Seré culpable de aprender a caricias las coordenadas de tu cuerpo. De no necesitar de mapas para encontrar tus debilidades. Seré culpable de acariciar el cielo al filo de tus labios, de encontrarme si me pierdo en ti. De eso seré culpable, de nada más. Seré culpable de escribir sobre tus labios, y de querer imitar en letras la calidez de tus miradas. Seré culpable de no hacerte justicia con mis palabras al hablar de lo que me encanta tenerte. Seré culpable de haberme hecho adicta a tus 'Bona nit' y haberme hecho fan de las caricias del alma. Pero jamás podrán culparme por no haber cuidado de ti, de haber besado tus lágrimas. Jamás podrán culparme del dolor o de la magia negra del destino si por desgracia un día lograra alejarte. Lo único de lo que soy culpable es de no haberte comido a besos en cada esquina a cada segundo, de haber perdido el tiempo mirando al cielo si tus ojos decían mucho más que las estrellas. Pero jamás culpable por no haber agarrado tu mano con fuerza y haberte dicho al oído que todo saldría bien.
martes, 16 de abril de 2013
lunes, 15 de abril de 2013
Pensé que lo único que querías era acabar conmigo.
- ¿Hay alguna razón coherente que explique por qué no me mataste cuando tuviste la oportunidad?
Helena se revolvió nerviosa, en la silla. Le miró directamente a los ojos. ¿Cómo le explicaba ella que ellos se habían conocido mucho antes? Quizá hace cuatro vidas, quizá seis. Él no la recordaba y sin embargo, a ella le latía el corazón desenfrenadamente si su mirada de hielo la atravesaba.
¿Sabes? Sé por qué te quiero. Te quiero porque haces que parezca fácil vivir. Y eso...eso no lo hace cualquiera.
Helena se revolvió nerviosa, en la silla. Le miró directamente a los ojos. ¿Cómo le explicaba ella que ellos se habían conocido mucho antes? Quizá hace cuatro vidas, quizá seis. Él no la recordaba y sin embargo, a ella le latía el corazón desenfrenadamente si su mirada de hielo la atravesaba.
- Ya te lo dije. Tenía miedo.
- ¿Miedo tú?- rió y se retorció, también, haciendo una mueca de dolor.- Cualquiera de los tuyos no habría dudado en matarme si hubiera tenido la oportunidad. Helena, estaba atado. Podrías haberlo hecho y después largarte. ¿Es una manera de castigarme? ¿De castigarte?
- Me duele que no lo recuerdes.
Esa frase retumbó por todo el edificio. Le dolió tanto a ella, como a él, que la escuchaba atento, ahora con los brazos cruzados.
- Así que es eso.
Helena le miró interrogante.
Helena le miró interrogante.
- ¿Piensas que eres la única que recuerda las cosas cuando vive de nuevo?- él la desafió con la mirada.- Te reconocí en cuanto te vi, He.- las pupilas de ellas se dilataron, incrédulas, tal vez algo inocentes. Él tembló bajo la cara de ella, ahora, a parte de confusa, triste.- Pensé que me odiabas, pensé que querrías matarme.
-¿Te ataste tú?- esa pregunta había recorrido su mente durante todas las noches que habían pasado desde el día del bosque. - ¿Lo hiciste a propósito, para que te matara?
- Tenía la esperanza de que no lo hicieras. Pero pensaba...creía, yo qué sé. Han pasado siglos de aquello, Helena. Pensé que lo único que querías era acabar conmigo.
- Te fuiste, es cierto. Pero a ti te he perdonado, Elaan. A ti te he perdonado. A quien no he perdonado es a mí misma. Por haber confiado en ti cuando pude no hacerlo.
- No tenía otra opción, tuve que irme.
Él la miro, como abrazándola con los ojos. No tenía el valor de decirle que cada noche se había arrepentido de vivir en el mundo en el que vivía, de haber tenido que huir precipitadamente dejándola sola. No le contó de esas noches en las que el sueño no vencía, y su insomnio se hacía presente. No le habló de las cajas y cajas de tabaco que llevaban su nombre, y de todos esos cigarros en los que la intentó ahogar y echar al olvido. Tampoco le contó que todos sus esfuerzos fueron inútiles, que la echó tanto de menos que a veces cerraba los ojos e imaginaba que aún la tenía en sus brazos. Ella bajó la mirada. Furiosa con ella misma, por sentir todavía como su corazón latía a mil por hora, por el brillo que había recuperado esa mirada triste que tuvo desde que él se marchó. Quiso odiarle, pero fracasó.
- Ahora es tarde. Vendrán a por nosotros. Saben que nos hemos encontrado, saben que nos hemos visto. Saben que...lo saben.
- ¿También saben que no he podido evitar que el corazón se me salga por la boca al tenerte a un metro y no poderte abrazar?
Helena suspiró y se le encarcharon los ojos. Hizo un esfuerzo sobrehumano para no llorar. Él no podía verla débil, ella creía haber aprendido a ser fuerte durante todos estos años en los que él no estuvo.
- No supe de ti hasta ahora. Me mataba la distancia, el paso del tiempo, tan efímero para mí, tan largo para los humanos. No supe de ti y esa era la peor tortura, la peor condena que podrías haberme dejado. Creí que ellos te habían matado, Elaan. Creía que ya jamás volvería a verte.
Él se acercó repentinamente y la abrazó. Ella no tuvo tiempo para huir de sus brazos y se aferró, sintiendo su olor, pegado en sus mejillas, y sintió como se ampliaba su alma, como se llenaba ese vacío del que se había intentado deshacer mucho antes.
