jueves, 9 de agosto de 2018

514



Es un susurro gritado, la paz sobre unos hombros, un destino gracioso y complejo que nos recoloca donde cree que debemos estar. Hace tiempo que dejé de creer en el destino, que empecé a creer en las coincidencias, en las casualidades. Aunque debo reconocer, aunque me moleste hacerlo, que a veces vuelvo a creer en él. Me pregunto por qué me ha llevado por este camino, en qué dirección querrá que vaya, qué opción me hará escoger. Es curioso cómo el ser humano otorga la responsabilidad de decidir a un ser mayor y omnipotente al que llamamos destino; como si así pudiésemos dejar de elegir, de ser responsables de las decisiones que tomamos. Yo he dejado de creer en el destino porque he empezado a pensar que el mío lo he construido yo. Que soy una acumulación de decisiones absurdas, importantes, acertadas y erróneas que me han traído hasta aquí. Mientras se me pasa todo eso por la cabeza, te miro. Y me cuesta muchísimo ver que es real. Siento, por un momento, como si hubiese recogido una fracción de nuestra historia del pasado, la hubiese idealizado, y la hubiese traído aquí conmigo, hoy. Un sueño construido a medida para este momento. Pero eres real. Y estás aquí, justo delante. ¿Qué está pasando? ¿Por qué se nos abalanzan un montón de preguntas sin respuesta? ¿Por qué siento que esas dudas y esos miedos nos sacuden y nos traen a la realidad? No lo sé. Decido no pensarlo, porque quiero disfrutar el momento, porque decido tenerte en ese instante, porque elijo que solo somos tú y yo, que todo lo que está fuera de esas cuatro paredes no existe. Ni siquiera el futuro, ni las decisiones, ni los horarios, ni las explicaciones. Ni lo que vendrá después.
Tu piel sigue siendo tu piel, huele exactamente igual que la última vez que te había abrazado. Parecemos las mismas personas y, sin embargo, noto cuánto hemos crecido. Quizás debíamos crecer para llegar hasta aquí. Quizá era necesaria la distancia, tal vez estemos más cuerdos o nos importe todo menos de lo que debería. Quizá somos mejores. Quizá. 
Me gusta estar aquí. Y no lo disimulo. No, porque no me sale. No, porque en un pasado ya lejano lloraba pensando que jamás volvería a saber de ti. Y de repente, otra vez, a dos centímetros. Risas. Anécdotas absurdas. Tú escuchándome, haciéndome ver que te importa, aunque en el fondo sé que hablo demasiado. Esas pequeñas cosas. Una caricia a destiempo, un abrazo largo, un beso que pausa. Uno, tal vez, que cambia mucho, o deja todo exactamente donde debe estar.

Alejados del mundo, tal vez de la realidad, unas horas.
Me gusta estar aquí. Por un momento, no somos personas con nombres y apellidos, por un instante, solo hay una historia. Y ya no importa quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos hecho o dicho, o decidido en un pasado, porque solo somos dos fragmentos de universo concentrados en un espacio de veinte metros cuadrados, con truenos de fondo y un abrazo infinito. Porque me da igual lo que juzgarían unos ojos desde fuera, yo aquí dentro te miro y me resulta increíble lo mucho que alberga un corazón por mucho que pasen los años. Y me resulta indiscutible el hecho de que siga habiendo algo que nos une, llámalo química, energía o conexión.
Tengo veintidós, y cuando miro directamente a tus ojos esa niña de dieciséis me recuerda por qué después de tanto tiempo yo seguía pensando que algún día podríamos cruzarnos de nuevo.

Y no fue el destino esta vez,
fui yo, desafiando las leyes de la gravedad, del tiempo y el espacio,
desafiándome a mí, desafiando al pasado,
sabiendo de antemano que no sería fácil,
conociendo ya que cabía la posibilidad de que todo fuese confuso,
sin saber que las cenizas de una historia que ambos habíamos archivado en nuestras memorias podían convertirse en llamas y que todo ardería de nuevo. 




sábado, 4 de agosto de 2018

Si nunca...



- Te brillan los ojos.- hace una pausa, suspira y me mira-. Hacía tiempo que no te veía así. 
Le miro directamente mientras sonrío; entonces gira la cara. 
- Hacía tiempo que no me sentía libre. 
- ¿Crees que todo saldrá bien?- Andrea me mira muy seria.- Me refiero, ¿no tienes miedo? 
Claro que tengo miedo, pero no se lo demuestro. Suelto una pequeña carcajada y la acerco a mí:
- ¿Por qué crees que debería tener miedo? 
- Porque vas a perder muchas cosas- dice, sin pensarlo.- Y nadie está preparado nunca para perder algo que quiere. 
-  A veces tenemos que hacer sacrificios. Es inevitable. La vida es un juego, también debemos aprender a perder. 
- No quiero que pierdas nada por mi culpa- se le rompe un poquito la voz, aunque intenta disimularlo para que no sepa que está a punto de romper a llorar-. Ya has hecho suficiente cogiendo ese vuelo hasta aquí. Cuando me dijiste que venías...yo...pensé, pensé que estabas loco- ríe desconsoladamente mientras le cae la primera lágrima- ¿Cómo ibas a venir? ¡Y estás aquí!- vuelve a reír, pero se detiene y me mira fijamente. Yo le aparto un poco el pelo de la cara, dejando el mechón delicadamente detrás de su oreja. Con el pulgar de la mano derecha le seco las cuatro lágrimas derramadas mientras con la mano izquierda levanto un poco su barbilla para que me mire, pues está intentando apartar la mirada por vergüenza. 
- Llevaba mucho tiempo queriendo que llegase este momento. Ahora nada se interpone entre nosotros. 
- Has perdido la oportunidad de irte dos meses a África- me interrumpe sin miedo, con la voz enfadada, con los ojos llenos de dolor.- Tenías que hacer ese viaje, tenías que coger ese trabajo, tú sueño siempre ha sido fotografiar a...
De repente, la beso. No para callarla, no para interrumpir esa conversación, no porque no me importe lo que está diciendo, sino porque llevo meses sin verla y está preciosa. Porque siento la necesidad de estar con ella, porque el único diálogo que necesito no contiene palabras, porque han sido demasiadas noches sin rozar sus piernas bajo las sábanas, porque he echado de menos el olor de su pelo. 
- Siempre podré ir a África. En algún momento de mi vida, seguro que puedo ir. Pero nunca podría haber hecho este viaje si te ibas, nunca podríamos habernos visto si te marchabas a Nueva York pensando que te había abandonado. 
- Iba a esperar a ver si tenía noticias tuyas...Habría esperado, habría cambiado el vuelo, solo es un triste reportaje que...
- Es un triste reportaje que te va a dar ese puesto de trabajo en tu esperada revista. 
- ¡Pero te has sacrificado por mí!
- Por nosotros.
-  Y ahora yo me tendré que ir sabiendo que...
Saco un sobre del bolsillo. Me mira expectante, nerviosa, abriendo muchísimo sus ojos.
- ¿Qué? ¡¿Qué es eso?!
- Un billete a Nueva York. 
- Estás...estás...- rompe a llorar.-Estás loco.- ríe, llora, todo a la vez. Empieza a articular palabras inteligibles que creo que no comprende ni ella. 
- Te ayudaré con ese reportaje. Y cuando te den un pequeño descanso, dentro de cuatro meses, ya me ayudarás tú con mis fotos en África. ¿No lo entiendes? Todos tenemos sueños, Andrea, todos.- me levanto del asiento y miro por el ventanal de la T1.- Pero a veces tenemos que aprender a compartirlos.- se queda callada sin saber bien qué decir, y yo continúo-. El día que entraste, despistada, en esa clase, mientras ordenabas tu carpeta azul, ajena a todas las miradas que apuntaban directas a ti, supe que no me dejarías indiferente. Me bastó tomarme aquella caña contigo para saber que estabas loca, y eso me cautivó aún más. ¿Quién está tan loca como para coleccionar atrapasueños de todos los viajes que hace? ¿Quién sueña con trabajar en una revista que hable de pura literatura? ¿Quién se pone la camiseta al revés el primer día de clase?- río inevitablemente al recordar su cara cuando le dije, el día que la conocí, que llevaba la camiseta al revés-. Cuando te conocí supe que los sacrificios a tu lado dejarían de llamarse sacrificios. Quiero estar contigo, quiero que llenemos nuestras cabezas de ideas locas, que nos atrevamos con lo precipitado y lo absurdo. Quiero que vivamos y no tengo prisa. 
- David...- Andrea se levanta y me toma de las manos-. No hacía falta que...- mira hacia los lados, nerviosa.- No sé cómo tomarme eso. No sé qué decir. 
- No debes decir nada, solo que has traído auriculares para el vuelo, porque se me han olvidado...
- Sí.
- ¿Sí has traído auriculares?
- No. Se me han olvidado- ríe, con los ojos llorosos-. Que sí, que acepto. Que Nueva York contigo va a ser aún mejor. Que me gusta cómo piensas, que yo también supe después de esa caña que nuestras vidas cambiarían. Joder.- hace una pausa dramática mientras sonríe.- Que sí. Que vale, que nos vamos.
Le quito el gorro y la beso. Casi percibo el temblor de sus labios, el sabor de la aventura, el frescor de su aliento, el olor de su cuello. 
- No te vas a perdonar nunca lo de África, ¿lo sabes?- dice a dos centímetros de mi cara, mirándome directamente los labios.
- Eso ya me lo recordarás cuando estemos en cuatro meses en ese avión...
- Qué locura- susurra.
- Culpa tuya- replico- Si nunca te hubieras puesto la camiseta del revés...


