miércoles, 20 de junio de 2018

El día que tú elijas que lo sean.

- No podemos pretender saltar al vacío sin atar bien las cuerdas antes. No podemos lanzarnos y caer en el abismo sabiendo que puede que no salgamos vivos- dice con tono serio.
Yo me río casi por inercia, pero en el fondo la sangre se me hiela. Cada poro de mi piel queda inerte ante la duda, ante el tacto de su pelo, de su vida, de su caos, cuando le abrazo. 
- Tienes razón- le contesto-. No podemos pretender que nos salgan alas de repente. 
- Creo que no me entiendes- replica-. No son alas lo que nos falta, es tiempo.
Yo me quedo callada. No porque no sepa qué decir, sino porque no puedo decir nada. Nada que no haya dicho antes, nada que él no sepa que pienso. No puedo pretender que él sienta lo mismo.
- A veces me da la sensación de que el miedo que tienes no es al tiempo, a la velocidad o a ti. A veces me parece que el miedo me lo tienes a mí.
- ¿A ti por qué?- responde de manera rápida.
- A mí porque crees que puedes hundirme de nuevo. Como si solo pudiera salir herida yo, como si tuvieras miedo a querer marcharte de nuevo...Como si yo no pudiese herirte a ti. Como si yo fuese la víctima. 
Se queda callado mirando al frente. Noto cierta mueca de dolor, está frunciendo el ceño. Hacía tanto que no lo veía tan serio. Me mira, con temor, y a la vez, con determinación. 
- ¿No crees que todo ha pasado demasiado rápido?
- ¿Rápido?- respondo-. Todo es rápido. La vida es rápida, nosotros lo somos. Estamos cada día más cerca de la muerte, a cada segundo que pasa. El mundo es rápido. ¿Por qué parece que tú esperas que todo se detenga? 
- Quizá soy yo, que lo siento así porque ha pasado tanto tiempo...
Sonrío. Quizá con tristeza, tal vez con incertidumbre. Él me mira a los ojos, yo bajo mi mirada hasta sus labios. Qué lejos. Qué difícil. Giro la cabeza, miro hacia otro lado. Él me coge suavemente la barbilla para que vuelva a mirarle. Se ha sonrojado un poco. Me sonríe.  
- Es mejor que no te presiones nunca a nada- le digo, mirándole seria, con el ceño fruncido-. Al fin y al cabo yo fui la última que dijo que ya no podíamos estar juntos, hace ya tanto tiempo... Entiendo que lo hayas olvidado todo, que me hayas olvidado. De veras que lo entiendo. 
Su silencio, al principio, me tranquiliza, pero después me asusta. La tristeza se me posa en los hombros y yo le dejo espacio para que se cuele por mi camiseta hasta llegar al corazón. 
-Qué tonta- añado, cuando percibo que el silencio se está haciendo insostenible e incómodo-. No me hagas caso, eh, sé que no deberíamos hablar de estas cosas...
- Claro que tenemos que hablar de estas cosas-me interrumpe-. No es eso. Es solo que...- se queda pensativo unos segundos-. Es solo que es difícil. 
Suspiro. ¿Cómo poder entrar en su cabeza? ¿Cómo saber qué le empuja a esperar? ¿Cómo entender los mecanismos que construyen su mente? ¿Cómo decirle que ha llegado un punto en el que ya no sé qué pensar? 
- Te decía de verdad lo de que dejaras de presionarte...No sé si haces las cosas porque las sientes o porque te doy lástima, o pena, o te sientes culpable. 
- No puedo creer que hayas dicho eso- responde con excesiva seriedad-. ¿Tú crees que yo hago las cosas por pena o lástima? 
- Yo...
- No- me interrumpe-. No podías pretender llegar sin arrasar con todo. Tengo demasiadas preguntas que hacerme a mí mismo, tengo que resolver demasiadas cosas. No es tan fácil, no soy como tú. Yo me pregunto lo que pasará mañana, tú vives en un presente infinito que se prolonga siempre. Tú ahora podrías besarme y yo no soy siquiera capaz de imaginar que esta noche vaya a rozar tus labios. Yo creo en el tiempo, tú en el momento. Mientras el reloj, para ti, es insignificante, para mí marca las horas, las pautas, el tiempo- se queda unos segundos callado-. Ojalá todo me diese igual.
- Ojalá supiera entenderte...- le digo mientras me acerca a sus brazos y me envuelve. Presiona su barbilla contra mi hombro-. Siento que creas que me debes algo.
- Eres....-suspira-. Eres de lo que no hay- ríe sincero-. Tú y tus ocurrencias...
Me separo de él, cinco centímetros, y le miro directamente a los ojos. Se ha quedado tan quieto que podrían confundirlo con una figura de mármol. Me río y se contagia. Noto su olor cerca, noto que se me ha quedado en la ropa. 
- Algún día te haré romper las cadenas que nos separan.
- ¿Y cómo estás tan segura? 
- No lo estoy- levanto ligeramente los hombros. 
Se ríe y mira hacia otro lado. Se queda unos segundos pensativo, pero automáticamente me vuelve a mirar.
- Siempre jugándote la vida a cada paso que das- me dice, casi como si hablara consigo mismo. 
- Y tú siempre tan prudente, sin caminar.
- Sigues siendo esa niña loca y testaruda. ¿Crees que algún día las cosas serán más fáciles?
Me acerco a su oído para susurrarle:
- Sí. Será el día que tú elijas que lo sean.

Cierra los ojos y sonríe. Después los abre para mirarme. Me fijo en cada detalle de su rostro. Se parece a un recuerdo que tengo de él. Cómo no iba a parecerse, si sigue siendo aquel chico que tenía los ojos más sinceros y profundos del mundo. Sí, sigue estando aquí, aunque parezca increíble. 
Es inevitable sonreír. Hace una broma, me hago la dura, la fuerte, y a los dos segundos estallo y rompo a reír. Me siento una niña pequeña de nuevo, mi inocencia me abraza por detrás y me da alas.
Respiro tranquila, aún llena de dudas y miedos. Aún no sabiendo qué piensa. Aún, paciente.
Respiro tranquila. Y su mano firme me recuerda, que aunque mi mente está a kilómetros de nuestro cielo, mis pies siguen pisando esta tierra. 












1 comentario:

  1. Eso es lo bueno del amor, que tenemos un ancla que no nos deja vagar por el espacio

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No somos valientes.

Podría haberlo publicado aquí, pero este texto merecía ser pronunciado. Así que poneos cómodos, que hoy no os toca leer, solo escuchar:  ...