miércoles, 16 de septiembre de 2015

Siento sentir, pero no lo siento.

Hoy voy a escribir siendo yo, no la vieja y loca poetisa de tan solo diecinueve años, que parece estar cansada de todo lo que le tocó vivir.
Hoy soy solamente yo, porque hacía días que no sentía esto, el deber de pasear mis dedos por estas teclas y decir todo lo que siento. Tengo tanto miedo.
Cuando volvía a casa no podía pensar en otra cosa. Tengo que escribir, tengo que hacerlo, aunque sea un momento, tengo que contarle a alguien esto, cómo me siento, qué hago yo aquí.
Digamos que hoy me he desnudado los ojos ante ti. Me has mirado indiscreto y has ignorado toda señal, has cerrado los párpados y he muerto un poco con tu despedida.
No me siento entera y eso me da miedo. El poder que ejerces sobre mí, o peor, el poder que yo hago que ejerzas sobre mí. Siempre me alejo un poco, unos centímetros de tu mundo. Supongo que te tengo miedo, supongo que no acabo de acostumbrarme a tu impacto, a que no me quieras nunca entera, a que siempre nos quede algo que decir.
Hace tanto que conozco tus manías, te he visto partirte la cara por otro corazón, te he conocido en los peores días y créeme si te digo, y perdona mi atrevimiento, que he tenido el lujo de escuchar tu risa más sincera. Siento que estás desde siempre aquí, que nunca te has ido, aunque pasáramos meses sin sabernos, sin tenernos, sin nada.
Está mal que sienta esto, está mal que quiera pegarme a tus miedos, que te pise los talones, que me abrace a tu cuerpo. Está mal que te necesite, está mal incluso que me joda reconocerlo.
Pero mírame, al final soy yo la que ha acabado prendida de tu vida, al final me has traído la paz ansiada, al final casi equilibramos el mundo. Rompo el pacto y vuelvo a mirarte en silencio, rompiéndome la espalda, trepando por tus caderas, sin rumbo fijo.
Esas dos luces azules me miran desenfocándome. Ya sé que tú no puedes querer a nadie más,
sé que no te enamorarás jamás de mí. Tú lo dijiste. Y también sé que yo empezaba a hacerlo, te empezaba a querer. Pero no, no, no. No puedo. Tengo prohibida la entrada, era el pacto, es el tratado, lo que firmé. ¿Cómo ibas tú a quererme si me llevas cien vidas? Si tu cuerpo de gato relame las heridas que me han dejado otros a medias. Si te empapas de toda la pena y sales con vida de la jaula de tus oscuros temores, de tus temidos recuerdos. Tú siempre intacto.
Tú sabes cómo hacer de la ciudad de siempre un rincón nuevo cada vez que la pisamos. Los martes nunca son martes, los jueves nunca son iguales, nada nunca está ordenado cuando estás.
Mi punto de caos en medio de mis ansias de organizar mi vida paso a paso. Me llevas a la locura, me planteo cosas, me retas, me pones metas, me incitas a correr y me haces tropezar. Tú mismo llevas las riendas y a veces las sueltas. Nunca nada es lo correcto cuando lo juzgan tus ojos, siempre habrá algo que cambiar. Tú me cambias. Contigo siento que soy yo, aunque callada. Cualquiera te habría visto antes que yo, cualquiera. Y aunque no fuiste tú a quien miré aquel septiembre, aunque no fueron tus luces pequeñas y enormes las que enfocaron mis ansias de vivir, algo se encendió cuando te conocí.
Siempre les he dicho a todos que tú eras una mitad imperfecta que había tenido, incluso cuando te perdí. Seguía hablándoles de ti.
Aunque pocos sepan vernos el parecido, aunque nadie sepa de nuestros más temidos temores, hay algo entre ambos parecido a una tormenta eléctrica.


No, este no era el plan.
Seguíamos las pautas. No sé por qué entonces sale mal.
Por qué te cansaste de mí
por qué soy tan cobarde que no sé hablarte.
Por qué no he sido capaz de decirte aún
que si siento un nudo en el pecho no es casual,
y que siento más
de lo que puedo
quiero
o sé
contar.











Da igual, es tarde. Incluso para mí.
No debí cruzar la línea.
Ya me lo advertiste:
No sé querer.
Y yo no te hice caso,
y me dejé llevar
y acabé luchando
por tu risa
incluso cuando la mía
no quería salir más.



Sí, lo sé.
Sé dónde está el límite,
te conozco,
sé por qué te alejas,
sé por qué te marchas
y no tienes que decir nada.





Cómo ibas a romperte tu los versos
por mis rimas
cómo ibas a mirar
a un corazón que ya no habla
que solo respira.

Tú no puedes quererme,
porque soy yo.
Y es la única verdad que ahora existe.







Aunque me joda admitirlo. 
Aunque tú no lo sepas.


















































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