jueves, 2 de agosto de 2018

Bajo el cielo de Málaga y a corazón abierto.



Escribo a kilómetros de mi presente, sentada en un jardín precioso de Málaga. Tan alejada ahora mismo de mi propia vida, de mis amigos, de mi futuro incierto, de mis estudios, que parecen parte de un sueño. Me da miedo volver. Me dan miedo las decisiones que se avecinan, ese futuro que me guiña un ojo y a la vez no me deja verlo con claridad. ¿Seré capaz de encontrar mi lugar? ¿Seré feliz en esos nuevos estudios? ¿Me sentiré como en casa? ¿Será mío el carné de conducir? ¿Encontraré un trabajo que compense? ¿Seguiré manteniendo contacto con mis amigos? 
Muchas dudas se aproximan y me rozan. Le temo tanto al futuro. 
¿Se marchará T a vivir fuera cuando pase las oposiciones? No se lo he dicho nunca, pero me entristece muchísimo que se vaya a ir lejos. Me dolería mucho estar tiempo sin verle. Le echaría de menos, sin embargo no se lo digo, porque sé que es su ilusión, que irse le hará feliz, y no soy quien para cortarle las alas a nadie, ni siquiera quiero que se sienta mal por irse o por querer hacerlo. 
¿Y mi dulce y veterana A? ¿ Conseguirá, por fin, ser feliz lejos de todo lo que la aprisiona? ¿Se marchará también? Si ambos se van, ¿quién va a sujetarme ahora cuando caiga? No podría vivir sin ella cerca tampoco. Y me da muchísimo miedo perderla.
¿Y mi revoltosa y universitaria A? ¿Tendrá ese futuro en el sur soñado? ¿Se marchará también cuando acabe el máster? Ella siempre ha querido vivir aquí, en este sur que ahora piso, y joder, cómo la echaría de menos. Pero ha encontrado al hombre de sus sueños y tiene claro que va a casarse. ¿Ya? Sí, y aquí. ¿Y quién soy yo para decirle que lloraré cuando tengamos que despedirnos? Porque sé que aunque nos vayamos a ver de vez en cuando, no será lo mismo que tenerla a una hora de mi casa. 
Mi M, que va a irse en septiembre, que tiene planeado vivir en Alemania, aún más lejos.  Me da tanto miedo que os marchéis todos. Me da miedo perderos, me da miedo distanciarme de vosotros cuando hagáis vuestras vidas. Y lo sé, lo sé. Sé que conoceré a más personas, sé que la vida siempre trae nuevos corazones a los que amar...Pero mi vida sin vosotros estaría mucho más vacía y triste. Me da muchísimo miedo el futuro. 
¿Ese máster que me va a costar tanto pagar va a hacerme feliz? ¿Totalmente? ¿Voy a trabajar escribiendo? ¿Y si descubro que no valgo? ¿Y si me dicen que no valgo? ¿Y si no soy feliz? 
Y bueno, ¿qué hay de ti? Corazón triste y dudoso ¿Qué hay de ti?  Si ni siquiera sé si te merezco. Si ni siquiera sé ponerte nombre. Si ni siquiera sé qué decidirás, qué decidiré, qué abrazar, qué no, qué besar, qué no. ¿Qué será de mí? ¿De ti conmigo? ¿Qué pasará cuando las cosas sigan su curso? ¿Cuando haya que tomar decisiones? ¿Te perderé? ¿Volveré a desaparecer de tu vida? ¿Volverá ese silencio ensordecedor? Estando aquí, tan lejos, me doy cuenta de lo mucho que nos hemos unido en tan poco. Y en parte, me reconforta saber que estás aquí, pero por otro lado me da miedo. Miedo a que ya no seas ese chico que se reía de mi torpeza, miedo a que te cansen mis manías, miedo a no significar lo mismo para ti. Miedo a que le hagas caso a tu razón. Miedo a que tenga razón. 

Estando lejos parece fácil, porque aún estoy lejos de ese futuro incierto. Parezco ajena a esa vida que es mía y me empeño en mirar de lejos. Me acojona el futuro. Dejar de ser quien soy, crecer demasiado, no hacerlo nunca. Me da miedo tener obligaciones, retroceder. Me acojona tener miedo, perder a las personas que quiero, fracasar en mis sueños. Miedo a estancarme, a la rutina, a tener las cosas claras, a no saber qué etiqueta ponerle al tiempo. Miedo, mucho miedo. 

Si me quedara aquí, quizá sería más fácil para todos. 
Porque nadie tendría que despedirse de mí, nadie tendría que decidir quién soy para él/ella. 
Nadie tendría que echarme de menos, nadie tendría que tomar decisiones.
Ni siquiera yo.

