martes, 28 de junio de 2016

Conceptual.

Pretendo escribir todo lo que no puedo convertir en palabras. Será porque estoy afónica, será porque me he caído o simplemente porque echaba de menos las noches en las que me sentaba en ese balcón a escribir. Sea cual sea la razón algo me ha hecho empezar otro folio en blanco. Sea como sea, estoy aquí. 


· 


Antes he cogido una colilla del suelo solo para tener algo en las manos. Parecía que el aire me era insuficiente y sentía unas ganas asfixiantes de salir corriendo de aquí. Cuando digo aquí, digo del mundo. Todo parecía desolado y triste, como nublado, y eso que el sol aún marcaba sus pasos en el cielo. Pero yo parecía encadenada a algo que no existía, algo que estaba en mi cabeza. Quizá no somos todos tan buenos, tampoco serán tan malos. Quién sabe. 
Me he recorrido la ciudad en busca de respuestas sin ni siquiera llevar planteadas las preguntas. Me he sentado en tres sitios distintos para sentir que pertenecía a algún lugar y tampoco ha funcionado.
Me he sentido, más que abandonada, perdida. Y hacía mucho que no me sentía así. 
A veces creo que llevo una mochila gigante, que la cargo en mi espalda, y que cuando decido dejarla para descansar alguien decide llevársela. Entonces empiezan las malas palabras, los desengaños, la decepción, la cólera, la presión, el forcejeo, la tensión, el enfado y, por último, la infinita y absoluta tristeza. La tristeza de sentirme sola, de sentarme sola, de llorar sola. La tristeza que pica cuando te atraviesa el estómago y se te cuela en el corazón. 
No sé si alguna vez habéis tenido esa sensación. Como cuando sabes que estás muy triste porque sientes que el corazón se relaja un momento; notas como la calidez de las lágrimas, aguardando en tus ojos, se traslada al pecho y de repente, lates a cuarenta grados. 
En ese momento sabes que algo va mal en ti.
Me he desplomado en la cama como si tuviera cinco años y pesara cincuenta kilos menos. Absurdo, ¿no? Me he tapado los ojos y cuando he retirado las manos seguía en el mismo cuarto, rodeada de las mismas cosas, en la ciudad de siempre. Entonces he comprendido que ya no vale esconderse, que cuando tienes miedo eres débil, pero que por defecto, todos tenemos miedo.
Y crecer es aprender a ver que, a veces, no tenemos cojones a afrontarlo. 
Últimamente todo hace eco, me he sentido desplazada y llevo un hueco en el pecho enorme. Quizá porque sigo sin encontrarme, quizá porque nunca he existido, o porque estoy tan acostumbrada a hablar conmigo misma que siento que solo yo me conozco. No tengo ni idea de qué ven los demás cuando me miran.
Pero no voy a llorar, porque ya no tengo cinco años. Porque ya no soy esa niña que temía a la oscuridad, porque ahora mis monstruos ya no se esconden debajo de la cama, sino en partidos políticos y en sociedades estúpidas seguidoras de masas. Porque ahora vivo en el mundo real; y da asco. 
He encendido hasta la tele, y mira que no me gusta, pero quería ponerle banda sonora a este vacío que noto en el cuarto. Sentía que si ponía la tele no iba a sentirme tan sola y lo único que ha hecho ha sido alentarme a escribir. Y aquí estoy; en este momento me recuerdo tanto a la chica de quince años, cuya vocación era ahogarse entre las letras y apellidarse libertad... 
Qué lástima que lleve unas cuantas cicatrices encima. 
Y que ya no crea en las personas.
Y que el cielo haya cogido tantos tonos grises.
Con lo bonito que parecía el naranja entre esas nubes.














No puedo escribir más.
Siento que dejo algo a medias
pero mi vida es así en general

y qué coño,
en particular.



Hasta siempre, palabra.
Tengo la sensación de que nos veremos pronto. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Mundo

Ojalá por un momento
-solo por un momento-
se apagaran todas las luces del mundo
se camuflaran en el olvido
todas las palabras incalculables.

