Adiós 2015

Enero me golpeó con la despedida de una vida entera, que se fue tal como vino, rápida, fugaz e intensa. Enero me trajo mis diecinueve inviernos, unas velas que soplé a contraluz, con el mayor miedo a afrontar un año más, un año más sin él, que no daba señales de vida. Febrero trajo un San Valentín sin compañía, con tres películas por tarde y una taza enorme de chocolate caiente en la que dejé mis ilusiones. Me transformé en alguien que no era, alguien que se ahogaba en alcohol porque su vida estaba demasiado jodida como para verla sobria. Alguien demasiado orgullosa como para admitir que se acababa de sumir en su propio infierno. Marzo trajo el peor error que he cometido en mi vida, un error del que ya nunca podré recuperarme, porque es irreversible. Elegí y lo hice mal, quizá por impaciente, por despecho, reproches o mentiras. Venganza contra mí misma. Me perdí el respeto. Abril trajo ilusiones, un nuevo trabajo que no me gustó, pero me ayudó unos meses. Se acercaba el calor y se alejaban las despedidas. Hasta retomé el contacto con la persona que más echaba de menos, el chico que en aquel frío diciembre quiso abandonarme. Mayo trajo fuego, confusión, delirios. Quise forzarme a mí misma a superar algo que solo el tiempo podría sanar. Pero hice las cosas bien, empezaba a recuperarme. Llegó alguien especial, un héroe con gorra, alguien del que no quise enamorarme, pero que acabó volviéndome loca. Aunque de eso me di cuenta mucho más tarde. Junio me trajo la ilusión de un trabajo que me gustaba, acabé mi primer año de universidad, superándolo con creces, comenzaba un verano diferente, en el que no tenía muchas esperanzas pero que llegó a sorprenderme. El héroe con gorra no dejaba de golpearme con su vida, quería quedarse, contra todo pronóstico, e hizo todo lo que supo para que ya no pudiera vivir sin él. Julio me recordó que ser feliz era lo mejor que había sabido hacer siempre. Y seguí mi instinto. Agosto fue un mes de trabajo duro, en el que me pasaba las mañanas y tardes trabajando, pero que me traía la libertad de unas horas con mi héroe, que conseguía liberarme de toda frustración y toda angustia cuando se acercaba la noche. Septiembre me regaló un nuevo curso, una unión más intensa con aquellos que me habían regalado su risa el curso anterior, una ilusión. En septiembre me di cuenta de que me había enamorado, y aunque no quise admitirlo, yo sabía que era ya algo innegable. Octubre me llenó de paz, aunque el chico de la despedida, el chico que me había abandonado, decidió volver y quererme. Quererme, después de todo, cuando había dejado que pasara los peores meses hundida, sin nadie que quisiera salvarme. Sin tener en cuenta que a su lado no me habría equivocado, que a su lado marzo no me habría envenenado el mundo. Tuve que decirle que no a la persona a la que creí tener que decir que siempre.
Noviembre me regaló un concierto inolvidable que abrió unos ojos perezosos que no querían ver que el mundo empezaba a abrirse a nuestros pies.
Mi héroe dijo a la pregunta que siempre me había dado miedo lanzarle.
Y aún así no tuve que lanzarla.
Diciembre me ha regalado una navidad diferente, con mucha menos gente, con la certeza de saber que ahora sí, que ahora ha quedado lo de verdad. Que ahora sigo siendo yo y los que se han quedado siguen queriendo lo que soy.
Ahora sí, enero, ahora sí 2016, estoy preparada para lo que tengas, ahora ya no me dan miedo los nuevos comienzos.

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