con los monstruos de nuestro pasado, les achacamos comportamientos que no han tenido, dolores que no nos han causado, para no reconocer que estamos muertos de miedo. Juzgamos mal y pronto, nos revolucionamos y nos lanzamos al vacío. Tengo miedo. Estoy muerta de miedo. Quiero que me salven de tomar decisiones, a la vez que siento ganas de tomarlas. Vuelven a mí fantasmas del pasado en forma de susurros que me aseguran que va a volver a pasar lo mismo. ¿Cómo les digo que no quiero saber nada de ellos? ¿Cómo les explico que lo mismo suena a desdén y delirio? 

Ahora que estoy mejor que nunca, que me amo y me miro al espejo orgullosa, ahora que levanto la cabeza y ya no agacho mi flequillo cuando cruzo carreteras, ahora que siento alegría plena, me da miedo que alguien pueda hacer temblar mis cimientos y yo sienta que no vale la pena luchar por una guerra que nunca me perteneció. Ya no soy la mujer de las mil batallas, ni ese soldado caído que espera, porque ante la magnitud de aquello que no llegaba nunca yo acabé yéndome donde siempre. Y el puerto está cansado de que lo pise con las suelas viejas de unas victoria, y esas rocas están hartas de verme escribir durante horas; la gente me compadece si ahogo mis penas en el mar de la ciudad que me dio la vida, mi guitarra aún llora cuando le hablo de mis sombras. Sé que ella tampoco superó nunca las partidas, las huidas, la supervivencia. Me vio rajada, rota y desgastada; fingiendo, gimiendo y llorando. Me vio feliz, como nunca nadie me ha visto, sosteniéndola entre mis brazos como aquel que cuida de delicados lirios. Aquella noche la bañé de Elvis, la vestí con locura, y no me arrepiento. 

Dios - si está ahí, cosa que dudo - lo sabe. Habría matado por tocar en nombre de Elvis muchas noches más. Pero fue todo un sueño soñado, desperté rápidamente, sucumbí y me quedé con la pena en el pecho clavada. He necesitado cambiar de guitarra para dejar de llorar. Y eso solo lo saben estas cuatro paredes que me refugiaron tantos años de tantas cicatrices. 

No construiré más puentes. No puedo. Creo que iré nadando, la próxima vez. O remando.




No quiero tener que pasar por nada de aquello de nuevo. Quiero - y qué básico va a sonar este deseo- ser feliz.


martes, 4 de mayo de 2021

Como si un presentimiento me acogiese,

dejo el peso muerto en esta cama.

No sé qué busco tanto en ese techo

ni sé por qué me mira mi pasado.


Creo que tengo miedo y no confío 

porque en el momento en que baje la guardia 

volverá a mi piel el eterno desafío 

de reconocerme en el reflejo de una extraña.


No sé si puedo decepcionarme de ese modo 

de nuevo 

de siempre

de mí,

de esto.



lunes, 5 de abril de 2021

A medias no.

 Y me has dejado esperando en la calle de siempre, con menos ganas que nunca. Ya no rezo por que aparezcas, sé que no vienes nunca. Ya no me obsesiona abrazarte, tu abrazo no es tan fuerte como mi loca manía de acariciarte la boca. Ya no te espero, tú sigues pensando que sí, pero ya no pasa nunca. Y mientras se te olvida regar mis oídos, otros matan monstruos por mis besos. Y mientras tú ignoras mi voz, otros escuchan una y mil veces mis audios a deshoras.


No me vas a ver yéndome, pero llegará un día en el que vas a notar mi ausencia.

Y entonces sí podría escuchar que me pides que vuelva. Aunque lo cierto es que tu voz ya no será tan fuerte como mis miedos, y hablarán ellos por ti, rechazarán tu oferta mientras cierran la puerta y te piden que si no vas a quedarte de verdad, a medias ya no vuelvas.  

domingo, 4 de abril de 2021

Me vas a tener que perdonar

 Puede que sea una despedida. La que nunca he llegado a verbalizar, no por falta de valor; sí de fuerzas. Después de abrirte mi corazón, me encontré con la razón cerrándome las puertas. No pude asimilar que me tuvieras justo delante y no hicieras más que mirar (siempre de reojo) sin decir palabra. No hablabas, no podías, no decías absolutamente nada. Era como si el mundo se hubiera parado y tú tuvieses todas las respuestas, como si aun sabiendo que eras el único que podía salvarnos decidieras, a conciencia, no hacerlo. En el asiento copiloto indagando en mi cabeza, buscando encontrar respuestas sin atreverte a hacerme las preguntas. Nunca has sabido qué elegir porque te han dado miedo todas las respuestas. Mi fin te asusta. Mi silencio te condena. Mi amor te inquieta. Mi cariño te tambalea. Mi despedida te mata. No puedes despedirte de mí porque sentirías que estás dejando ir algo que nunca vas a encontrar del mismo modo. Habrá algo mejor, diferente, peor...pero no será del mismo modo. No habrá nacido tan fácil ni habrá crecido de forma tan compleja. No será enérgica como nuestra fuerza cósmica ni potente como nuestra química incuestionable. No será la doble ene inquebrantable, ni se disfrazará de amistad. Te acojona quererme pero también quedarte sin la complicidad en una mirada, la tensión gigantesca creciéndonos en el pecho al dormir pegados, las cremas de noche que te pongo a modo ritual antes de irnos a dormir. Te asusta tenerme pero también perder mi risa aterciopelada acariciando tus temores o mis bromas absurdas que ni a mí me hacen gracia. Te costaría vivir con el peso de saber que hay historias que comienzan sin que lo pretendamos, pero más te costaría admitir que me has dejado escapar por el maldito miedo.

