viernes, 24 de julio de 2015

Queridos miedos.

Pensé que dos tragos de más tendrían las respuestas a todas mis preguntas. Serían la calma de todas mis dudas. La paz que no sé ver últimamente ni en mí misma. Me siento mal por querer lo que quiero, ¿Hasta dónde llega el límite? ¿Cómo saber si valdrá la pena? ¿Cómo sé que no me equivoco? ¿Que no voy de nuevo a la deriva? Necesito alejarme del mundo, de este mundo que me ha perseguido desde mi último naufragio. Quizá lejos de todos, quizá solos, abandonados al deseo, quizá entonces podría ser. Quizá entonces no habría miedo, traición, duda.
Ser quienes somos se ha convertido en la condena que aprieta las cadenas de este mundo que ahora es nuestro. 
No sé por qué últimamente cuando escribo acabo hablando de ti.
Quizá porque eres esa duda que se agarra a mi coraje, eres fuerza, eres mi espejo, y aunque en el fondo te temo, no  he dejado de verme en tus pupilas cada vez que te miro las heridas. Ese azul que refleja el marrón de mis dos luces. 
Ojalá fuera fácil.
Pero como siempre, todo lo que vale la pena suele ser lo más difícil de alcanzar. 

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