Tengo el presentimiento de que al llegar voy a tener que afrontar muchas cosas, y me da miedo. 


viernes, 27 de julio de 2018

A vosotros, por vosotros.



Hoy os escribo a vosotros, aunque sé que no me leéis, pero merecéis estas palabras. Os voy a contar un secreto. Uno de esos que jamás deberíamos contar porque nos exponen, uno de esos que nos hacen evidentes, de esos que nos desnudan ante los demás. 
No sé si estoy lista para teclearlo, pero ahí va: No soy fuerte. 
Nunca he sido fuerte. ¿No os habíais dado cuenta antes? Puede que tú, persona que estés leyendo esto, persona que no me conoce de nada, no te sorprendas en absoluto. Mis amigos sí. Lo estoy tecleando porque de verdad necesito que lo sepan. Necesito que entiendan que no siempre pude ni quise ser fuerte. Cuando me miraron horrorizados ante la situación que les explicaba, cuando sus dedos apuntaron, juzgándome, directos a las pupilas y dijeron, literalmente, que les parecía imposible que yo hubiera permitido X cosas, lo entendí. No sabían eso de mí. Yo siempre les había mostrado esa versión huracán de mí. Esa Noelia decidida, impulsiva, rabiosa, nerviosa y eficiente. Les había dado siempre esa versión de mí. La que aconseja a todo el mundo lanzarse directos al vacío, a por sus sueños, aunque el precipicio y la hostia se oliesen a kilómetros. Claro, todo tenía sentido. Para ellos yo era la voz de la conciencia, la imprudente pero sensata chica que siempre se guía por su corazón y jamás flaquea, aquella que no se deja pisar, aquella cuyos principios son incluso más grandes que su propia voz. Pero os he fallado. Os he fallado en muchas ocasiones, en demasiadas. No siempre he sido esa chica que dejaba que vierais. A veces me escondía para llorar, en mi habitación, bajo las sombras de todo aquello que no me permitía salir. A veces os decía que estaba bien cuando me preguntabais que qué tal, pero no lo estaba. Mi fallo fue jamás pedir ayuda. Mi error fue hacerme la fuerte sabiendo que no lo era, en absoluto. Sé que os fallé. Que hubieseis esperado de mí una gloriosa historia, una armadura, que jamás dejara que nada ni nadie me pasara por encima. Y mientras yo fingía que no me rompía en cristales, me iba deshaciendo, me iba muriendo. Y jamás os lo dije. Jamás me lo dije. Solo lo escribía, de vez en cuando, en entradas de blog que borraba antes de publicar, en alguna metáfora estúpida que solo yo entendía y que incrustaba en mis textos, en millones de papeles que encontré el otro día guardados en mi armario. Siempre a vuestras espaldas, jamás yendo de cara, nunca diciéndoos cuáles eran esos miedos, por qué ya no era fuerte.
Nunca os conté nada. Cuando quedábamos siempre intentaba hablar de vosotros y no de mí, porque yo quería que creyeseis que no había nada que solucionar. Joder, ese fue mi fallo. Si os lo hubiera contado, si os hubiese hablado de mí, de mis temores, de mis precipicios, de las inseguridades, de aquello que sabía y jamás admití...podríais haberme ayudado mucho antes. Pero no lo hice, no grité. Intenté salir sola, y lo hice, pero rota, probablemente el doble. Ojalá os hubiese pedido un abrazo, ojalá os hubiese gritado auxilio. Ojalá no me hubiese engañado tanto tiempo a mí misma. Ojalá no haberme sentido culpable por sentirme así, por dejarme así, por quererme tan poco y tan mal. 
No sabéis el bien que me hizo contaros todo lo que había estado oprimiendo en el pecho, no sabéis lo liberada que me sentí cuando ya no me aislé. ¿Y si os tenía a mi lado porque luchaba contra mí misma? ¿Por qué no me apoyé en vosotros? 
Os pido perdón. Sé que os hice daño callándome mucho, evadiendo mucho. Sé que lo hice mal. Os merecíais la verdad y no os la di hasta que no estuve preparada. Ojalá hubiera estado preparada antes. 
Recuerdo cuando mis tres chicas favoritas, mi triple A, intentabais sacarme el tema alguna vez. Una más directa que otra, dejabais caer lo que pensabais, con cuidado, con cautela, alguna vez. Estuve a punto de contaros lo que sentía, a las tres, en varias ocasiones. Sin embargo, jamás lo hice. Sé que después saber toda la verdad os decepcionó, os dolió. Sé que, en el fondo, no os esperabais eso de mí. Me siento culpable porque lo vi en vuestros ojos cuando os lo contaba. Me mirabais pensando en qué me había llevado a mí a actuar de ese modo, cuando yo era la primera que siempre decía lo que sentía. Las tres reaccionasteis igual. Fuisteis los pilares de mi vida, como seguís siendo, y lamento muchísimo que tuvierais que verme así, que tuvierais que tragar por mí, que os aparatara tanto de mí misma por miedo a que me descubrieseis. 
Y tú, T, que ni siquiera te habías dado cuenta de la tristeza que albergaban mis ojos, que te creías mis todo va genial, también percibí la decepción en tu rostro cuando te expliqué en qué me había convertido. Me abrazaste y me rompí en mil pedazos porque me dolió muchísimo saber que podías haberlo escuchado antes, que podrías haberme salvado antes con tus palabras de haberlo sabido. Te debo tantísimo que no sé ni por dónde empezar. Nunca te has ido, siempre estuviste ahí, en todos mis logros, en todos mis fracasos, y me sentí una tremenda gilipollas por no haber contado contigo para liberarme. Siento muchísimo que tuvieras que saberlo tan tarde, cuando ya no podías hacer nada para salvarlo todo. Aun así tus ojos no me juzgaron en ningún momento, y no sabes cuánto agradecí ese gesto noble de tu sonrisa triste inclinándose a un lado. Gracias mil veces. Gracias porque sé que siempre estarás aquí, independientemente de dónde vivamos y quiénes seamos. Siempre te querré y espero que no te olvides de mí cuando estés a kilómetros de aquí, si es que llegas a dejar Barcelona.
También lo lamento por ti, M, que jamás te conté nada, que te entendí con la mirada la primera vez que dejé todo ir. Mi eterno retorno, te debo también mucho. Y sé que siempre, siempre, siempre, estarás aquí. Siento no haberte pedido ayuda, siento haber disimulado tantas veces, haber rechazado tantos planes, tantas propuestas solo por miedo a alguien. Lamento no haber exprimido el tiempo que hemos tenido solo por represión. Siento que todo haya pasado tan tarde, pero tu abrazo siempre me recordará que el futuro, por muy incierto que sea, tendrá lugar para nuestras aventuras.
A ti, superviviente, gracias por acogerme cuando no tenías ni por qué abrir la puerta. Por leer ese mensaje, por quererme en tu vida, por tomar decisiones. Lamento no haberte dicho antes todo lo que pensaba, y sobre todo lamento no haberte pedido perdón antes. Sé que la historia es compleja, pero no te merecías eso. Siento que hayamos tardado tanto en encontrarnos, pero a la vez también siento que quizás tenía que ser así. Ojalá hubiésemos podido tener todas esas conversaciones que estaban pendientes, en el aire, antes. Lamento esa distancia que creamos. Lamento no haberte tenido en muchos momentos en los que necesité de ti. 
A vosotros, J y D, que sois tan recientes en mi vida, pero en los que confío tanto. Lo visteis todo de cerca, y solo lamento no haberos contado antes todo lo que se cruzaba en mi mente. Sé que fue duro para vosotros saberlo todo, y no sabéis cuánto agradezco que no me hayáis soltado. Debí haber expuesto antes todo aquello que me llevaba al delirio, debí haberme apoyado en vosotros.
A mi familia. Qué deciros. Cuántas advertencias, cuántos mensajes vacíos, cuántas veces os ignoré. Y más después de aquel viaje. Mamá, tú me avisaste, pero jamás te escuché. Habéis vivido mis miedos de cerca, y por suerte, me consuela saber que no estoy loca, porque vosotros también habéis formado parte de esa historia. Lo siento muchísimo, sé que sufristeis por mí. Sé que me equivoqué. Sé que os hice daño cuando ignoraba todas las señales, y sé que os defraudé porque esperabais más fortaleza por mi parte. Lamento haberme dado cuenta tan tarde, de veras que lo lamento.