Él se acercó repentinamente y la abrazó. Ella no tuvo tiempo para huir de sus brazos y se aferró, sintiendo su olor, pegado en sus mejillas, y sintió como se ampliaba su alma, como se llenaba ese vacío del que se había intentado deshacer mucho antes.
- No sabes cuántas veces he pensado en otro momento así- suspiró él. Sus palabras se alzaban y volaban, casi rozándola a ella.- No sabes la de veces que pensé en volver y no me atreví.
- Ahora estás aquí.- dijo ella con miedo a que volviera a marcharse.- Pase lo que pase después, haya pasado lo que haya pasado antes, ni el pasado ni el futuro cambiará que ahora estás aquí.
Helena tenía razón y él lo sabía. Había vuelto para llevársela consigo pero le costaba tanto admitir que la quería que incluso el miedo le vencía constantemente.
Los corazones de ambos latieron, ahora, algo más rápido, por la cercanía. Parecían presos de una sincronización exacta, perfecta. Las respiraciones entrecortadas, las lágrimas felices de él, que no se atrevían a resbalar por las mejillas, las de añoranza de ella, que brotaban por sus ojos al ritmo del brillo que sentían de la luna sobre la piel. Ambos no dijeron más, tampoco hacía falta.
Sabían que por mucho que huyeran del destino, algo hacía que volvieran a encontrarse.
Siglos después, en lugares inexistentes o inimaginables, pero sus vidas se cruzaban otra vez.
Sabían que por mucho que huyeran del destino, algo hacía que volvieran a encontrarse.
Siglos después, en lugares inexistentes o inimaginables, pero sus vidas se cruzaban otra vez.
¿Sabes? Sé por qué te quiero. Te quiero porque haces que parezca fácil vivir. Y eso...eso no lo hace cualquiera.
domingo, 14 de abril de 2013
Mi héroe.
Y que sentía ganas de llorar, cuando al besarte, me atrapabas en ti y sentía tu piel arder sobre la mía. Porque no había tenido nunca la sensación de volar tan alto, y tú me guiabas por el cielo cuando alzabas el vuelo. Tus ojos hablaban por ti, y me gustaban,simples, cuando brillando derrochaban esa paz infinita que se clavaba en mí. Como si al mirarme para ti fuese aún más sencillo respirar. Como si yo también cambiara tu vida a nivel fácil.
'' Es que joder, parece todo tan fácil cuando me coges la mano y me miras como diciéndome: Vamos, cariño, que lo vas a hacer bien. Te juro que te creo, chica, y que saltaría hasta el infinito si tus ojos me aseguran que voy a llegar al otro lado de la orilla con vida.''
Que habíamos trazado una ruta invisible por el cielo, y que solo nosotros podíamos verla. Que bautizamos mil estrellas, y la luna nos envidiaba si al besarnos caían las ruinas de la ciudad. Decíamos en versos lo que a besos no nos dio tiempo a explicar. Y qué, si el mundo temblaba bajo el tacto de unas manos que sostenían mi verdad. Que nos queríamos, y hasta un ciego podría haberlo visto. Porque si tú saltabas, yo saltaba y si yo caía tú me levantabas. Que yo te cubría las espaldas, y tú me encerrabas en su burbuja de cristal para protegerme de los errores, de todo lo que pudiera hacerme daño.
'' Mira, Noelia, te juro que si gano la próxima, mañana mismo cogemos un avión. ¿A dónde te apetece ir? Bah, nos recorreremos el mundo, ¿vale?. Para comer, algo italiano y cenaremos algo japonés. ¿Qué te parece? Un desayuno americano, tal vez. Va, a la próxima, besa los dados, nos dará suerte.''
Y te creías un fracasado si perdías, y aunque jamás te lo dije, yo siempre sentí que el pecho se balanceaba si gritabas mi nombre. Tal vez mi voz no tenía la suficiente fuerza como para alzarse y llegar a ti, y quizá tú jamás lo supiste, pero aunque yo jamás lo dijese... fuiste mi héroe.
sábado, 13 de abril de 2013
Me haces sentir.
- - Me haces sentir que no voy a querer conocer besos
de otros labios nunca más.
Le miré en silencio, quedando prendida de su sonrisa. A veces, cuando me decía cosas bonitas, dudaba en si tomármelo en serio. Pero sus ojos se clavaban con tanta fuerza en mí, que me era imposible imaginar que estuviera mintiendo.
Le miré en silencio, quedando prendida de su sonrisa. A veces, cuando me decía cosas bonitas, dudaba en si tomármelo en serio. Pero sus ojos se clavaban con tanta fuerza en mí, que me era imposible imaginar que estuviera mintiendo.
Miré al cielo. Parecía infinito, encima de nosotros. Acechando a nuestros
cuerpos, brillando por encima de todo, almacenando cada pequeña estrella.
- ¿Quién nos lo iba a decir a nosotros, eh
- Quién nos lo iba a decir…- repitió él tomando mi cara y acercándome aún más a él. Me besó. Cuando me besaba sentía que el resto del mundo se hacía invisible. ¿Alguna vez habéis sentido en cada beso que el mundo queda prendido de vosotros? Ya sabéis, como si todo girara a vuestro alrededor. Como si fueseis en sintonía con el mundo entero. Esa era la sensación que se me agarraba a las costillas cuando sus labios rozaban los míos. Decíamos tanto solo con ese pequeño roce. Dos labios que se buscan y se encuentran, que parecen que existan solo para encontrarse, haciendo de las cosas difíciles algo tan simple como respirar, coger aire.
