Circos soñados.

Me alejas, te asusto. Recaes y estiras de mí. No sé por qué, pero me quedo en tu abrazo. Me siento segura ahí dentro, aunque sepa que te vas a ir. Me acaricias el pelo, gesto sincero, mirada pacífica que recorre mis pechos. Rozas el acento de mi boca con tu lengua, me calmas las tormentas. Nos asustamos del roce eléctrico, retrocedemos un paso para mirarnos a distancia. Me acerco con miedo, das un paso al lado, cambias la perspectiva. Y de repente ríes. Y yo te pregunto por qué. Y dices que no ríes, que sólo sonríes. Mentira. Te ríes de mi fragilidad, de lo fácil que es para ti tenerme siempre. Y sin embargo me gusta. Te pones serio, me acercas. Ahora mi cintura cree que tiene dueño, se pega a tus manos. Mueves ligero los hombros, me levantas hasta ponerme encima de ti. Y me consumes. Y nos consumimos. De repente, luz. Me invades. Retomas las guerras y sacias la sed de todas las venganzas contra mi melancolía. Me sintonizas. Y vuelvo a un mundo bueno, que sólo existe cuando pronuncias mi nombre.
Gracias por hacer de este universo que vive en constante guerra un hueco en el que estar en paz.

Por ser guerra y paz,
y que me lleves de cabeza.
Por no entenderme nunca, pero intentarlo siempre.

Abro los ojos, pero aquí sigues sin aparecer.
Podría haber sido la historia más bonita del mundo, pero siempre es un sueño.
Nunca te quedas cinco minutos más.
Aunque muramos por ese tiempo.
Ya nunca estás.

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