Sé que si leyeseis esto me diríais que no me preocupara, que es pasado, que lo importante es que ahora todo gira en el sentido correcto, que no importa. Pero si os soy sincera necesitaba escribir esto, porque muchas noches me quedo en la cama dando vueltas, pensando en muchos momentos que guardé en mi mente y por los que me siento tremendamente culpable. En el fondo me alegro de que ninguno de vosotros vaya a leer esto, porque aunque es totalmente cierto, lo estoy escribiendo la madrugada de un viernes a la 1:35. Me reñiríais por estar pensando en esto en vez de estar relajada disfrutando de una película, lo sé. Pero os debía esta conversación. Y aunque os haya pedido disculpas a todos, mirándoos a los ojos, siento que una parte de mí siempre se sentirá quebrada por esto. Quizá no le encontréis sentido alguno, pero sin vosotros yo no habría podido recuperar la confianza en mí misma. Y eso sí que no se puede agradecer con palabras.


Nunca tendré abrazos suficientes. Ni palabras.



viernes, 20 de julio de 2018

Mi etiqueta de advertencia.




Quizá todo sería más fácil si las personas viniésemos con etiquetas de advertencia. Algo así como un aviso: Si me tocas los pies, me harás cosquillas o algo así como a veces soy insegura y lo disfrazo con una seguridad aparentemente inquebrantable. Sería bonito saber que nadie va a tocar entonces esos puntos débiles, que estarán advertidos. Pero qué aburrido sería preconocerse, saber de antemano qué va a hacer estallar a la otra persona, qué le enfada, qué creencias tiene, qué considera injusto o irreal, ¿no? 
Si una etiqueta te dijese que mi mes favorito del año es enero, que amo comer kiwi y lo valoro muchísimo porque de pequeña no podía comerlo ya que me daba alergia y me salían pupas en la boca, que mi momento perfecto del día es justo cuando anochece y el cielo es naranja, que odio las despedidas pero siempre las alargo porque así creo que nunca llegarán a cumplirse, no tendría gracia, porque nunca podrías descubrirlo. No te sorprendería ver mis ojos brillantes cuando empezaran a poner las luces de navidad y paseáramos de noche por las calles, ni te reirías de mí cuando en el supermercado llenase una bolsa entera de kiwis hasta llegar a los dos kilos, como tampoco verías una sonrisa fugaz en mi rostro cuando fijase los ojos en un anaranjado cielo. Si hubieses leído esa etiqueta, sabrías que he sufrido mucho y siempre por el mismo motivo: entregarme cien por cien y dar mi confianza a alguien que acababa siempre defraudándome, ya sea en la amistad o el amor. Incluso en la familia. Mi etiqueta te habría chivado que me da miedo hablar de amor, que rechazo las clasificaciones por temor a precipitarme, que la última persona que estuvo en mi vida me hizo creer que no valía tanto como yo sabía previamente que valía y eso me ha hecho desconfiar de mí misma. Sabrías ya cómo me gusta el café, cuál es mi sabor de pizza favorito o que no me separo de mi guitarra, mi ukelele y mi libreta de composiciones ni queriendo (ah, y que amo hablar de mi perro y hacerle fotos). Sabrías ya de sobras que adoro la literatura, quizá con la misma intensidad que la música, y que no me quito la poesía de la cabeza ni con grandes esfuerzos (aunque tampoco es que lo haya intentado). También conocerías esa parte oscura y triste de mí que se pone en modo melancólico algunos días de lluvia. Sabrías que viajar es uno de los cables que me conectan con la vida y que para mí, antes de echar raíces (uf, qué lejos eso de tener hijos, ¿no?) es fundamental haberme visto el mundo entero (al menos haber viajado a todos y cada uno de los continentes). Sabrías que me acojona la infinitud del mar y a su vez, me gustaría vivir siempre cerca de él. Que amo mirar lo verdes que son esas montañas altas y grandiosas que nunca dejan de asombrarme y me hacen sentir pequeña. Si leyeses esa etiqueta de advertencia sabrías que me resulta fácil confiar en los demás y que eso me hace frágil e ingenua. Que me doy mucho más de lo que debería incluso con personas que no me devuelven ni un 50%. Que soy cariñosa, pero a veces me vuelvo fría y distante porque la inseguridad me toma de las muñecas y me detiene. Que sigo siendo una niña y lo verás en mis ojos cada vez que te cuente algo que me entusiasma. Esa etiqueta te chivaría que los abrazos por detrás están en mi top 3, y que delante de estos vienen los abrazos por sorpresa y los abrazos fuertes y eternos. Sabrás que no me gusta el peligro, pero sí la aventura. Conocerás esa parte madura de mí que se cansa de las fiestas cuando lleva ya hora y media bailando, sabrás que no fumo, pero que me hace sentir viva acompañar una cerveza o una copa con un cigarro de vez en cuando, solo rodeada de gente y en momentos muy fugaces. Sabrías, también, que mis amigos son mi familia y que sin ellos no sería nada.
Mi etiqueta te habría contado ya mi obsesión por los piercings y los tatuajes, mi gusto peculiar por la moda femenina y el maquillaje. Sabrías que escribo desde mucho antes incluso de ser consciente de que lo hacía, que mi obsesión por leer me la otorgaron unos cómics de las Witch y un profesor novato, cuando yo tenía 12 años. Si leyeses esa etiqueta sabrías justamente dónde darme para hacerme daño, y también qué cables tocar para manejarme emocionalmente; sabrías cómo desconectarme de mí misma, cuáles son mis miedos más profundos, aquellos que jamás dije en voz alta. Si leyeses esa etiqueta sabrías que me acompleja mi pecho de 30x30, pero que dejó de importarme hace tiempo y lo amo centímetro a centímetro porque me hacen ser exactamente la chica que soy. Sabrías que soy una mujer segura, decidida, loca, impulsiva, pero sensata. Que amo escribir mi propio guion, y que por surrealista que parezca, siempre tengo la certeza de que mi vida podría ser como una película. Si leyeses esa etiqueta sabrías que me gustan mis hombros, mis caderas, mis piernas y que no me he acomplejado nunca por esas partes de mí. Sabrías que me siento sexy con prendas negras o blancas, que los pijamas me gustan más si no son conjunto y que ya nunca duermo con calcetines en verano (pero me he pasado veinte años haciéndolo). 
Si leyeses eso sobre mí ya sabrías que he estado fuera de España pocas veces, y que en esas ocasiones fui hasta Francia , Alemania y Malta. Que el resto de viajes siempre han sido cerca. Sabrías que me muero por pisar Japón, Madagascar (África) y, para qué negarlo, un sueño que nunca ha desaparecido de mi mente aunque me empeñara en borrarlo, Venecia. Sabrías que soy cursi y que me esfuerzo para disimularlo porque me avergüenza, que me encantan los batidos muy fríos en verano y que amaría tener una chimenea en la que refugiarme en invierno para leer. 
Si ya supieses todo eso de mí, antes de conocerme, quizá te alejarías por verme ingenua, inmadura, imprudente o...por haber visto ya todas mis heridas. Porque sí, estoy herida. Herida porque me falta aún mucho que perdonarme a mí misma, porque no hay peor rencor que aquel que uno guarda contra su propio yo del pasado, porque he cometido demasiadas estupideces como para salir intacta de todo. Sabrías dónde pisar para romper, pero también dónde acariciar para curar. Me verías a mí, frágil, expuesta, algo parecido a todo lo que soy cuando escribo, me abriría en canal para ti. Y quizás entonces verías también toda la lluvia que guardo en mis nubes, todo lo que no es sonrisa, lo peor de mí. 
Si tuviésemos etiquetas que explicaran a los demás quiénes somos nadie se tomaría la molestia de conocernos. Y lo que nos hace perfectamente imperfectos son esas taras que, hechas o no por nosotros, tenemos. 

