Y que llega para cambiarlo todo.

Mi vida ha cambiado, de veras. No me reconocerías. No soy quien solía ser, pero soy más real ahora, supongo. Sigo jugándome el cuello por los míos, no te creas, hay cosas que no han cambiado tanto. Pero ahora también me lo juego por mí. Supongo que ahí está la diferencia. Supongo que es ahí donde dejarías de conocerme. 
Antes no me atrevía a mirarme al espejo. Me daba miedo verme, creía que nunca sería digna de mí misma. Era patético contemplarme tan vacía, y es que hace un año pasé probablemente una de las peores navidades que tendré en mi vida, y no sabes cuánto me alegro de que algo en mí me hiciera dejar apartado el dolor, todo aquello por lo que luché con uñas y dientes, todo aquello a lo que ansiaba aferrarme, todo aquello que fingí olvidar un día y que acabé olvidando. Vivía en un laberinto que yo misma podé, con la esperanza de encontrar un camino donde solo había muros y muros llenos de recuerdos, de reproches, de fallos, errores, de amor que se esfumaba, lleno de todo lo que yo misma sembré. 
Si me vieras ahora no sabrías quién soy. Echarías de menos la inocencia de unos ojos, pero te cautivaría mi nueva energía, que mueve mundos y juega a llevar la contraria a todo ideal. Aunque eso último lo he hecho siempre. O lo intentaba.
Antes vivía en mí alguien que había decidido dejar de vivir. Cuando te marchaste apagué toda esperanza y me aferré a vivir como viven todos, siguiendo una enorme masa, agachando la cabeza, siguiendo con mi vida, porque eso es lo que te aconsejan tras el abandono, que sigas con tu vida. Vivía muerta dentro de mí, esperando una señal, algo que me hiciera volver al lugar de siempre, donde luchaba por lo que quería aunque doliese. 
Pasaron muchos meses hasta que lo conseguí.
De verdad, tuve que sudar despecho y alimentarme de errores para aprender que siendo yo misma era la única forma de volver a encontrarme. Que no podía buscarme donde había oscuridad, que si no intentaba rescatar la humanidad que quedaba en mi pecho me perdería para siempre.
Y aquí vino la parte más difícil. Reconocer todo lo que había dejado de reconocer cuando apagué mi humanidad y afrontar todos los errores que me habían llevado a -casi- perderme. 
Entonces salté.
Y sangré silencios. Juro que no fue fácil encontrarme sola, tener que sujetarme a mí misma tras cada caída. No fue fácil reconocer que yo también me había portado mal, que no era la chica que todos conocían. Que si cambiaba tanto no iba a volver a tener jamás lo que  más me gustaba de mí: Esa fe ciega e infinita en el ser humano, la esperanza arrolladora que lo destruía todo pero me reconstruía el mundo. 
Entonces me encontré con él. Aparentemente nada había cambiado, por dentro empezaba a girar el mundo y me vi sumida en el mayor de mis temores: Volver a sentir que sonreía por alguien que ya no era yo misma. El miedo se apoderó de mí. No quería querer, no podía quererle, no a él, no así, no era el momento, o eso creí. 
Y sin querer, casi como por inercia, todo parecía sencillo y abrumador, corriente y fugaz, intenso y suave. Me dejé llevar como se dejan llevar los cuerpos cuando la música empieza a sonar.
Y me inventé los mejores pasos de baile del mundo. Convertí lo malo en aprendizaje y empecé a ver en otros ojos la esperanza en esa humanidad infinita, en ese hueco perverso donde instalaba mis emociones. Empecé a enamorarme sin querer hacerlo, pero sin poder evitarlo. Era como saltar con la cuerda atada, pero floja. Era como saber que caminaba de nuevo al precipicio, otra vez sin saber si alguien me esperaría abajo si caía. Era, sin duda, volver a envasar mi corazón al vacío. Era arriesgarme a que me partieran la vida de nuevo. 
Asumí que no era el momento y de repente, entre una luz tenue y la emoción de fondo, me vi escuchando las palabras que lo cambiaron todo. Tratando de enamorarte me acabé enamorando yo. Esos tres días fueron los más raros y bonitos del mundo. Fueron los tres días en los que cambiaron los papeles, en los que decidimos hablar por primera vez con el corazón en la mano.
En tan poco parece que hemos vivido tanto que hay cosas que ya no sé borrar de mí. 
Me ha hecho fuerte, siempre dice que soy capaz de todo. Me hace creer realmente que he nacido para romperme la vida intentando lograr llegar donde el mundo decide que no llegaré. Me enseña a base de delirios y mi único castigo es no poder dormirme abrazada a su ombligo. Cree en mí a pesar de que solo confiaba en sí mismo. Cree que realmente puedo salvarle y...Se deja salvar.
Me recoge cuando he tenido un mal día y me obliga a sonreír sin que siquiera sepa que lo está haciendo. Me pone siempre a prueba porque aún no cree que pueda quererle. Como si fuera difícil querer a alguien que lleva un color distinto en sus sueños. Como si no valiera la pena vencer al miedo por él. Como si yo no pudiera batallar contra el mundo. Si ya lo hice el día en que decidí asumir que empezaba a quererle. No fue fácil aceptar que amaba lo imposible , no fue fácil contemplarme a mí misma de nuevo creyendo en cosas que juré no creer más. 
No tenemos miedo, no es eso. No nos tememos porque nos tenemos. 
Quizá lo que realmente da miedo es gritarle al mundo lo que no quiere escuchar. Que es amor y es de verdad, que aprieta fuerte al corazón y que llega para cambiarlo todo.


No me reconozco, nunca había necesitado tanto ser yo.
Quizá aunque no sea fácil valga la pena,más que nunca,intentarlo. 







Porque soy efímera para todos
y sin embargo él me llamó eternidad.
Porque me vio sin necesidad de mirarme
y se quedó cuando supo lo peor de mí.




Porque soy yo. Por fin.

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