Retales.





Entonces me sumerjo y aprieto mis manos contra mi barriga. Más fuerte. Me falta el aire, pero no quiero salir. La superficie sigue fría, mi sangre arde bajo el infinito agua que rodea mi cuerpo. Salto, salto, salto, los pies chocan con la arena, el fondo parece solo un principio roto, de repente me asfixio, y me abrazo a mí misma, miro hacia arriba y el sol se deja ver entre la marea. Subo, de repente subo, muevo los brazos, rápido, más rápido, nado. Estoy llegando, estoy llegando, cada vez queda menos, cada vez es más pesado el agua que me impide el paso. Y llego. Llego y lo primero que respira es mi corazón, que retrocede un poco; ya había empezado a acelerarse desenfrenadamente. Respiro y siento que vuelvo a nacer. El agua ya no está fría, mi horizonte, de repente, cae vertical sobre mis ojos y una sonrisa se me dibuja en el rostro. Estoy sola y desnuda en medio de un mar infinito.
Soledad.
Aquí solo quedo yo.
 Y yo.

Temor, el sol cae, la noche acecha, mi piel se eriza, me ruborizo ante la idea de que alguien desde cualquier parte del mundo puede estar mirándome.
Entonces él llega, la toalla le resbala entre las manos, y cae torpe justo en el borde del lago. Casi suelto una carcajada y él me mira asustado. Se pregunta por qué le quiero y yo aún no sé explicarle las razones por las que no debería hacerlo. Me acerca la toalla y me envuelve. Es casi mágico el parpadeo de sus ojos, que se inclinan para contemplar mi desnudez. La luna asoma, le hace un reflejo casi gracioso en el azul intenso de su mirada, casi muero al instante. El reflejo de mi cara se ve angelical, soy tan indefensa cuando me sujeta su vida, soy tan débil cuando me acerco a su fortaleza.
Tira el muro,
me mira,
se ríe
sé que piensa que está siendo la noche más bonita del mundo
aunque tres grados acaricien nuestro invierno
y el frío nos cale la piel.




- Te quiero.
Es solo un segundo, pero juro que es el mejor momento de la noche.
Cuando él vestido parece estar más desnudo que yo
y el mundo opta por fugarse al olvido infinito.



Solo estamos los dos y parece suficiente.


Miedo del amor que he agarrado con fuerzas.
Ahora solo él tiene el poder de destruirme.




Y mi sorpresa es que creo que
nunca
lo hará.









Sonrisa gélida.
La derriten sus manos
que  acaban de empezar
a navegar
por mis caderas.


Si de verdad existe el cielo
debe parecerse a esto
que él llama libertad
y que yo llamo amor.







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