- Quién nos lo iba a decir…- repitió él tomando mi cara y acercándome aún más a él. Me besó. Cuando me besaba sentía que el resto del mundo se hacía invisible. ¿Alguna vez habéis sentido en cada beso que el mundo queda prendido de vosotros? Ya sabéis, como si todo girara a vuestro alrededor. Como si fueseis en sintonía con el mundo entero. Esa era la sensación que se me agarraba a las costillas cuando sus labios rozaban los míos. Decíamos tanto solo con ese pequeño roce. Dos labios que se buscan y se encuentran, que parecen que existan solo para encontrarse, haciendo de las cosas difíciles algo tan simple como respirar, coger aire.
Le miré y apoyé mi frente en la de él. Así quería recordarle siempre, a dos
centímetros de mi cara, con una sonrisa en su faz y otra en mi rostro. Siendo
espectadores de un momento perfecto. Brillábamos como esas estrellas que
amenazaban con eclipsarnos. Pero dudo que alguien pudiera brillar en ese
instante más que nosotros.
- - Pase lo que pase en un futuro, yo te voy a
recordar así.
- - ¿Así, cómo?
- - Abrazado a mí, feliz. Te voy a recordar
sonriéndome como si no existiera un mañana. Pase lo que pase te recordaré
sonriendo, a centímetros de mi boca. Respirando, dejando tus huellas dactilares
en mi piel.
Sonrió tanto que hasta la luna pudo tener envidia de la luz de sus dientes.
Pero me hizo feliz saber que podría guardar aquello para siempre, en mi mente.
Fotografiarle sin necesidad de cámaras, almacenando en el corazón detalle a
detalle, el tacto de su piel, el calor de sus labios en mi cuello, o el simple
pestañeo de sus ojos.
Sabía que él era diferente al resto. Y sabía que a cada día que pasara, podría
entender mejor por qué le escogí a él.
jueves, 11 de abril de 2013
Me salvas.
Vienes y me salvas. Como si hubieras nacido para ello, me sujetas con tus manos y el universo se hace más soportable. Eres mi ángel guardián. Eres quien mece mis palabras y le da sentido a ésto que me pasa. Aunque esté hundida, tú sabes cómo sacarme a flote. Y las milésimas de segundo en las que reímos juntos se vuelven mágicas. Consigues que aunque no vea el camino sienta ganas de avanzar hacia adelante. Te transformas en algo tan imperceptible al ojo humano que solo puedo sentirte. Y me basta con oírte latir aquí, en mí. Haces que los jueves, que odio, se vuelvan más fáciles. Haces con tus besos instantes dignos de ser recordados. Me salvas del naufragio, y estás ahí, a mi lado, sujetando mis sueños. Convenciéndome a besos. Inventándote bromas. Diciéndome cosas que nadie me había dicho nunca mirándome a los ojos. Lo haces todo tan fácil que mi corazón se balancea en tus pupilas. Y le agradezco al destino que seas tú quien se haya cruzado en mi camino. ¿Sabes? Yo también me he encontrado a mí cuando te he encontrado. Yo también soy feliz cuando estoy a centímetros de ti. Tanto, que te quiero decir tantas cosas que no salen mis palabras. Tanto, que le das sentido a mi razón, y le das aire a mis palabras. Tú me haces fuerte.
Me haces valiente, me haces volar. ¿Qué has visto en mí? No lo sé. Pero no importa.
Estás aquí. Y entonces hasta la piel sobra.
Me haces valiente, me haces volar. ¿Qué has visto en mí? No lo sé. Pero no importa.
Estás aquí. Y entonces hasta la piel sobra.
miércoles, 10 de abril de 2013
2·6= XII
No nos conocimos románticamente, ni nos gustamos al vernos. No fue una historia de amor como las de cine, ni tampoco un amor imposible como el de esos libros que adoro leer.
Cuando yo le conocí era una cría, y supongo que él también todavía era un crío.
Pero hubo algo, algo parecido al destino, algo que lo cruzó años después en mi vida. ¿Vosotros no creéis en eso de que a veces estamos destinados a conocer personas que se cruzan en nuestra vida en el momento equivocado? Aquel no fue nuestro momento. Pero éste, éste sí.
He mirado miles de ojos antes, pero ningunos me han transmitido tanto como los suyos. Hasta tal punto que a veces sobran las palabras al verle. ¿No habéis tenido nunca la sensación de que al coger a alguien de la mano te sientes segura? Como si el mundo cambiara a nivel fácil. Como si todo se convirtiera en algo mejor. A veces solo necesitas que alguien crea en ti para que tú mismo puedas empezar a creer también. Él me da ese punto de cordura, esa razón en mi corazón, esa lógica en mi vida. Que quizá a veces somos demasiado diferentes, pero y qué. A besos estamos de acuerdo siempre. Y qué si estuvimos un tiempo separados, estuviéramos o no, al encontrarse, nuestras miradas jamás perdieron el rumbo. Había magia cuando hablábamos y reíamos por cualquier cosa. Y supe desde el instante en que nos reencontramos que ya no éramos ese par de críos que se conocieron un día, hace muchísimo tiempo, sino que habíamos crecido, y habíamos tomado mil caminos distintos antes de llegar aquí.