Y quizá esas mismas etiquetas nos demostrarían, al fin, quiénes deciden querernos y acogernos realmente sabiendo a todo el daño que se exponen. ¿El amor no es eso? Saber que te vas a encontrar lo mejor y lo peor de una persona y estar dispuesto a aceptar también sus tormentas. ¿El amor no es darle el poder a alguien de elevarte y también de hacerte daño? ¿No somos humanos imperfectos que herimos sin querer a quienes amamos porque en el fondo siempre tenemos debilidades? Escribir qué pondría en mis etiquetas es de algún modo exponerme. Y quizás no sea un mensaje de advertencia, quizá solo sea un susurro en medio del silencio, una incógnita resuelta, una nota a pie de página que diga: Soy humana y estoy herida, pero también tengo cosas buenas. No soy la mejor opción, probablemente porque habrá muchas mujeres más fuertes, seguras y sensatas, pero aquí estoy. Con esos miedos, esas inseguridades, todo aquello que no me perdoné. Aquí estoy yo, real y decidida, con temores en los bolsillos, como casi todos. Y no siempre voy a jugármela, a veces me rendiré, porque soy humana. Pero eso me hace única y como ser único en este mundo me gustaría conocerte antes de leer tu etiqueta, porque me gustaría ver en tus ojos y notar en tu erizada piel cada sensación antes de leer quién eres. Porque me gustaría que fueses real, para poder ser real contigo. Porque no necesito leer en qué vas a fallar para aceptar tus errores, así como tampoco necesito saber qué va a hacer que quede prendada de ti. Y te pido que antes de leer mi etiqueta te preguntes si tú estarías dispuesto a querer a alguien que asume que va a equivocarse alguna vez, o que si por el contrario necesitas salir corriendo. 






lunes, 9 de julio de 2018

10.000 segundos.


A 10.000 segundos.
Allí me iría. Solo a 10.000 segundos. No muy lejos, pero lo suficiente. 
10.000 segundos. Lo que tardo en desayunar, lo que tarda una caricia en tatuarse en la piel, lo que tarda el papel en arrugarse en unas manos vacías de intenciones. 
10.000 segundos. Se dice lentamente, pero pasa muy rápido. El tiempo suficiente para escaparnos de todo y todos, el que necesito para abrir mis alas.
Han intentado matarme. Han cogido todas esas letras y las han enviado lejos. Eso sí, de mi corazón no saldrán nunca. He soportado cómo me llamaban exagerada, cómo rebajaban mi dolor, cómo me gritaban e intentaban darme lecciones de moral, esas personas, las mismas que no saben ni manejar las riendas de su vida. He tenido que tragarme tantas cosas solo para poder poner un punto y final, para no hacer interminable la historia. 
Solo quería que terminase, que se callasen, que parasen, que me olvidasen. 
Solo quería que dejaran de culparme por algo que no hice yo, que esa condena solo estuviese en sus cabezas, pero no en mis oídos ni en mi sangre. 
A 10.000 segundos. Me iría muy lejos. Lejos donde no puedan alcanzarme, donde poder borrar esos grandes errores que he cometido, donde poder pensar en todo lo que habría cambiado de haber podido. 
Lejos, tan lejos, que nadie me encuentre. 
Allí donde yo soy solo yo, y alguien me abraza y me entiende. Allí donde alguien me mira inocente.
Allí, lejos, donde las señales no me tatúan veneno. Donde el pasado es solo un eco pobre y desgarrado que no alcanza mis oídos. Donde no existe esa Noelia manipulable y estúpida. 
Lejos. 
Muy lejos.
Donde soy guerrera, donde conduzco yo mi vida, donde me descarrilo solo si quiero, allí donde puedo ser yo misma.

A 10.000 segundos encontraré a esa chica de la ilusión permanente, a la inocente niña que creció a la fuerza pero sigue siendo cálidamente pequeña, os juro que la encontraré. A esa que no le teme a nada, la que baila con el miedo para vacilarle, la que no se da por vencida, la que persigue lo que sueña; esa Noelia que lleva por bandera que ser feliz es lo primero y lo demás vendrá luego. A esa , amante de la comida italiana y las prisas vencidas. Encontraré a esa niña que utiliza su voz para ayudar, aquella que soñaba con taparse con una manta las noches de tormenta para escuchar tranquilamente las gotas caer encima de los tejados. Esa cría que amaba el invierno, que se sentaba en la playa, aquella que sacaba a su perro por gusto, solo para recorrerse las calles con su música. 
Te voy a encontrar. A ti, que decías que nadie te podría parar los pies jamás, la chica que creía en el destino, en las estrellas pálidas, en el duro pero necesario silencio. A ti, que no te asustaban las alturas, a ti, que creías que alguien algún día lucharía por ti. 

A 10.000 segundos, 
sé que nos separan solo 10.000 segundos, pequeña,
sin embargo te noto tan lejos esta noche, 
que me asusta.
Deja tus dosis de realidad, tus dudas y miedos,
aparca esa soledad que se te clava en las costillas,
vas a vivir solo una vida,
hoy, aquí, ahora,
a 10.000 segundos.
Quién sabe si mañana podrás tener otra oportunidad para viajar
a 10.000 segundos.
Quién sabe lo que habrá detrás de cada puerta,
detrás de cada estampa,
detrás de cada roca,
de cada rama,
de cada cara. 
A ti,
a ti,
a 10.000 segundos,
te he visto en mi espejo y no me da la gana
de quedarme con las ganas
de encontrarte esta noche,
justo donde te dejé años atrás:
entre la almohada y las ganas de escapar.

miércoles, 27 de junio de 2018

Cometa.