Ojalá el silencio fuera
todo aquel ruido de la verdad.

Y yo, sentada en este balcón
con las piernas colgando,
tecleando estas absurdas palabras
fuera testigo del mejor fin del mundo:
El principio.




Supongo que el silencio es todo lo que deseas
cuando todo lo que tienes alrededor hace ruido.
Hasta yo,
hasta tú
hasta mí,
hasta ti.










Mundo, cállate
esta noche pienso ser yo misma
así que déjame a mí ponerle la banda sonora
a mi libertad.



domingo, 29 de mayo de 2016

¿Sabes ese momento en el que eres consciente de toda esa presión que has estado acumulando hasta entonces? Llevo dos veranos sin verano. Llevo dos veranos trabajando. Llevo dos veranos medio perdidos (por suerte he sacado cosas buenísimas de ambos). Este verano va a ser diferente. Dentro de dos semanas voy a volver a respirar, a disfrutar del sol, a olvidarme de las obligaciones.
Solo yo,
mi guitarra,
el aprendizaje,
la música
mi voz,
mis letras
mi escritura
mi canal de youtube abandonado,
mi piel morena (esperemos)
y la mejor compañía.
Y bueno, un poquito de inglés.




Hola, verano, te espero con ganas.
Estamos a diez días. 
Estamos a nada de tenerlo todo.


Serás bienvenido.


sábado, 30 de abril de 2016

Quién será el loco que lo entienda.

Tengo la extraña sensación de que alguien me sigue, pero no me doy la vuelta. No pienso girarme, no debo girarme. Exhalo mi silencio y lo consumo. Golpes de recuerdos matemáticamente colocados para que duelan el doble. Trepo por el árbol del silencio y me bebo sus copas. Quizá así se apague antes el zumbido que se me ha pegado a la oreja. Es interminable el sendero de palabras que no significan nada y lo quieren decir todo: Miedo, angustia, ansiedad, laberinto y pánico. 
Todo en el mismo lugar,
bajo la misma luna,
bajo el mismo rincón de esos traumas que dicen que te llevas de cuando eres pequeña.
¿Y yo? ¿Dónde escondo esos miedos?
Si todos creen conocerme y nadie acaba sabiendo qué soy.
Si hablo tanto que no digo nada. 
Trepo,
llego más arriba,
más,
más
un poco más
-casi estoy en la cima-
yo puedo,
me digo,
siempre podré,
me miento,
resbalo.
Último segundo,
movimiento decisivo,
alargo el brazo derecho, me impulso con el izquierdo,
y
caigo. 
El golpe no duele nada comparado con la sensación que se me ha pegado en la columna vertebral. La sensación de estar al borde de no conseguir nada pudiéndolo haber tenido todo. 
Me castigo otra vez,
por si acaso mis manos tuvieran la culpa
y en el fondo sé que mi castigo es merecido.
Agacho la cabeza, como un perro abandonado, como un perro mojado
una noche de abril, bajo cualquier feria barata donde la gente sólo sepa reír. 
Cerveza a modo de distracción, cómplice del humo de todos los que me rodean. 
Sigo arrepentida por todo lo que no he podido ser,
todo lo que he sido
y todo lo que jamás conté.
Me arrepiento solo de no haber tomado decisiones
aunque las peores decisiones sean primer motivo de arrepentimiento.
Y me lamo las heridas,
por si volvieran aquellos días
en los que el sol brillaba con más fuerza
y alguien decía tienes vida en esos ojos, que cortan el aire y devuelven la paz.
Ilusa.
Imaginación.
Tópicos rotos bajo los deseos de una veinteañera con ganas de volar para poder escapar lejos de todo lo que ha conocido hasta ahora.
Mundo insuficiente
desolado
y roto
que me rajas el sentido
y me devuelves el eco de una chica que ya no soy yo.
No te quiero,
mundo,
no te quiero.
Mundo que matas en nombre de dioses que jamás bajaron a defendernos,
mundo que no cree en el amor pero se empeña en encontrarlo
mundo que rompe promesas y las vende baratas a la desesperanza,
mundo que desconsuela hasta al hombre con mayor acto de fe,
mundo donde ya no cabe gente verdadera
mundo donde sólo viven cobardes que fingen un eterno carpe diem
que no es más que mentira clavada en la piel. 