Su sonrisa abre cualquier puerta, acorta cualquier distancia, rompe con las normas. Y puede hacer de algo frágil algo irrompible. No sabéis nada del amor si no habéis conocido sus labios susurrándoos a centímetros de los labios, o ha hecho el esfuerzo de escribir algunas palabras aun sabiendo que a él no le entusiasma la idea de plasmar en un papel lo que siente. No sabéis qué es el amor si no habéis visto su cara, ilusionado, en cualquier juguetería removiéndolo todo y disfrutando como un niño. No sabéis nada si él no os ha mirado a los ojos y os ha dado un vuelco el alma cuando ha dicho palabras increíblemente bonitas. Tanto, que no sabríais qué decir, cómo mirarle, cómo almacenar ese momento para siempre.
Quizá no es la historia más bonita de amor, tal vez no lo sea. Pero es nuestra historia imperfecta, esa que se carga toda norma...esa que rompe todos los esquemas que haya podido llegar a idear.
¿Pero os confieso algo?
Me encanta que seamos la excepción a todo.
Eso lo hace mágico.
Cuando yo le conocí era una cría, y supongo que él también todavía era un crío.
Pero hubo algo, algo parecido al destino, algo que lo cruzó años después en mi vida. ¿Vosotros no creéis en eso de que a veces estamos destinados a conocer personas que se cruzan en nuestra vida en el momento equivocado? Aquel no fue nuestro momento. Pero éste, éste sí.
He mirado miles de ojos antes, pero ningunos me han transmitido tanto como los suyos. Hasta tal punto que a veces sobran las palabras al verle. ¿No habéis tenido nunca la sensación de que al coger a alguien de la mano te sientes segura? Como si el mundo cambiara a nivel fácil. Como si todo se convirtiera en algo mejor. A veces solo necesitas que alguien crea en ti para que tú mismo puedas empezar a creer también. Él me da ese punto de cordura, esa razón en mi corazón, esa lógica en mi vida. Que quizá a veces somos demasiado diferentes, pero y qué. A besos estamos de acuerdo siempre. Y qué si estuvimos un tiempo separados, estuviéramos o no, al encontrarse, nuestras miradas jamás perdieron el rumbo. Había magia cuando hablábamos y reíamos por cualquier cosa. Y supe desde el instante en que nos reencontramos que ya no éramos ese par de críos que se conocieron un día, hace muchísimo tiempo, sino que habíamos crecido, y habíamos tomado mil caminos distintos antes de llegar aquí.
Su sonrisa abre cualquier puerta, acorta cualquier distancia, rompe con las normas. Y puede hacer de algo frágil algo irrompible. No sabéis nada del amor si no habéis conocido sus labios susurrándoos a centímetros de los labios, o ha hecho el esfuerzo de escribir algunas palabras aun sabiendo que a él no le entusiasma la idea de plasmar en un papel lo que siente. No sabéis qué es el amor si no habéis visto su cara, ilusionado, en cualquier juguetería removiéndolo todo y disfrutando como un niño. No sabéis nada si él no os ha mirado a los ojos y os ha dado un vuelco el alma cuando ha dicho palabras increíblemente bonitas. Tanto, que no sabríais qué decir, cómo mirarle, cómo almacenar ese momento para siempre.
Quizá no es la historia más bonita de amor, tal vez no lo sea. Pero es nuestra historia imperfecta, esa que se carga toda norma...esa que rompe todos los esquemas que haya podido llegar a idear.
¿Pero os confieso algo?
Me encanta que seamos la excepción a todo.
Eso lo hace mágico.
martes, 9 de abril de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
Te hundes.
Te siento, a veces, tan lejana. Me da miedo, te sumerges y te hundes, y yo no tengo el valor de sacarte a flote. Temo a hundirme si no consigo rescatarte. Te podría salvar mil veces, y arriesgar, sacrificar muchísimas cosas, como he hecho demasiadas veces. Y aunque tú no te des cuenta, siempre he caminado a tu lado, callada incluso intentando comprender tu silencio. Dándote palabras aunque no las quisieras escuchar, o no las necesitaras. He dado lo mejor de mí contigo, y aunque tuviera un mal día, mil problemas e incluso estuviera enfadada contigo, jamás te he dedicado una palabra distante, fría. Es por eso que a veces se cansan mis brazos de luchar por ti, por ambas. A veces necesito que seas tú quien tire de ésto, quien cargue conmigo sobre las espaldas. Necesito sentir que me sujetará tu mano cuando me pierda y me encontrarás. Necesito que tenga sentido para ti también la palabra mejor amiga, que siga latente y que por mucha distancia que nos separe a veces, todo volverá a ser lo de antes. Te necesito aunque no sea de las que piden ayuda. Necesito saber que tienes ilusiones y ganas de vivir. Necesito que le mires a él y seas capaz de contemplar la suerte que tienes al estar con una persona que te da tanto. Mantente en pie, por favor, y deja tus cumplejos, tus manías y tu tristeza aparcada. Él necesita de tus brazos para continuar, eres donde quiere apoyarse cuando añore refugiarse de todos los problemas. Sé su luz, por favor, y demuéstrale que la vida se compone también de instantes perfectos. No te vayas, porque te quiero. No te vayas, porque mereces ser feliz, aunque no te comprenda, aunque no me comprendas, aunque te vayas y después vuelvas...
Necesito verte sonreír una vez más.
Necesito verte sonreír una vez más.
domingo, 7 de abril de 2013
Da miedo no tenerle miedo a nada.
Me habría pasado horas mirándote.
No había sol, tampoco era necesario para verte brillar. Tu piel hablaba de ti tanto como tus ojos.
Pero no podía ver tu mirada, porque los tenías cerrados.
¿Alguien sabe cómo se guardan los instantes para hacerlos eternos?
Aquel fue digno de guardarlo para siempre.
Me habría pasado horas y horas a tu lado, sin hacer absolutamente nada. Porque hacer nada contigo era mucho más que hacerlo todo con cualquier persona.