Imagen de S.Herranz


Sujeto la cerveza con ambas manos, porque está tan fría que no sé elegir cuál de mis dedos debería congelarse antes. Miro hacia la izquierda, luego a la derecha; siempre lo hago. Mi inseguridad salpica a todos lados cuando me rodea tanta gente. Y mira que no lo parece, y mira que no me callo, y mira que soy abierta. Pero bueno, todos tenemos nuestras taras. Y yo la mía la cubro con espontaneidad,  indiferencia y risas. Son mi escudo. 
Bebo. Primero es un sorbito; a la segunda es un sorbo y a la tercera un trago. 
Y yo, que con quince años detestaba el alcohol, ahora bebo cervezas como si fuesen zumos. Qué irónica la vida. Cómo crecemos y nos acostumbramos a los sabores y las experiencias fuertes. El café, el sexo, el alcohol. Qué mayores nos hacemos sin darnos cuenta, qué diferentes nos volvemos sin percibirlo. 
Me distraigo unos minutos mientras el resto habla. Siempre me pasa, siempre viajo hacia mi mundo, como si tuviese una máquina de escribir en la cabeza y empezara a teclear en medio de la nada, de una conversación, de una clase, de un programa de televisión. Me aíslo sin pretenderlo durante minutos. A eso le llamo yo tener imaginación. 
Marta me devuelve al mundo real con un chasquido de dedos, y me mira como diciendo: hoy ya es la segunda vez que te pasa. Yo me río y ella estalla a carcajadas. Supongo que el hecho de que me haya puesto colorada tiene algo que ver. Frunce el ceño unos segundos y levanta la cerveza. Quiere brindar. Ahora todos la miran y yo sonrío. Levantamos las cervezas y brindamos:
- ¡Por nosotros! - Samuel, como siempre, es muy original-. Por todas esas horas de curro, por los trabajos, los agobios, las notas...¡Porque nos lo merecemos, joder! 
- ¡Sí!- proclama Sandra-. Joder, ¡ya era hora! 
- Por nosotros- Lidia no grita tanto como los demás-. Que vamos a ir al paro directamente. 
-¡No digas eso!- exclamo-. ¡Aún hay esperanza! 
Todos ríen al unísono, mientras brindamos, y yo los miro como el que mira un cometa que pasa cada cincuenta años. Sé que va a ser la última vez que nos reunamos todos así y eso me encoge el corazón. 
Marta y Samuel se miran intensamente de vez en cuando, ellos aún no saben que se gustan, pero yo lo sé desde tercero. Se han sentado lo suficientemente separados como para que no se les note, pero las bromas de él, la risa de ella y las miradas cómplices indican que en realidad, querían estar mucho más cerca. Yo les miro pensando en que ojalá este verano tengan tiempo para verse y los días y los planes los unan mucho más. Ambos lo merecen. Y necesitan valor para asumirlo. 
Sandra se muestra distante, sé que está enfadada con Jorge porque no ha querido venir y ha preferido irse a jugar con los amigos. A mí me encantaría decirle que él también necesita tener su espacio y que ella debería respetar eso, pero es tan celosa a veces...Que consigue asustarle. Él la quiere de verdad, y por eso intenta no ofenderla nunca, pero se siente aprisionado, cohibido. Jorge necesitaría alas, poder volar, poder huir de vez en cuando. Y a Sandra sus inseguridades acaban matándola siempre. 
Lidia ha estado ausente la primera media hora, a veces me mira y me sonríe, pero sé que está incómoda. Nunca le ha gustado estar rodeada de tanta gente, no quiere llamar la atención. De vez en cuando consigo distraerla hablándole de mí, contándole anécdotas, preguntándole cosas sobre su familia, pero aun así, sé que la presencia de los demás la tiene intranquila. 
- Oye, ¿Dani venía al final?- Lidia lo pregunta tímida, supongo que porque teme a que todos piensen lo que es evidente desde primero y que en realidad ya saben. 
- No sé...voy a mirar el Whatsapp...pero creo que no ha dicho nada- Mónica mira de forma rápida la última conversación que tiene con él y Lidia la mira con recelo-. Pues...eeeem...No. No ha dicho nada. Me imagino que vendrá directamente de la biblioteca. 
Lidia sonríe, aunque la percibo triste. Intuye que entre Mónica y Dani ha pasado algo, e imagina que continúa pasando; de hecho todos nos lo olemos desde el año pasado. Todos sabemos que Lidia está enamoradísima de Dani, aunque Dani jamás se haya dado cuenta, aunque nunca se hayan dicho nada. Lo sé porque veo todo lo que hace por él desinteresadamente, lo sé porque solo viene de fiesta cuando él viene y solo responde al grupo cuando él hace una broma. Lo sé por tantas cosas...Y en el fondo sé, cuando nuestras miradas se cruzan, que ella también es consciente de eso. 
Y sé que pensaréis que vaya líos, que qué observadora, y que si me creo muy listilla por adivinar todo eso sobre mis amigos. Pues no, probablemente no sepa ni la mitad de cosas que se esconden en esas miradas, pero sí que sé lo suficiente como para juzgar qué sienten todas y cada una de esas cabecitas cuando nos sentamos a charlar sobre la vida, sobre el camino, sobre todo y sobre nada. Han sido demasiadas horas juntos. 
¿Y qué hay de mí? ¿Yo me he fijado en alguien? ¿Yo solo sujeto una cerveza fría? 
Yo soy un caso muy distinto. Nunca me he enamorado de nadie del grupo, y no me malinterpretéis, no es que me crea superior, es que jamás conocí a nadie que pudiera igualar a Marcos. Lo de quién es Marcos lo dejaré para otro día, pues es una historia demasiado larga. Pero...no sé si conocéis la sensación de dar con alguien que es muy distinto a vosotros y sin embargo sentir que hay algo muy fuerte que os une. Y es algo que va más allá de los intereses. No sé, a todos nos gustan las películas, la música, la comida, los videojuegos, los libros....Pero hay algo más. Algo que no se sujeta con palabras, acciones, ni tan siquiera miradas. Algo que va más allá de todo, que es inexplicable. Cuando conoces a alguien con el que te cuesta hasta discutir, cuando ves a alguien honesto, humilde y sensato, cuando de repente encuentras que una persona que es cien por cien diferente consigue hacerte encajar todas las piezas, cuando eso ocurre....entonces no hay vuelta atrás. Y ya pueden entrar en tu vida todas las personas que quieras, que algo así no se borra. Y supongo que eso es en lo que pienso cuando me aíslo, no en lo fría que está la cerveza, no en lo unidos y separados que estamos todos los que nos sentamos en las sillas de siempre, en el bar de siempre, no. Cuando me aíslo pienso en lo bien que se lo pasaría Marcos si los conociese. En lo que él se reiría, en cómo podría mirarle desde la otra punta de la mesa mientras hace bromas. En lo que me gustaría que contase esas anécdotas que a mí me hacen reír tanto. Pienso en que ojalá él también hubiese conocido toda esa parte feliz que me llevo de una etapa gigantesca e inolvidable. Pienso en que si Marcos hubiese estado en el grupo, me habría enamorado de él. Y sería yo esa tonta que miraría desde el otro lado de la mesa sin saber bien qué decir.
Todos hablan, pero yo ya no escucho. Marta vuelve a mirarme cómplice, yo levanto los hombros y ella ríe. 
- ¿Salimos a fumar?- me pregunta. Yo asiento automáticamente. Ni siquiera fumo, pero me gusta hablar con ella. 