Dime dónde está mi sitio
si sólo me encuentro 
cuando no estoy en el lugar que me pertenece.
Sólo cuando salgo de ese vínculo estrecho con mi pasado
sólo cuando soy yo, 
en soledad,
conmigo misma,
sé quién soy.

Los demás intentan mirarme a los ojos
adivinar
qué dolor escondo tras cada rayo de luz que me baña la risa
qué es lo que me hizo feliz
lo que me jodió la vida
lo que me hizo resurgir. 
Y mientras ellos intentar adivinar qué me ha hecho ser quién soy
yo solo me miro al espejo y me pregunto
qué seré
cuando los demás descubran
quién soy.













Seguramente pólvora
O quizá jamás llegue el día.



Mientras tanto,
el espectáculo debe continuar.

viernes, 8 de abril de 2016

A mi gloriosa manía de tirarlo todo por la borda. Al universo, que está en contra.

Quizá menos sensata que entera,
 sacudiéndome las heridas con alcohol del malo,
pero ya sin ponerle precio a la conciencia,
relajándome en la arena después de tantas tormentas,
sin encontrar la paz en ninguna huella. 
Tan incoherente era la lógica aplastante
que me derrumbó
que me tiraste antes de darte cuenta
por el agujero negro de todas mis señales.
Te prohibo tener recuerdos, Noelia
por si alguien los utilizara en contra un día
y llamase experiencia a los errores
que sólo son la decadencia de un pasado desafortunado. 
Quizá si entonces
hubiera habido alguien
que dijera algo más que
todo pasa
todo habría sido diferente.
Ya sabía que todo iba pasar, porque todo pasa,
y el tiempo es oro y verdad.
No necesitaba que nadie tirase de mis fracasos,
yo sola ya sostenía la guitarra de las composiciones rotas.
No hacía falta romper más cuerdas,
no hacía falta.


De veras que no sé si entender lo que he escrito, 
quizá entenderlo dolería más. 


Así que esta noche voy a dejarlo aquí
porque no puedo- ni quiero - más. 








Quien tenga buenas noches, que las tenga.
Algunos vivimos solo noches.



Todo depende
de la decadencia
del universo
y el momento 
jodidamente
imperfecto
en el que te encuentres.

Del resto que se ocupe la mente capaz de descifrar lo que acabo de vomitar en forma de letras. 
Hasta parecería poesía,
en otra vida, claro.




domingo, 20 de marzo de 2016

No sé ser yo cuando soy.

Círculo muerto de las mil versiones de mí que nunca se han parecido a quien soy.

Me detesto al lamerme las heridas,
supongo que es parte de esta vida,
perder las piedras que marcaban el camino de vuelta a mí misma.

Lo más curioso es que no sé si fue cobarde o no bañar mi estupidez de poemas, sin declararme culpable de mi inocencia. Aun sabiendo que si nadie sabía quién era nadie me querría jamás por la verdadera.

La que no existe fuera de sí misma.
La que no me devuelve la mirada en el espejo,
ella.

viernes, 12 de febrero de 2016

Angustia.




Me abrazo a la eternidad. Entonces de repente saludo a mis miedos. Me arden las mejillas.
Silencio.
Caigo en picado, rápido, más rápido incluso que lo que habría esperado.
Me golpeo fuertemente contra el suelo y se me parte el alma en mil trozos. De estar viva me habría dolido demasiado. Suerte que las cicatrices del pasado están ahí para abrirme las heridas.
Empiezo a temblar como si fuera una niña asustada.
Jamás había sentido tanto miedo. En el pecho retumban los ecos de un adiós. Me veo en la estación de un pasado, esquivando a un futuro, evitando un presente. Sin saber dónde dejar el equipaje.
Recupero la conciencia. Maldito momento de realidad. Me levanto.
Me sacudo los hombros y de mi piel caen virutas de polvo de estrella.
Comienza a arder cada parte de mi ser que me pide irme lejos.
Ahora estoy anclada.
Hay gritos, la gente alza la voz, el silencio me pide tregua. No se la doy. Y grito. Grito mucho, me quedo afónica, la angustia me recorre el estómago hasta desembocar en mi garganta.
La voz de repente desaparece. Y solo estoy yo, con la boca abierta, chillando silencios.