Tus brazos en mi cintura, tus labios en mi piel. ¿Se puede pedir más?
Tener la seguridad de ya no tener miedo de nada. De vivir de sueños, de contemplar momentos, de lograr imaginar cualquier instante y hacerlo perfecto. De caminar sin rumbo aun sabiendo que cualquier meta será la correcta. ¿No lo entiendes? No es necesario abrigo para cubrir el frío, ni paraguas para no mojarse con la lluvia, tú eres todo lo que me hace falta cuando lo único que quiero es ser feliz.
No había sol, tampoco era necesario para verte brillar. Tu piel hablaba de ti tanto como tus ojos.
Pero no podía ver tu mirada, porque los tenías cerrados.
¿Alguien sabe cómo se guardan los instantes para hacerlos eternos?
Aquel fue digno de guardarlo para siempre.
Una sonrisa en tu rostro, que surgía, como si nada, tras el tacto de mi piel. Me sentí tan parte de ti, que por un momento, pensé que éramos la misma persona.
¿Has tenido alguna vez la sensación de que te sobraría el aire? ¿De que podrías existir a base de besos? ¿De que el mundo dejaría de girar por un instante y frenaría, justo bajo tus pies?
¿Has tenido alguna vez la sensación de que te sobraría el aire? ¿De que podrías existir a base de besos? ¿De que el mundo dejaría de girar por un instante y frenaría, justo bajo tus pies?
De volar.
Tus brazos en mi cintura, tus labios en mi piel. ¿Se puede pedir más?
Tener la seguridad de ya no tener miedo de nada. De vivir de sueños, de contemplar momentos, de lograr imaginar cualquier instante y hacerlo perfecto. De caminar sin rumbo aun sabiendo que cualquier meta será la correcta. ¿No lo entiendes? No es necesario abrigo para cubrir el frío, ni paraguas para no mojarse con la lluvia, tú eres todo lo que me hace falta cuando lo único que quiero es ser feliz.
sábado, 6 de abril de 2013
La vida es corta.
Una vez alguien me dijo que la vida era corta. ¿Y sabéis? Me reí. ¿Quién va a pensar, con diez años, que la vida es corta? Con diez años piensas en el futuro como algo infinito. Pero lo cierto es que la vida es corta. Crecemos a la velocidad de la luz, y cada curso se hace casi más corto. Pretendemos volar cuando aún no nos han crecido las alas, sin darnos cuenta de lo precioso que es observar cada día como te han crecido un poco más. Y no vemos que no podemos alzar el vuelo hasta que no las tengamos. Eso sí, cuando tenemos ya un par de alas, pretendemos ser expertos surcando los cielos, como si las alas hubieran sido parte de nosotros siempre. No tenemos la paciencia de que el tiempo y el viento estén a nuestro favor y poco a poco aprendamos a volar. Queremos que todo llegue sin darnos cuenta de que mientras luchamos por ir a contracorriente, nos estamos perdiendo lo que verdaderamente importa, que es cada pequeño detalle.
Y ahora digo yo, es cierto que con diecisiete años miras hacia adelante y ves un sin fin de posibilidades, de caminos y trayectorias pero...¿Quién sabe si mañana podremos ver la luz del sol? ¿Quién te asegura que sigas vivo? ¿Quién dice que vamos a vivir por muchos años?
El mundo está lleno de sorpresas. Algunas buenas, otras no tanto. Vuela, vuela cuando tengas alas...pero no vueles más de lo que ellas permiten que vueles, no vueles más rápido de lo que el viento pida, y disfruta, disfruta de todo...porque todo, absolutamente todo tiene fecha de caducidad...incluso las personas.
Y ahora digo yo, es cierto que con diecisiete años miras hacia adelante y ves un sin fin de posibilidades, de caminos y trayectorias pero...¿Quién sabe si mañana podremos ver la luz del sol? ¿Quién te asegura que sigas vivo? ¿Quién dice que vamos a vivir por muchos años?
El mundo está lleno de sorpresas. Algunas buenas, otras no tanto. Vuela, vuela cuando tengas alas...pero no vueles más de lo que ellas permiten que vueles, no vueles más rápido de lo que el viento pida, y disfruta, disfruta de todo...porque todo, absolutamente todo tiene fecha de caducidad...incluso las personas.
viernes, 5 de abril de 2013
Echándose de menos.
Hundió la cara entre sus manos y después alzó la vista al cielo. Había empezado a llover, pero a ella esas cosas jamás le habían molestado. No le importaba empaparse porque pensó que con la lluvia, sus lágrimas podrían esconderse detrás de cada gota. Ana miró a su al rededor, pero no vio a nadie más que a sí misma. Pensó en gritar, pensó que así el dolor se haría más tangible. Gritó en silencio, ella siempre había hecho las cosas sin que nadie se percatase de nada.
Le vio a lo lejos, primero se le aceleró el corazón, y sintió como su vida, atropelladamente, se acercaba a ella hasta el punto de llevársela por delante. Sintió como el esfuerzo que había hecho construyendo un castillo del olvido se desmoronaba en un segundo. Y no era solo la lluvia la causante de ello. Él estaba a tan pocos metros que podía distinguir perfectamente su peca en la mejilla derecha, su hoyuelo prolongado, la separación de sus dientes al sonreír. Lo veía con tanta claridad que por un segundo se le olvidó que llevaba muchísimos meses sin verle.