Aquí, justo aquí,
el cometa:

Se cierra una etapa, se abren nuevas puertas. 




lunes, 4 de junio de 2018

No sé ni qué escribo, pero yo me entiendo.

Y entonces me siento a mirarme a mí misma desde el otro lado de la puerta y me veo tan frágil y tan dura que me asusta. Y me veo tan capaz de todo, pero con tanto miedo, que me acongojo. ¿Por qué si sigo siendo la de siempre voy con pies de plomo? ¿Por qué si sé decir la verdad intento excusarme? ¿Por qué si lo escribo todo soy incapaz de decir nada en voz alta? Ojalá tuviera respuesta a todas las preguntas que llevan apareciendo en mi mente conforme pasan los días, ojalá supiera por qué, cómo, cuándo y dónde. Ojalá supiera qué.

¿Por qué pasa eso? ¿Por qué cuando tenemos algo tan claro nos cuesta ser consecuentes? ¿Por qué acabo siempre luchando contra mí? ¿De dónde nace tanto miedo? ¿Por qué sigo siendo tan sumamente realista que me siento incapaz de mirar más allá? 
A veces, me asusto. A veces, pienso. A veces, me planteo si estoy haciendo lo correcto.
Me asusto a mí misma, ¿por qué no iba a espantar a los demás? 
Me da miedo ser una tormenta para alguien, me da miedo asustar, me da miedo que salgan corriendo, me da miedo que me den la espalda, me da miedo el rechazo, me da miedo la verdad.

¿Por qué si hay tres caminos ,y dos de ellos son llanos, siempre elijo el complicado?
Por qué te estoy mirando así,
si yo sí,
si tú no,
si ya no. 


viernes, 20 de abril de 2018

tormento

Maldito el que lo entienda,
llegar a la meta antes de empezar el camino,
rajar el papel justo por donde duela,
clavarme las uñas en los sesos. 

Perpleja metáfora escondiéndose en letras,
me echo de menos más de lo que me gustaría,
¿quién es esa tía tan seria que mira en mi espejo?
Solo son restos de lo que me queda.

Me he vuelto tan sola y jodida,
que va a parecer que victimizo mis ruidos;
lo malo es que solo estoy diciendo
lo que nunca escribir consigo. 

Que en realidad no sé si llevo rota siglos
porque nunca nos curamos del todo
o es ahora cuando se despedaza todo
y yo soy una víctima más del vacío.

Respuestas a tantas preguntas,
preguntas a pocas respuestas,
¿cuando la estancia es peor que la huida,
entonces, ya qué coño queda?

Ojos juzgad por última vez,
labios sangrad en última instancia,
mis coordenadas seguirán perdidas
justo en el punto donde comienzan las ramas

¿Cuándo fue la última vez que me reconocí en mis letras?
¿Cuándo fue la última vez que hablé de dolor?
Quizá llevo tanto tiempo en modo espera
que no me sale ni la voz.



Pero, oh, público,
no os preocupéis:
sé que ya no leéis mis idas y venidas,
sé que ya sostenéis otras palabras en la lengua,
sé que soy un objeto más podrido de esta jaula,
y aún así,
existes.
Oh, público, que no te olvido,
que puedes hacerte el sordo, el mundo, el inconsciente,
que aún respiras y te oigo, tras esa pantalla doliente
que rápido salpica estas letras
que descifras sin lograrlo,
imaginando que quizá tu nombre está detrás de ellas.



Quizá sí,
quizá no.
Solo yo frente a este mundo.
Cansada, más de lo que soporto,
fingiendo, como siempre he hecho.


Solo se me da bien eso:
hacerles creer a todos
que el mundo sigue girando
que yo sigo siendo mi centro,
que no me he caído ni un segundo,
cuando llevo horas tirada en el suelo.


Mañana volverá a salir el sol,
yo seré una oveja más en esa feria que algunos llaman tierra,
me reiré sin ganas,
contemplaré mi suerte,
y al llegar el atardecer me preguntaré qué le ha pasado a mi vida,
si yo sigo siendo la de siempre,
pero menos viva.





No, lector, no te asustes. 
Es solo un principio atravesado,
unas cuerdas desafinadas,
un do de pecho afónico,
un compás descompasado.

Mañana cuando suene el despertador
todos a bailar,
y en el trabajo se escuchará "buen fin de"
y en la universidad dirán "hasta el lunes"
yo solo miraré impaciente,
las horas de ese tiempo pasar.

Me morderé las manías,
y me asustarán las sombras,
el viento seguirá mojado,
mis ojeras seguirán marcadas,
yo seguiré perdida
y mi mente- que grita-
seguirá callando. 

lunes, 26 de marzo de 2018

Pájaros dándose la espalda en escenarios vacíos.
Persianas bajadas, cortinas partidas, 
el aire que rima con trozos de olvido. 

Si sé que sabes lo que sé,
sabrás que sé lo que esquivo. 
Noches de capa compleja,
espejo que refleja ya nada. 

Era tan alta entonces,
ahora un ovillo, en ocasiones,
que rueda por playas vacías
donde el agua por miedo ni asoma.

Noche taciturna y casi dormida
qué pretendes hacer cuando te despiertas,
y amanezcas sobre heridas caducadas
que se sienten como si fueran recientes. 

Déjales a ellos
que no entienden
qué transporto
aquí en la mente. 
Y dales lo que quieren:
diles que “has cerrado ya,
que no entra nadie”
miéntete si puedes
y no hagas juicio;
de nada servirá el vuelo 
hacia el horizonte,
si cuando llegues
está torcido. 


Te van a seguir preguntando
 si recuerdas aquella tormenta
y tú les dirás que ese día
sí llevabas el paraguas,
sí esquivaste las sombras,
sí seguiste a la vida. 






Ojalá supiera lo que escribo cuando escribo. Es como si una parte de mí hubiese aprendido a hablar con metáforas. Es como si así supiera que cada uno cuando lo lea entenderá algo distinto. Supongo que eso es lo más bonito y perfecto de la poesía. O lo que sea esto. 

miércoles, 7 de febrero de 2018

mi batalla contra el invierno

Saco las palabras por las mangas del jersey,
asomo la cabeza por ese agujero,
que tengo cerca,
y que es la verdad.

Y el viento fuerte y denso
me gira la cara,
y mi verano hecho añicos
me araña la espalda.

Ahora es invierno,
y éste me grita,
que me lo merezco,
que me empape de lluvia,
que me moje los huesos.