Una oleada de recuerdos me invade la mente y caigo de nuevo, de rodillas, al suelo.
Ahora miro al cielo, casi esperando una señal.
No
No
No
No.
No puedo más.
Un nuevo silencio alborota la sala, se vuelve casi incómodo respirar.
Me duelen los oídos.
Me duele el corazón.
Me lo sujeto, como si así pudiera evitar sentir el dolor.
Y entonces,
desaparezco.
Me hago pequeña, muy pequeña
más pequeña
ya no pueden verme
ya no sé encontrarme
ni siquiera yo me veo.





Tortura.
Casi me tiemblan las piernas.
Casi estoy viva.
Casi respiro.
Y ahora,
no,
no,
no,
no puedo.
Me he quedado inválida.
Mis sentimientos ya no funcionan. Aprieto los botones, desesperada.
Y no,
no,
no,
ya no se sienten latidos.
La angustia se me pega a la garganta.
Quiero pedir ayuda
pero es tarde.
En silencio
pequeña
diminuta
ante una inmensidad oscura
muero.












Y nadie me ve cerrar los ojos
pero yo
los cierro.

viernes, 5 de febrero de 2016

No pretendáis entender estos versos.








Intento acercarme, absurdo y patético intento de alargar el brazo.
Después de tantos años aún no he aprendido que hay caricias que jamás serán respondidas.
Retrocedo. Paso ilógico. Vivo de esto, de que me sangren los dedos porque me paso escribiendo.
Humillación. Yo ante mí, frustrada, acariciándome los nudillos, con una esperanza ilógica que me nace de la espalda y muere en los recuerdos.
Niña indefensa, acorralada; la esquina de mi cuarto me acoge como el que espera ansioso un viernes, como si yo fuera el fin de semana que le alivia su soledad.
Mi cuerpo es un paño de agua caliente en medio de un desierto. 
Ya no sé quién soy. Ya no sé quién me necesita. Ya no sé mentir. Ya no sé fingir que todo está bien.



¿Alguien va a escuchar mis gritos?

Todos se han callado. Mis gemidos traspasan cualquier pared, cualquier ciudad. Ahora parezco estar sola ante la vida, que me hace los coros. Llanto seco acumulado en la garganta.
Cuántos pasos más harán falta.
Arañazos en las sienes. 
Rojez en el pecho.
El alma comprimida en mil verdades.
Imagen a contraluz de toda mi vida.
Yo,
intentando ser yo misma.
¿Me oyes?
no.
Eh, estoy aquí.

Sé que todos me miran, pero nadie me ve. Llegan tarde, se les va el tren. Ni siquiera se despiden, corrigen sus pasos, siguen a la multitud, suben al tren y...pum, desaparecen.
El humo que deja el tren me intoxica la piel,
juego a respirar como si aún supiera.
Debería recordar lo que era descifrar la caligrafía de un hasta luego.
Demasiado hecha a medida de un adiós.


Siguen sin verme.
Ni siquiera quien espero que me vea
ni siquiera aquellos que saqué del saco,
ni siquiera aquellos que juraban estar,
ni siquiera aquellos que me desearon,
ni los que pronunciaron palabras
que ya no voy a olvidar.


Ni siquiera yo puedo verme.



Oscuridad.
Silencio.
Penetra en mis oídos el sonido ilógico de un anochecer.
Me estaré haciendo pequeña.

¿Por qué tú no puedes verme?








¿Quieres que te lea un poema?
Dime algo,
estoy esperando.
Dime algo,
me estoy rindiendo. 
Dime que me ves,
desaparezco.