Él la miró, fue un segundo, un instante tan corto, que ella, rápidamente almacenó en su memoria. Pensó en si saludarle. ¿Qué se le dice a la persona que te mataba a besos por las noches y te despertaba con caricias por las mañanas? Alguien que ya no estaba en tus días pero sí que había formado parte en un pasado de todos ellos.
Él bajó la mirada, y tarareó alguna canción. Ella cruzó y pasaron uno por el lado del otro, sin apenas mirarse. Lo que ninguno de ellos sabía es que se habían echado de menos. Él vivía pensando que ella besaba otras bocas y regalaba su corazón a cualquier chico que no la dejara pasar, como hizo él. Y ella pensaba en que otra chica, quizá más alta, más morena, y más guapa...le regalaría sus días como un día ella se los regaló.
Lo que ninguno de los dos imaginaban era que ambos hacían de vez en cuando, ese recorrido por la playa, el mismo que juntos habían hecho miles de veces. Porque jamás coincidieron, jamás se cruzaron, jamás lo supieron. Ahora ambos eran dos desconocidos. En cuanto se disipó el aroma de Ana en los sentidos de él, cerró los puños con fuerza e intentó quitársela de la cabeza, pero ni la música le sirvió para ahuyentar el recuerdo de aquellos besos,de aquellas sonrisas que un día le arrancó. Y ella, con los ojos empapados, subió el volumen de su música, también en vano y luchó contra ella misma para no llorar.
Otro día más, otra noche más, encerrados en la misma locura, en el mismo olvido, en la misma cárcel. Otro día más echándose de menos creyendo mutuamente que se podrían echar de más.
Le vio a lo lejos, primero se le aceleró el corazón, y sintió como su vida, atropelladamente, se acercaba a ella hasta el punto de llevársela por delante. Sintió como el esfuerzo que había hecho construyendo un castillo del olvido se desmoronaba en un segundo. Y no era solo la lluvia la causante de ello. Él estaba a tan pocos metros que podía distinguir perfectamente su peca en la mejilla derecha, su hoyuelo prolongado, la separación de sus dientes al sonreír. Lo veía con tanta claridad que por un segundo se le olvidó que llevaba muchísimos meses sin verle.
Él la miró, fue un segundo, un instante tan corto, que ella, rápidamente almacenó en su memoria. Pensó en si saludarle. ¿Qué se le dice a la persona que te mataba a besos por las noches y te despertaba con caricias por las mañanas? Alguien que ya no estaba en tus días pero sí que había formado parte en un pasado de todos ellos.
Él bajó la mirada, y tarareó alguna canción. Ella cruzó y pasaron uno por el lado del otro, sin apenas mirarse. Lo que ninguno de ellos sabía es que se habían echado de menos. Él vivía pensando que ella besaba otras bocas y regalaba su corazón a cualquier chico que no la dejara pasar, como hizo él. Y ella pensaba en que otra chica, quizá más alta, más morena, y más guapa...le regalaría sus días como un día ella se los regaló.
Lo que ninguno de los dos imaginaban era que ambos hacían de vez en cuando, ese recorrido por la playa, el mismo que juntos habían hecho miles de veces. Porque jamás coincidieron, jamás se cruzaron, jamás lo supieron. Ahora ambos eran dos desconocidos. En cuanto se disipó el aroma de Ana en los sentidos de él, cerró los puños con fuerza e intentó quitársela de la cabeza, pero ni la música le sirvió para ahuyentar el recuerdo de aquellos besos,de aquellas sonrisas que un día le arrancó. Y ella, con los ojos empapados, subió el volumen de su música, también en vano y luchó contra ella misma para no llorar.
Otro día más, otra noche más, encerrados en la misma locura, en el mismo olvido, en la misma cárcel. Otro día más echándose de menos creyendo mutuamente que se podrían echar de más.
jueves, 4 de abril de 2013
Ve en mí lo que yo no he sido capaz de ver nunca.
Me miraba en el espejo y sentía que jamás nadie podría quererme.
Odiaba muchas cosas de mí, tantas, que un día dejé de contarlas.
Odiaba desde mis piernas hasta mi nariz, y nunca encontré nada que a alguien pudiera atraer. Pero, ¿qué sucede cuando alguien te dice que le gustas tal como eres?
Nunca he sabido qué decir, qué hacer, porque nunca he sido capaz de quererme.
Lo único que tengo claro cada vez que me dice todo eso, es que le quiero. Le quiero porque es capaz de ver en mí lo que yo nunca veo, y es capaz de bajar el cielo sin apenas alzar los abrazos. ¿Dónde está la línea que separa lo eterno de lo efímero? ¿Lo real de lo imaginario? ¿La perfección de la imperfección? Jamás lo supe. Lo único que tenía claro es que reinaba una seguridad enorme en mí cada vez que sus manos me sujetaban, como queriéndome acercar a él, tanto, que nuestros labios pudieran fusionarse. Lo único que sabía es que me daba igual cómo me pudiera ver yo en el espejo, lo único que me importaba era qué imperfecciones podría adorar él de mí.
Me da la fuerza que no tengo, el valor que escondo, la seguridad en mi propio miedo.
Me da tanto con cada gesto, que me parece increíble poder tocar y sentir con mis manos y mis labios mi propio cielo.
Odiaba muchas cosas de mí, tantas, que un día dejé de contarlas.
Odiaba desde mis piernas hasta mi nariz, y nunca encontré nada que a alguien pudiera atraer. Pero, ¿qué sucede cuando alguien te dice que le gustas tal como eres?
Nunca he sabido qué decir, qué hacer, porque nunca he sido capaz de quererme.