Y yo le miro
con recelo
y pienso
sin decir palabra,
que nadie merece eso,
que esas palabras son demasiado duras
para alguien que ha soportado tempestades.

Y entonces me encojo
no porque no tenga razón,
no porque me rinda,
sino porque sé que por mucho que arañe,
que luche,
batalle,
grite
explique
y reivindique,
nada de lo que yo diga,
sienta
o
piense
será verdad.
No para el invierno.


Y eso es lo más triste que me ha pasado nunca:

Saber que puedo salvarme
y no luchar por hacerlo.
Saber que pude salvarlo
y que el invierno se niegue a ello.










A veces damos mucho, mucho más de lo que los demás pueden valorar, y sin embargo, nunca es suficiente.

sábado, 25 de noviembre de 2017

naufragios

Os he mentido a todos. Absolutamente a todos. 

No,
no estoy bien. 

Me he empeñado en tapar mi ira con pensamientos banales, diciéndoos cosas como qué va, si a mí me importa una mierda todo eso, pero no. 
Me importa cómo me siento, volviendo a casa a través de la oscuridad aplastante y atosigadora, cómo me muero poco a poco subiendo los escalones hasta la puerta de mi casa, cómo abro la puerta, sigilosa, temblando, aguantando y tragando mis lágrimas, cómo me derrumbo sobre la cama, con el abrigo aún puesto, y rompo a llorar. 
¿Alguna vez habéis llorado en silencio? No hablo de llorar sin hacer ruido, hablo de cuando tus lágrimas quieren salir con tanta fuerza que estallan contra tus córneas y no acaban de escaparse, pero tú has abierto ya la boca exhalando un grito silencioso y rasgado. No sé si me explico. 

Se me despedaza el pecho poco a poco mientras libero toda esa fuerza, rabia e impotencia, el titán que lucha contra mi positivismo, el titán que me salva y otras veces me humilla. 
Me siento tan vacía que me duele, literalmente, el estómago. Como si de repente no existieran órganos en mi cuerpo y solo fuera aire lo que circula por mis venas. Como si no hubiera más allá de mí, del cuarto y de mis pensamientos inteligibles. 

Confieso que os he mentido, sí.
He intentado coser todas esas roturas y he fracasado. Pensaba que sería más fácil esta vez. 
Pero qué coño pensaba, si todo el mundo se acaba yendo. Si lo sé desde siempre, si primero fue ella, después fue la otra, después fue él. ¿Por qué me extraña tanto que me hieran? Si estoy acostumbrada, si ya he estado aquí antes, si me duele más el pecho que el alma. Si no estoy donde estoy, si mi cabeza siempre anda en otra parte. 




No me hagáis caso,
hace tiempo que perdió el sentido este blog,
lo difícil es contemplar que sigo acudiendo a él
cuando no puedo verbalizar lo que me pasa.

Qué tienes, que me enganchas a escribir de nuevo,
qué tienes, que sigues siendo mi confidente, 
por qué, si ya no me lee nadie,
ni siquiera yo. 








La peor batalla que he librado jamás yace entre aquello que deseo que suceda y aquello que acaba sucediendo. 



Triste final para una superviviente,
que al final
no llegó al final
de sus páginas.














Bendita y jodida literatura,
a la que asisto
siempre
para contemplarme
morir.


Puta poesía,
que me matas
con versos
que yo misma
construí. 



Absurda, tonta, maldita yo. 
Que acabo siempre en mí. 


jueves, 12 de octubre de 2017

abrumador



Quizá pueda sonar raro, pero cuanto más cerca estoy de ser aquello que he deseado ser desde que mi uso de razón se coló en esta habitación, más lejos siento que estoy de mí. 
Estoy harta de tomar elecciones: ¿Qué quieres hacer después? ¿Qué harás cuando todo acabe? ¿Qué será de ti cuando acabes la carrera? Todo esto me preguntan algunos que me ven, después de años sin toparse conmigo, todo esto me acabo preguntado yo: ¿Y después, qué?
He pensado en meterme en doblaje, aunque claro, qué difícil triunfar en un mundo donde tantos compiten por ser los mejores, o peor, qué difícil destacar en un mundo donde todos los que están son buenos. Y eso no es todo, súmale el precio, que la educación privada creo que sería el único camino. ¿Qué haría yo ahí? ¿Sería alguien en ese mundo?
¿Y qué tal un master relacionado con las editoriales? ¿Es realmente lo que quiero?
¿Y un master de guionista? Hostia, ¿pero eso está en Barcelona? Ah, no. ¿Irme? No quiero. 

¿Qué voy a hacer después? Muchos dicen que por qué no profe. Joder, que no. Que no me gusta. ¿Por qué todos insistís en que es el único camino? Que sea el más elegido, el más sencillo o habitual, no implica que sea lo que yo deseo. No solo quiero un sueldo a final de mes, quiero ser feliz. Y...¿a qué precio? Qué duro. 

Lo mejor quizá sería esperar un año tras acabar la carrera, trabajar y sacarme el carné. Pero si hago eso, ¿sentiré que he hecho algo productivo? Y lo que es peor, ¿cómo voy a conseguir dinero para sacarme el carné si mi prioridad es operarme? Ah, vaya, la dichosa operación. 

¿De dónde saca una chica de veintiún años diez mil euros? 


Escrito suena aún peor.

La verdad es que llevo semanas amargándome con estas preguntas. La verdad es que tenía que desahogarme, porque creo que si no lo escribo aquí seguiré taladrándole a Adri la cabeza con mis dudas y proyectos. Y él ya me escucha suficiente durante el día.  

Estoy al borde de los veintidós años y me da un pánico tremendo el futuro. Yo, Noelia, la chica que con doce años ya sabía qué bachillerato escogería y qué carrera haría después, la misma. Aquella que soñaba con ser profesora, la misma que cuando entró a la universidad se dio cuenta de que eso era lo último que deseaba. La que antes temía a los clásicos y ahora los adora. La misma, sí, sí, eh, sí, yo. 
Ahora qué perdida, ¿no? Ya decía yo que todo en esta vida no es fácil, ni se puede tener tan claro. 

Joder, esa tía que con dieciséis decía: Eh, aparta, que me voy a comer el mundo. Que voy a ser filóloga. Y ahora a meses de graduarme me acongojo. Que sí, que vaya, que qué sorpresa.



A veces me quedo mirando el techo unos minutos, hasta que me canso y cierro los ojos. Es entonces cuando me sumerjo en ese mundo insólito y extraño que me abruma y me encarcela: por qué así de fuerte, por qué así de intenso, por qué este miedo. 
Y me pierdo unos minutos, y me derrumbo unos segundos. 

Qué difícil. Sin el dinero suficiente para hacer todo lo que se sueña, con el tiempo de sobras para hacerlo, mirando al futuro de frente sin verlo. 


Jodida y asquerosamente abrumador. 
Jodida y tremendamente difícil. 


A dos pasos de saber quién soy retrocedo uno por miedo a descubrirlo. 







Y aún tengo el valor de venir aquí a quejarme. 















Ya me gustaría

 Es casi inconsciente este pensamiento recurrente que me atraviesa. Me cuento y les cuento que no es para tanto y lo cierto es que soy dos p...