Me consumo en mí misma.
La última y pequeña luz se da a la fuga.
Oscurezco.
Ya
no
soy.
Miedo.



¿Sigues sin verme?






Sálvame.
Te lo estoy pidiendo a gritos,
en silencio.



martes, 26 de enero de 2016

20.

Esta vez son veinte.
Equivalentes a los 20 besos que no di,
las mismas 20 veces que no hablé,
20 minutos que perdí esperando el tren,
las 20 veces que pequé
las 20 gotas que derramé multiplicadas por mil.
Sólo son 20 espejismos que me hablaron de todo lo que ya no seré,
20 promesas que se dejaron en mi porvenir
20 cosas que no haré por nadie más que no sea por mí.
Las 20 veces que el último príncipe disfrazado me rompió el corazón
20 frases que me regaló para romper
con esos dos años que pasé junto a él y que parecían 20.
20 razones por las que volví a creer,
en ese cielo gris llamado amor
que ahora tiñe sus ojos de azul
cielo.
Ya nunca más tendré menos de dos décadas
ya nunca más me convertiré en satélite
ya jamás volveré a perseguir 20 caminos
siempre sumaré a más.
Esta vez son veinte.
Las veces que debí partir,
las 20 veces que me partí la cara por proteger a la que se autodenominó mejor amiga
y resultó ser la peor de las enemigas.
Las 20 mentiras que la misma me contó,
las 20 veces que dijo que me amaba, porque solo fueron 20, en cinco años
las 20 razones que le di para alejarme.
20 los amigos que se autoinvitaron a mi vida y después
sin despedirse
huyeron por la parte de atrás.
Las 20 razones por las que empecé a amarle
las 20 veces que me arrepentí.
Mis 20 desastres.
Las 20 propuestas de huir,
20 fueron las veces en las que decidí partir
y también 20 multiplicadas por 1000 las que le dije
''Oye llévame fuera de aquí''
20.
Son 20.
20 sueños, ahora.
20 aspiraciones
20 problemas que aún no sé resolver.




Mañana tendré 20 años
y aún no sé
si estoy orgullosa
de todo lo que he sido
hasta hoy.




martes, 19 de enero de 2016


Me han partido las alas tantas veces que ya no las necesito para volar.

Y qué suerte que sigas llevando mi rumbo.

martes, 12 de enero de 2016

Dolor en el tórax. Punzada aguda en el estómago. Miedo. ¿Y si vuelven a romperme? ¿Y si vuelvo a ser cobarde? ¿Qué pasará si le doy a alguien más el poder de destruirme? ¿Qué pasará si esta vez no salgo entera? Una vez estuve al borde de perderme a mí misma. Una vez casi muero en el intento de volver a ser quien era. Me da miedo volver a morir.
Te tengo miedo, te he dado el poder de acabar conmigo. Me da miedo que algún día acabes conmigo.
Porque podrías hacerlo.
Dolor en la espalda. Salen mis alas.
A veces susurran que vuele.
No quiero, no quiero estar sola. No quiero estar sin ti. Llevo demasiado tiempo esperando a que alguien como tú se volviera loco por mí.
Tú no vas a matarme.
Tú no vas a acabar conmigo.
Tú no puedes romper tu tejado, no vas a acabar conmigo, porque al tratar de acabar conmigo terminarías contigo también.
Esta no es como las batallas que hemos tenido en nuestras vidas, no, esta vez la batalla no es contra nosotros, es contra el mundo.
Esta vez no estoy herida, ahora puedo protegerte.