Lo único que tengo claro cada vez que me dice todo eso, es que le quiero. Le quiero porque es capaz de ver en mí lo que yo nunca veo, y es capaz de bajar el cielo sin apenas alzar los abrazos. ¿Dónde está la línea que separa lo eterno de lo efímero? ¿Lo real de lo imaginario? ¿La perfección de la imperfección? Jamás lo supe. Lo único que tenía claro es que reinaba una seguridad enorme en mí cada vez que sus manos me sujetaban, como queriéndome acercar a él, tanto, que nuestros labios pudieran fusionarse. Lo único que sabía es que me daba igual cómo me pudiera ver yo en el espejo, lo único que me importaba era qué imperfecciones podría adorar él de mí.
Me da la fuerza que no tengo, el valor que escondo, la seguridad en mi propio miedo.
Me da tanto con cada gesto, que me parece increíble poder tocar y sentir con mis manos y mis labios mi propio cielo.
miércoles, 3 de abril de 2013
La iba a echar tanto de menos.
Y él la miraba sabiendo que sería la última vez que pudiera verla. Aun así, no perdía su sonrisa. Tan brillante y resplandeciente como siempre, pensó. Quiso atraparla, en un instante perfecto, y convertirla en suya. Para así no tener que decir adiós, pero sabía que ella se marcharía, lo sabía des del principio. Se permitió el lujo de rozar sus labios, quién sabe, quizá por última vez y se limitó a susurrar palabras, frases, tal vez, inteligibles para el resto del mundo, pero que ellos dos conocían muy bien. Pensó en decirle lo mucho que la echaría de menos, pero en vez de eso, se quedó mirándola en silencio. Quería recordarla así, tumbada, al otro lado de la cama, con el pelo revuelto, los ojos cansados y las manos rozando su pecho. Quería que su tacto se hiciera intransferible, permanente, en su piel. La quiso retener, sin embargo, tampoco lo hizo.
La miró alejándose por el recibidor, caminando, tan deprisa como una brisa suave de aire. De esas brisas que entran en verano por la ventana y se incrustan en cada pequeño poro de la piel.
La miró alejarse, caminando, con esas piernas que él había besado, mordido, atado a su piel tantas otras veces. La miró como se mira la vida pasar, como despidiéndose con los ojos. Y no lloró, no delante de ella. Antes de marchar, antes de cerrar esa puerta, lo miró. Su mirada podría haber dicho tantas cosas, pero él sabía que una de todas ellas destacaba: Perdóname. La perdonó en cuanto cerró la puerta. Pero eso ella jamás lo supo. ¿Qué palabras se escriben cuando tu vida sale por la puerta para no volver? No supo qué decir después. Y estuvo más de tres semanas sin escribir palabra. Con lo mucho que eran las letras para él...
Quiso odiarla. Odiar esos rizos que se enredaban en sus dedos, odiar el marrón ligero de sus ojos, el brillo de sus labios bajo el sol, quiso odiar su piel, y no hacía más que recordarla a su lado, empapada, riendo en su ducha, abrazada a él. No hacía más que quererla cuando lo único que deseaba era echarla al olvido. ¿Pero cómo coño se olvida a alguien que ha sujetado tus sonrisas y tus lágrimas? Ella que siempre le decía: ' No me pienso ir de aquí sin haber besado tus lágrimas.'
Hasta que la echó. Sí, él sabía por qué se fue. Claro que lo sabía, pero era más fácil tapar la culpa y seguir con su día a día. Sin ese café amargo del que siempre se quejó, es cierto. Sin el periódico que ella traía a las 7.30 de la mañana, sin esas caderas por su pasillo, esa perfecta cintura con la que jugaba, esas piernas largas que se enlazaban a su cuerpo en las noches frías. Todo era diferente sin ella. Y sonaba en la radio su canción, claro que sonaba, pero él cambiaba de emisora porque la letra jamás sonó igual. ¿Qué es de ti?, se preguntaba cada día. Quiso llamarla, pero el orgullo venció miles de batallas. Y cada noche consultaba a la almohada, pero ya nadie tenía una respuesta para él. ¿Qué pasaba cuando dejabas que el tren se marchara aún sabiendo que la estación cerraría sus puertas para siempre? Jamás lo pensó. Porque no la vio capaz de irse hasta que el olor de su pelo ya no estaba en esa almohada en la que habían compartido tantos sueños.
Pero ya no había marcha atrás...y es que cuando dejas que algo vuele tan alto, tan lejos, lo más probable es que jamás pueda volver a aterrizar.
La miró alejándose por el recibidor, caminando, tan deprisa como una brisa suave de aire. De esas brisas que entran en verano por la ventana y se incrustan en cada pequeño poro de la piel.
La miró alejarse, caminando, con esas piernas que él había besado, mordido, atado a su piel tantas otras veces. La miró como se mira la vida pasar, como despidiéndose con los ojos. Y no lloró, no delante de ella. Antes de marchar, antes de cerrar esa puerta, lo miró. Su mirada podría haber dicho tantas cosas, pero él sabía que una de todas ellas destacaba: Perdóname. La perdonó en cuanto cerró la puerta. Pero eso ella jamás lo supo. ¿Qué palabras se escriben cuando tu vida sale por la puerta para no volver? No supo qué decir después. Y estuvo más de tres semanas sin escribir palabra. Con lo mucho que eran las letras para él...
Quiso odiarla. Odiar esos rizos que se enredaban en sus dedos, odiar el marrón ligero de sus ojos, el brillo de sus labios bajo el sol, quiso odiar su piel, y no hacía más que recordarla a su lado, empapada, riendo en su ducha, abrazada a él. No hacía más que quererla cuando lo único que deseaba era echarla al olvido. ¿Pero cómo coño se olvida a alguien que ha sujetado tus sonrisas y tus lágrimas? Ella que siempre le decía: ' No me pienso ir de aquí sin haber besado tus lágrimas.'
