Conmigo misma (y si puede ser contigo).




Me recuerdo bien, por aquel entonces yo solo tenía dieciséis sueños en mente. Me creía poco ambiciosa y la verdad es que hoy sé que lo era mucho más que ahora. Creo que jamás deberíamos crecer justamente por eso. Porque nos perdemos, porque desistimos, porque nos convencemos de que no llegaremos -porque decimos que los sueños son para críos- y no llegamos. 
Muchas veces me gustaría coger a la de dieciséis y meterla en el cuerpo de la de casi veintiuno.
Para ver cómo reacciona. Para ver cómo es todo desde esa perspectiva inocente, ingenua, tan poco desgastada, menos oxidada que la de ahora. 
Pero no se puede. No podemos unir experiencia e ingenuidad, porque una elimina a la otra, porque una destruye a la otra. Son contrincantes, no compañeras. Son enemigas, no confidentes. 

Me pregunto qué era de mí entonces,
qué será de mí mañana.
Qué soy esta noche. 

Pero recaigo en ese pensamiento absurdo, de creer que mi mirada antes estaba más limpia, que me enfadaba menos, que lloraba menos, que sufría menos, que era más cálida. ¿Os he dicho ya que era más inocente antes? Creía que nadie jamás iba a hacerme daño. Que los corazones de los demás eran de cristal y yo tenía que sujetarlos: firme pero sin apretar, para no hacerles daño. 
Así vivía, entre el cuento y la mentira,
la leyenda revivida,
una tragedia que terminó como terminan todas las tragedias;
el drama estaba servido y lo que parecía un bonito cuento
se convirtió en el libro más largo que jamás había leído,
el de mi evolución. 

Entonces me volví incluso más insegura,
ya creía en los puñales, en las despedidas,
ya no me dejaba creer en nadie que no fuera mí misma,
y aun así yo también me traicionaba.
Ahora soy más fría, joder, con lo que odio eso.
Con lo que me pesa el tormento,
con lo poco que rindo fingiendo que nada me duele,
como si ser invencible significara haber aprendido, 
más bien es el opuesto. 

Esto se está convirtiendo en la típica conversación que tendría borracha, conmigo misma,
o tumbada en la cama, con él mirándome, escuchando mis tonterías,
debatiendo mi moral mi (in)experiencia, mi poca sabiduría. 
Él me diría que soy una exagerada, eh, y está en lo cierto.
Pero el monodrama nació para complacerme, o yo nací encadenada a su vientre.
Sea como sea,
son las 21:46 y estoy escribiendo esto.
Nada para algunos,
poco para otros
y para mí mi día a día.
Lo que me atormenta y me acongoja,
lo que me susurra y me mece, a veces,
lo que me preocupa y me encadena,
lo que encierran mis cadenas.





Ojalá él y yo ahora mismo,
bajo las sábanas,
sobre su abismo,
y decirle todo esto
mirándole ese mar que tiene por ojos,
escuchar cómo me llama incrédula,
comerme su cuello,
acariciarle las costillas,
recostarme en su pecho,
mirarle traviesa
y atraversarle la boca con un beso,
posarme en sus hombros,
rozarle el aliento,
decirle: te quiero
sin esperar respuesta.
Ojalá abalanzarme 
sobre sus respuestas,
tras esta charla ilógica,
que podía acabar bien
si en la misma habitación 
hubiera risa, sexo y maneras.





Algunos
lo llamarán monólogo,

yo lo llamaré
haber aprendido a hablar conmigo misma.


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