Yo puedo salvarte
¿Me salvarás tú también?

lunes, 28 de diciembre de 2015

Me pregunta que qué tal estoy y yo solo sé mirarle con delicadeza, como el que admite que está mejor de lo que esperaba estar para estas fechas. Él sonríe algo ilógico, comenta que la vida le va mejor, que aún no tiene lo que ansía pero solo porque aún no sabe qué quiere exactamente. Y yo le miro desafiante, le reprocho que nunca sabe nada, que así cómo espera decidir. Sonríe, como el que recuerda algo gracioso, y yo sé que lo hace porque como ahora, ya le había dado la chapa tiempo atrás con estas cosas. Es una sonrisa de nostalgia. Una sonrisa de echaba de menos que me echaras la bronca por las decisiones que decido no tomar en mi vida. Y yo le devuelvo la sonrisa, como diciendo que sí, que yo también lo recuerdo, que debería cambiar. Pero niega con la cabeza, sigue siendo feliz en esa inocencia pura que quise tanto un día. Levanta los hombros y con una risa fingida me pregunta que cómo le va a mi corazón. No le contesto, aunque me encantaría decirle que por fin lo he amueblado, que ahora tiene vistas al mar y que alguien lo protege de las cosas externas que tiempo atrás llegaron a matarlo. En cambio le digo que no sé, que eso va a etapas, que estoy ilusionada, que vuelvo a creer en cosas que había abandonado. Que vuelvo a creer en mí aunque me había abandonado. Y él se muere un poco, lo veo en sus ojos, pero me dice que está enamorado y yo le creo, porque él nunca suele decir esas cosas y sin embargo, lo está admitiendo. Suspiro y sin templanza alguna, con el alma encogida le susurro que seguro que esta vez es la buena, que va a hacer las cosas bien. Él no lo tiene tan claro porque frunce el ceño y me responde que no, que ya no es el mismo, que ya no sabe luchar, que perdió en batalla. Me doy por aludida y le contesto que las únicas batallas que existen son las que se conforman de contrincantes, y que nosotros estábamos del mismo lado. Que éramos un equipo. Su risa ahora suena ligera, parece haberse quitado un peso de encima. Quizá solo necesitaba verme para saber que el río había pasado, que todo había fluido, que sabía vivir sin mí, que quería hacerlo. Quizá solo necesita eso. Nos despedimos con dos besos -aunque él se acerca mucho a mis labios- y siento cómo hace ademán de olerme el pelo. Recuerdos. Pasado. Pero ya no amor. No nos pudimos salvar, no nos quisimos salvar juntos. Él hundió mi barco, yo hice crecer su mar y separados , uno en cada punta del mundo, nos ahogamos. 
Dice que se alegra de haberme visto, que echa de menos reírse como lo hacía conmigo, yo le digo que ya nadie habla de los planetas y de la sinfonía de la ciencia,que avanza rápidamente. Me mira unos instantes, como el que quiere guardar un recuerdo inmortalizado para siempre. Sonrío y digo que sí, que quizá un día volveremos a vernos. Y a él le cambia el rostro, sé que va a ser la última vez que me mire así, sé que en su cabeza está la idea de borrarme, desde los cimientos más fuertes, hasta la nube que adorna su vida con mi olor.
Y está bien así.
Él no se despide, no se despide porque sabe que bañaremos un adiós con otro fingido hasta luego. 
En Barcelona el sol empieza a caer y la lluvia nos moja las pestañas. Sé que nunca más sabré de él y sin embargo siento que no me voy con un sabor amargo, sé que estamos en paz, que la guerra ha terminado. Sé que sabe que amo a alguien ya, sabe que sé que su camino está en otra parte.
Ya no nos hemos esforzado por mantenernos cerca, ya no nos hemos enganchado a esas excusas para vernos, ya no nos ahogamos en el mar ilógico de un amor que negamos que había empezado a morir hacía ya mucho tiempo.
A él le costará algo dormir esta noche. Yo quizá miro alguna foto y recuerdo las cosas buenas.
Los dos recordaremos por qué se acabó, los dos daremos respuesta a la pregunta de por qué si nos quisimos pasó lo que pasó.
Y yo responderé que él decidió por los dos cuando marchó. 

sábado, 26 de diciembre de 2015

(versos) cualquiera.