Hasta que la echó. Sí, él sabía por qué se fue. Claro que lo sabía, pero era más fácil tapar la culpa y seguir con su día a día. Sin ese café amargo del que siempre se quejó, es cierto. Sin el periódico que ella traía a las 7.30 de la mañana, sin esas caderas por su pasillo, esa perfecta cintura con la que jugaba, esas piernas largas que se enlazaban a su cuerpo en las noches frías. Todo era diferente sin ella. Y sonaba en la radio su canción, claro que sonaba, pero él cambiaba de emisora porque la letra jamás sonó igual. ¿Qué es de ti?, se preguntaba cada día. Quiso llamarla, pero el orgullo venció miles de batallas. Y cada noche consultaba a la almohada, pero ya nadie tenía una respuesta para él. ¿Qué pasaba cuando dejabas que el tren se marchara aún sabiendo que la estación cerraría sus puertas para siempre? Jamás lo pensó. Porque no la vio capaz de irse hasta que el olor de su pelo ya no estaba en esa almohada en la que habían compartido tantos sueños.
Pero ya no había marcha atrás...y es que cuando dejas que algo vuele tan alto, tan lejos, lo más probable es que jamás pueda volver a aterrizar.
martes, 2 de abril de 2013
No te lo puedo explicar con palabras, quizá con un beso bastaría.
A veces siento miedo, pero otras, tengo la seguridad de que cada paso merece la pena.
Es como si algo me dijese que esta vez todo va a salir bien. Como si viviera convencida de que tus labios son ya parte de mí. Lo haces todo tan sencillo que acojona la idea de prescindir de aire para respirar si estoy a tu lado.
Acojona la idea de poder refugiarme en tus brazos y no sentir miedo. Acojona que tus ojos me acorralen y sean capaces de ver todo lo que yo no veo en mí. Acojona sonreír tanto, y ser feliz. Pero los miedos se escapan cuando tus labios me encuentran. Y yo juego a andar perdida, para ver si me buscas. Para que me encuentres y ya no me dejes escapar.
No podría explicar la sensación que tengo de estar a miles de kilómetros del universo con cada uno de los besos...
A veces siento miedo, pero otras, tengo la seguridad de que cada paso merece la pena.
Es como si algo me dijese que esta vez todo va a salir bien. Como si viviera convencida de que tus labios son ya parte de mí. Lo haces todo tan sencillo que acojona la idea de prescindir de aire para respirar si estoy a tu lado.
Acojona la idea de poder refugiarme en tus brazos y no sentir miedo. Acojona que tus ojos me acorralen y sean capaces de ver todo lo que yo no veo en mí. Acojona sonreír tanto, y ser feliz. Pero los miedos se escapan cuando tus labios me encuentran. Y yo juego a andar perdida, para ver si me buscas. Para que me encuentres y ya no me dejes escapar.
No podría explicar la sensación que tengo de estar a miles de kilómetros del universo con cada uno de los besos...
lunes, 1 de abril de 2013
Miedos.
Todo el mundo tiene miedo. Miedo al fracaso, miedo a que el éxito les gire la mirada. Miedo a decidir y fallar, a escoger y después darse cuenta de que han elegido la opción equivocada. De no superar obstáculos, de cruzar a nado un océano y ahogarse. Todos tenemos miedo. Miedo a que las personas que hoy nos abrazan mañana nos den la espalda, miedo a avanzar y después retroceder. Miedo al futuro, al mañana, al qué dirán, a las promesas que se rompen,a los deseos que no se cumplen. Miedo a cambiar, a evolucionar, a sentir, incluso a cogerle cariño a alguien. Miedo al amor, miedo a sufrir, a llorar, a romper fotos, a desvanecerse, a refugiarse en la lluvia. Miedo a que todo lo que tenemos se vaya, miedo a adaptarse, miedo a sonreír con el alma rota.
Todos tenemos miedo a ser felices porque sabemos que de la misma manera que llega, un día, viene, y algo o alguien la derrumba. Porque sabemos que aunque dibujemos en la arena una ola podría venir en cualquier momento y arrasar con lo que se escribió. Miedo al olvido, a quedar roto en un punto del pasado enorme. Miedo a que nadie te necesite, al rencor, al odio. Miedo a vivir porque sabes que detrás de cualquier esquina te espera una muerte que algún día te arrinconará y te dejará sin salida. Todos tenemos miedo aunque busquemos excusas...y quien diga que no lo tiene, solo utiliza un escudo enorme para huir de él. Porque al fin y al cabo lo que más miedo da es no saber qué te espera detrás de una puerta que aún no has podido abrir.
Todos tenemos miedo a ser felices porque sabemos que de la misma manera que llega, un día, viene, y algo o alguien la derrumba. Porque sabemos que aunque dibujemos en la arena una ola podría venir en cualquier momento y arrasar con lo que se escribió. Miedo al olvido, a quedar roto en un punto del pasado enorme. Miedo a que nadie te necesite, al rencor, al odio. Miedo a vivir porque sabes que detrás de cualquier esquina te espera una muerte que algún día te arrinconará y te dejará sin salida. Todos tenemos miedo aunque busquemos excusas...y quien diga que no lo tiene, solo utiliza un escudo enorme para huir de él. Porque al fin y al cabo lo que más miedo da es no saber qué te espera detrás de una puerta que aún no has podido abrir.
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