martes, 21 de julio de 2015

Nuestros ojos están aprendiendo a hablar.

Hay un momento en el que todo está claro. Llevamos mil historias colgadas a nuestras espaldas y nos hemos cruzado en medio de un camino desértico. 
Todo ha cambiado sin que nos demos cuenta. Lo que antes era simplemente una chispa se convierte en fuego, y ese fuego trae consigo el incendio.
Se nos quemarán los intentos, pero seguiremos en el lugar de siempre, dentro de ese ciclo en el que últimamente paseamos.
Diremos que está mal, cargaremos con el lastre, nos tragaremos la culpa y volveremos a cargar el arma al día siguiente. Dispararemos contra la moral, contra los principios. Retrocederemos y volveremos a lanzar señales perdidas.
Volveré a desearte.
Volveré a hacerme torpe entre tanta fragilidad. Te pensaré de nuevo. 
Y me veré de nuevo evitando tus señales. Luchando por olvidar que últimamente te paseas por mi mente, en ese zig zag silencioso. Te sumerges en la música de mi vida y le das ritmo a la letra que jamás me atevo a cantar.
Quizá no sea el momento, pero juro que dentro de esos minutos que pasan volando cuando estamos juntos, existen unos segundos en los que olvido quiénes somos. 
Me gusta pensar que te conozco menos, aunque haya contemplado todos tus miedos, aunque en realidad nos conociéramos mucho antes de que esto sucediera. 
Estoy cambiando, y esta nueva yo tiene miedo aunque lo niegue. Hay algo en mí que piensa en ti. 


Y quizá estoy siendo completamente egoísta, pero siento que veo en ti todo lo que soy. Y aunque la culpa amenace con quedarse, en el fondo siento paz. 
Estás aquí, y no me importa no ponerle nombre a esto contra lo que luchamos, me conformo con saber que, aunque dé miedo, o nos pongamos en contra, crece sin querer. 



Que nuestros labios pronuncian no,
y nuestros ojos están aprendiendo a hablar. 

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