Por eso me planto. Porque yo también tengo miedo, ¿sabes? A mí también me han jodido, pero dudas no tengo. Sé lo que quiero y me asusta quererlo, me asusta quererte y aun así aquella noche te lo dije con el pecho descubierto. Perdí. Sé que perdí. Sé que si quisieras, todo habría sido diferente. Y el hecho de que no lo sea, es una respuesta.
Lo que no puedo aceptar es el amor a medias, ya he tenido eso y pesa demasiado. No se puede intentar llevar el peso de dos en una sola espalda.

Y por fin he entendido que esta no es mi guerra. No quiero librarla.


No puedo.
Me vas a tener que perdonar, pero es mejor que me vaya.

sábado, 3 de abril de 2021

Si quisieras estar, estarías

 Es fácil.  Ya sé que dirás que no, que soy demasiado rotunda, que lo tengo todo demasiado claro siempre, pero es fácil. Si quisieras estar conmigo, estarías. Te saltarías cada norma y le darías la espalda a cada miedo. Lo harías. Me cogerías del brazo para retenerme, y una vez me tuvieras de frente, me romperías los labios de un beso relámpago. Destrozarías los esquemas y rozaríamos con la piel esas sábanas que nos han sentido ya antes. Nos fundiríamos y nos saldrían alas. Yo te elevaría al séptimo desliz y tú me quemarías con el fuego de tus ojos. Esos tan claramente oscuros. Esos tan llenos de mí y de ti. 


Dices: "Ahora nuestro ejercicio".



Parecía que compartíamos algo. 

Pero solo lo parecía.

martes, 30 de marzo de 2021

Confesiones

 ¿Qué me dirías si no tuvieses miedo? Eso me pregunto mientras te haces el loco y bajas la mirada para posarla en tus deportivas verdes. No me lo puedo creer. Tú que siempre miras hacia el cielo, tú que siempre vas de frente, de repente te intimida la verdad. Te insisto y dices cosas que camuflan lo que en realidad quieres decir, pero acabas sucumbiendo a la certeza y admites que ves cosas en mí que antes no podías ver. Me gusta como eres. ¿Y desde cuándo? Me pregunto. ¿Y por qué? Me repito. ¿Por qué te has dado cuenta ahora? O, ¿por qué si estaba ahí no has sabido decirlo? Te descifro mientras reconoces que no se te da bien esto, pero, ¿y a quién sí? Compartimos media risa en el coche, una confesión a medias y un "quiero conocerte". Te digo que ya nos conocemos y me repites que no es solo algo físico, que es diferente. 

Me gustaría entenderte. Me gustaría que pudieras atreverte. Me gustaría que fuese fácil.




domingo, 21 de marzo de 2021

Niño grande

 Es gélido al principio, hasta que confía ciegamente en ti. Entonces deposita su cariño en pequeñas dosis, con gestos sencillos. Te toca el pelo, te coge del brazo, te acompaña en silencio. Hace de las suyas. Golpea las puertas del metro cuando se baja para que todos te miren y te avergüences. Y se marcha riendo, como el pequeño que, después de hacer su travesura, es capaz de contemplar la risa ajena. Es un crío cuando olvida su parte de tierra (y pasa menos de lo que te gustaría).

A veces te hace sentir inestable, sobre todo cuando se pone frío y distante. Se gira con delicadeza, como si no acabara de entenderte, y se concentra en sí mismo.
Se esconde porque tiene miedo. Su infancia fue demasiado frágil, su futuro es demasiado inminente, no está dispuesto a asumir riesgos.
A veces sientes su mirada, sobre todo cuando tú no estás mirando. Se clava en ti, te analiza, te exprime hasta entenderte. No dice nada, pero se queda contigo. Él siempre se queda contigo. Aunque no puedas entenderlo.

viernes, 5 de marzo de 2021

 

Hoy hace dos meses que todo terminó. No es que lleve la cuenta, pero una parte de mi cuerpo siente cómo pesa el tiempo y va haciendo números. Sé que lo peor ya pasó, aquellos días extraños en los que no tuve noticias tuyas, ni tú tuviste de mí más que las cuatro fotos que subí con el fin de que pudieras mirarlas. 

Al principio fantaseaba con la idea de que volvieses, creía que en el fondo podrías echar de menos alguna pequeña parte de mí. Insignificancias como mi risa, mi sentido tan malo del humor o mi voz entrecortada. Quise creer que pasaría, sabiendo, en el fondo, que no lo harías.

Quiero seguir escribiendo, pero no me sale. Hoy es uno de esos días, ya sabes. 

Tampoco he puesto música ni he cantado en la ducha. Cómo tengo que estar, ¿no? 





Es absurdo que esté aquí pensándote y tú hayas olvidado mis señales. 

No quiero que pase más. 

Ya me gustaría

 Es casi inconsciente este pensamiento recurrente que me atraviesa. Me cuento y les cuento que no es para tanto y lo cierto es que soy dos p...