Sin alas.

Mira distante y suspira. Retuerce el papel entre los dedos, sonríe, le ha hecho gracia lo que Marc ha dicho. Vuelve a bajar la mirada. Ni siquiera se ha dado cuenta de que no he dejado de mirarla en todo el rato. Está guapa con el jersey blanco, pero no se lo digo. Antes me ha mirado, ha sido un segundo, casi coinciden nuestras pupilas, casi intuye lo evidente: Que me estoy volviendo loco, que no sé dónde meterme ya para que mis ojos se callen.
Pronuncia mi nombre, con delicadeza, como el que tiene entre los labios el mejor secreto guardado del mundo. Y yo agacho la cabeza, buscándome a mí mismo, sin encontrar el sitio en el que he dejado los rotos. Nerea siempre hace eso, encontrar mis rotos. Una punzada en el pecho. Casi sonreímos, de hecho, a ella se le escapa. Y yo, tonto, la imito. Como si de un espejo se tratara, sus gestos se vuelven iguales a los míos, y nuestros brazos chocan sin querer, entre las bromas que esconden más verdad de la que los demás imaginan.
Nadie sabe nada pero mi corazón está apunto de arder. Y Troya es solo un quemazón a su lado. 
Me dice que estoy guapo, casi al oído, para que nadie la escuche, y a mí me tiemblan las piernas al notar su mano rozándome el muslo. No sé cómo había podido vivir sin esto antes. Me abofetea el viento en la cara y mi bufanda sale volando. Con una risa casi malvada, traviesa, corre a buscarla. Y ríe de nuevo, más alto, cada vez más alto, estalla en carcajadas hasta que consigue cogerla. Y entonces me mira, victoriosa, y alza el brazo: <<¡¡La tengo!!,¡¡La tengo!!>>, es casi angelical la manera en la que se mueve hacia mí. Y sonríe, estirando el brazo, para que coja la bufanda. Vuelve a reír, y esta vez lo hago con ella; y la miro de pies a cabeza, el pecho le tiembla y se balancea mientras la risa se le escapa de los labios. Pienso en lo difícil que es todo cuando tenerla cerca se convierte en culparme por querer tenerla aún más cerca.
Dice que vayamos a tomar algo, y yo asiento, le doy la razón casi al instante, supongo que porque eso supone unos minutos más viéndola. Todos se animan, por qué no iban a hacerlo, ella les guía. 
Pide unas bravas y hasta el camarero la mira, como si de una estrella se tratara. Y todos ríen, hablan de cualquier película, mientras ella actualiza su Instagram. A penas he tardado dos segundos en darme cuenta de que tiene frío, se le ha erizado la piel, y aprovecho para acercarme. Le digo que si tiene frío puedo dejarle mi abrigo y se niega, pero como buen caballero cabezota le obligo a ponérselo. Lo agradece con templanza y me guiña un ojo. Lo que daría yo por tirarme desde esas pestañas hasta el vacío de su ombligo, pienso. Parece adivinarme pues me mira fijamente, como pidiéndome algo más. Y un beso se me cruza en la mente, beso que no llega, claro que no, aún están los demás.
Por la calle las luces de Navidad la miran, la envidian. Resuenan sus botines, los tacones la alzan y camina entre la gente por la acera. Algún chico se gira a mirarla, deseando ser dueños por instantes de las caderas que huyen en dirección contraria a mis heridas. Me mira sospechando, sabe que algo guardo en mi cabeza, y ahora es ella quien se acerca.
Me dice que si la acompaño a fugarse, a perderse en el infinito de la noche, a guardarse del miedo y el futuro, que si quiero ser siempre con ella joven. Dice que tiene la fórmula de la verdad, que solo quien ríe alto puede tenerla. Me mira y sé que piensa que le diré que sí, que emprendería cualquier viaje que me llevara hasta su piel, que he estado esperando durante años y ahora la he conocido, que es todo lo que no pensaba que podía tener alguien tan cercano a mí. Que no debería ser ella y lo es, porque ha sido inevitable. Que el viaje ha empezado ya, que nosotros solo olvidamos que para volar debíamos tener las alas bien atadas a la espalda. Ella asiente, como diciendo <<así me gusta>> y yo, obediente ángel, la sigo en el vuelo de su rumbo desigual. Tiene las alas más bonitas del mundo, y mira que han pasado ángeles por aquí, pero no son iguales a las de los demás. Quizá por eso batallaba contra el viento, y a pesar de no tener alas, alcé el vuelo para alcanzarla.










Hacía tiempo que no escribía.
Hacía tiempo que no estaba siendo yo.

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