Niña de mirada gélida
que consigue deshacer
mis hielos
paralelos al miedo
que me da crecer.
Niña de pasos sinceros
que endulzas hasta el viento
con tu forma de reír.
Contéstame sincera,
déjame la puerta abierta
por si vuelvo por aquí,
y me da por recitarte
todo lo que no te dije
cuando no me debí ir.
Niña de terciopelo
que eres suave
y raspas a la vez,
siempre con tu verdad por delante
dejándome sin aire
cada dos por tres.
Que sonríes a los extraños
y abres tu mundo a cualquiera,
dejas que se asomen
y nunca que se queden en él.
Niña, tú que ríes
alto y no hay música que iguale
la melodía de tu fin.
Niña, que te pienso
desde aquel noviembre gris
que aún estás aquí
y no te cansas.
Que me dejas tierno 
y te resbalas,
que no te quedas
hasta el último baile.
Que eres libre
y no te entendí.
Perdóname, niña,
por no haberte conocido
cuando pude
por no haberme dado a mí mismo
el valor
de seguir ahí,
cuando rompí las promesas
que meses atrás cosí en mis labios,
cuando por perderme
te perdí.
Niña, que llevas el invierno tatuado en la espalda
y juegas a ser escritora, una noche cualquiera,
qué tendría que hacer yo para que supieras
que el invierno es solo primavera
si no estás aquí.






Qué frío más cobarde,
que se queda en dieciséis (grados)
cuando podría estar a menos tres.
Se parece a mí. 







jueves, 24 de diciembre de 2015

Navidad.

Porque no ha sido el año más fácil de mi vida,
porque he tenido que dejarme la piel
asumir el cambio
y perder el miedo.
Porque he conocido y desconocido,
recuperado y desvanecido,
por mí
por el coraje y el valor
la fortaleza,
saber decir 'no', aunque duela.
Por la amistad, infinita y severa
que sigue sumando meses 
a pesar de mis tormentas.
Por el amor, que traicionero, me regaló un diciembre lleno de tristeza
y me ha devuelto un diciembre lleno de ilusiones.
Por la esperanza, que nunca se dejaba perder
hasta que decidí perderla.
Por renacer, por aquellos diecinueve inviernos que cumplí
algo sola y sin recuerdos.
Por los veinte que se acercan con promesas,
un contrato indefinido,
un nuevo trabajo
y esperanzas en un curso que ya va por la mitad.
Por esos amigos que se van sumando y 
la construcción de una amistad imperfecta
y esas birras los jueves noche
con sabor a sal.
Por mi gente, mi familia, los que quedan,
que no son muchos
pero son los justos para hacerme feliz. 
Por él, que resbaló entre la gente y se coló entre mis redes
con promesas que no quise creer aunque crea.
Por el coraje y la dificultad, por negar lo evidente
coger el timón con los dientes y no querernos anclar.
Por mí, por ese cava frío
que serviré en honor de los que se fueron
sin explicación
aquellos llamados amigos
que resultaron regalarme un quemazón
en las costillas. 
Por renacer sin miedo, por esas pautas rotas
por romper esos esquemas que encendían mi dolor.
Por darle una oportunidad a mi instinto
y recorrer el camino que antes pudo llevarme al dolor.
Por creer, después de todo, 
en el amor
y no rendirme
con nadie.
Por haber luchado siempre hasta el final
de cada historia,
por no haber abandonado
por haber sido la fuerte
y haberme armado de valor
para irme cuando sentí
humillarme ante su voz.

Por mí
por haber ayudado
por salvar sin conseguirlo
por llorar
y llorarme.
Por la verdad
aunque doliese
por haberme hecho ver
que merezco que me quieran
tanto como yo quiera.



Por mí,
por un nuevo año
en el que al fin
todo vaya sobre ruedas.
En el que haya dolor
pero lo venza su risa
que llega angelical entre las prisas.
Por todo,
para que al fin 
seamos libres
y resurja la emoción
de un bar y el olor
de los comienzos.
Por ellos que no se han ido,
por mí que sigo aquí,
por él que ha llegado
y dice que no se quiere ir.






Feliz navidad, feliz santo a todas las chicas Noelias y Natalias.
Sed felices.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Ya me gustaría

 Es casi inconsciente este pensamiento recurrente que me atraviesa. Me cuento y les cuento que no es para tanto y lo cierto es que soy dos p...